El Color Perfecto

Capítulo 32. Maldita duda

Un remolino de sentimientos en su pecho, eso es lo que siente en este momento. Muchos días en los que sólo pensaba en volverla a ver, en tenerla nuevamente en su pecho, en poseerla por completo y todo eso ahora se ve tan distante.

Paulina está embarazada y acaba de verla abrazada con ese hombre. Luka ha estado con ella todo este tiempo, él sabía desde el principio que sentía por Paulina algo más que amistad. Debió llevarla con él desde que tubo conciencia hace un par de meses.

Tiene en frente la redondeada figura de Paulina, con esa blusa blanca con bordados que evidencian su estado. Quiere tocarla, quiere sentir su redondez.

Se ve tan hermosa, tan llena de vida, sus ojos se ven tristes, pero aun así se ve preciosa.

Maldita duda.

No puede. No puede tocarla. Si lo hace estará perdido, no podrá detenerse y no podrá pensar más, la desea tanto, no puede dejarse llevar por el momento. En ese instante observa como el cuerpo de Paulina reacciona ante él, su respiración es más corta y sus manos están ligeramente levantadas.

No puede más. Se levanta, dando la espalda de inmediato y pasa ambas manos por su cabeza y por su cara. Paulina observa una cicatriz en su cuero cabelludo, debe ser del accidente, piensa. Aún de espaldas respira profundo y coloca una mano en la cintura y la otra en su cuello, parece tenso.

– ¿Cuánto tiempo de embarazo tienes? – Dice girando levemente su cabeza.

– Cinco meses, en realidad son veintidós semanas, casi veintitrés. – se pone de pie y con voz más decidida continúa – tengo dos ecografías, ¿quieres verlas?

– No es necesario, iremos a hacer una de inmediato. – Se gira y por primera vez quedan frente a frente separados por escasos centímetros. – Quiero saber...

– ¿Saber qué? – Su tono es más que fuerte, casi raya en agresivo – si tienes dudas de mi puedes salir por donde entraste – sale de la sala y va hasta su habitación, busca una carpeta y da la vuelta, él está allí. – Aquí está todo.

En ese momento ella solo desea que todo pase, que sea un sueño, que su molesta y dudosa actitud desaparezca deje ver al dulce, tierno y maravilloso hombre que ella había conocido.

No pasa.

Él la mira con incredulidad, queriendo desaparecerla por completo, en su mirada un matiz de odio que ella percibe haciendo más notoria su tristeza. Intenta tocarlo y él se aleja, rechaza los folios y la mira con desdén.

Él no puede creer ni por un segundo lo que sus palabras le señalan, él no puede ser el padre. Solo una vez hicieron el amor sin tomar precauciones, ella no es ninguna colegiala.

– Pretendes que crea que ese hijo es mío– no lo pregunta, lo afirma – no me creas tan ingenuo...

– ¡Vete! No necesito que me creas. Yo sé quién soy y me hago responsable de mis acciones y de mis decisiones. – observa un movimiento en su barbilla que prefiere ignorar – Amo con todo mi corazón a mi bebé y nunca va a saber del desprecio que su padre le prodiga.

Le da la espalda, con el dolor más intenso que haya podido sentir en toda su vida, y solo escucha los acelerados pasos del hombre que ha amado hasta hoy.

Su mirada enceguecida por la duda, no lo deja ver más, solo piensa en lo tonto que fue todo este tiempo, pensándola buena, fiel y pura.

No se puede permitir una burla tal... "Y... ¿si es cierto? Y si realmente va a ser padre..." Se detiene en el rellano de las escaleras y pasa sus manos por la cabeza, mueve su cuello haciendo que suene como cuando se quiebra una nuez.

Desanda el camino y va hasta la habitación donde la había dejado, no puede creer lo que ve, ella está en el piso... desmayada...

– No... ¿Qué ha pasado? ¿qué he hecho?

Se arrodilla frente al cuerpo de ella y trata de hacerla reaccionar. La levanta y la acomoda por unos segundos en la cama y trata nuevamente llamándola por su nombre, pero de nuevo no lo hace. La levanta con urgencia y delicadeza y sale con ella a toda prisa. Raúl lo observa desde el interior del vehículo y de inmediato lo pone en marcha aparcándolo frente a la entrada.

No puede creer que esté en esa situación, su mente da vueltas. Sentado en el interior forrado de cuero le acaricia el cabello y por primera vez toca su vientre, esa figura redondeada que lo tiene traumado.

Con urgencia entran a la clínica solicitando ayuda, una enfermera lo hace pasar de inmediato donde el médico está frente a un computador.

– ¿Qué tiene la señora? – Pregunta con la típica calma de quien no está involucrado.

– No lo sé. Está embarazada, haga algo por favor. – Su voz suena a súplica y a remordimiento.

– Cálmese, vamos a ver qué sucede.

El médico la examina, toma su pulso, mira sus pupilas, utiliza el fonendoscopio poniéndolo sobre su pecho. Habla a la enfermera que no ha salido y le dice que llame al doctor Mora, el ginecólogo de turno.

Carlos Alberto siente miedo, toda la emoción acumulada durante estos meses se ha convertido en tensión y angustia. Todo lo que ama esta en esa camilla frente a él. Su respiración esta descontrolada y el movimiento en su barbilla es demasiado frecuente. Anhela con todo su corazón que ella reaccione pronto, tiene alrededor de media hora inconsciente y cada segundo ha sido angustiante. Describir lo que sintió cuando la encontró sobre el piso de su habitación es muy difícil, todos sus miedos hechos realidad en un segundo. No quiere perder a Paulina y justo ahora siente que cualquier final lo llevará a estar sin ella.




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