​el Contrato de la Princesa Prohibida

Prólogo

​En las crónicas del siglo XV, ningún nombre resonaba con tanta fuerza como el de Veridion. Era un reino de muros altos y secretos más profundos, donde la princesa Karina crecía bajo la sombra protectora de sus padres, el rey Abel y la reina Clarisa. Entre los pasillos de mármol, su única distracción era la risa de la pequeña Gala, su hermana de apenas cinco años, cuya inocencia contrastaba con el peso del destino que ya acechaba a la primogénita.

​Karina se encontraba en el umbral de los dieciséis años, la edad en la que la libertad se intercambia por seda y deber. Los salones de baile ya se preparaban para recibirla, y las invitaciones a los príncipes de reinos lejanos estaban selladas con el escudo real. Era el momento de ser vista, de ser cortejada y, finalmente, de asegurar la continuidad de su estirpe.

​Para muchos, esto sería una carga; para Karina, era su mayor anhelo. En su sangre ardía el deseo de demostrar que no era solo una figura decorativa, sino la soberana digna que Veridion merecía. Estaba dispuesta a llevar la corona con honor, a pesar de las miradas escépticas y las tradiciones asfixiantes.

​Sin embargo, tras la fachada de opulencia y las promesas de gloria, un eco del pasado se negaba a morir. Porque en los cimientos de Veridion no solo había piedra, sino promesas rotas. Antes de que Karina pudiera siquiera ceñirse la corona, una deuda antigua y peligrosa aguardaba en las sombras, lista para ser liquidada... y el precio, quizá, sería mucho más alto de lo que la princesa estaba dispuesta a pagar.




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