​el Contrato de la Princesa Prohibida

Capítulo 1

—¡Karina! ¿Hija, dónde estás?

​La voz de la reina Clarisa cortó el silencio sepulcral de los pasillos de mármol. No era un grito vulgar, sino un llamado cargado de esa elegancia autoritaria que solo se adquiere tras décadas de protocolo. Clarisa era una mujer que parecía no haber envejecido ni un solo día en los diecinueve años que llevaba al lado del rey Abel. De figura esbelta y porte aristocrático, su melena rubia siempre iba recogida en peinados que desafiaban la gravedad, y sus ojos, azules como el hielo, parecían ver a través de las paredes del castillo. A sus treinta y cinco años, su mayor orgullo —y su mayor proyecto— era la educación de sus dos hijas.

​—¿Dónde se habrá metido ahora? —susurró la reina para sí misma, ajustándose las mangas de su vestido de seda—. Conociéndola, estará perdiendo el tiempo entre pergaminos.

​Clarisa se encaminó con paso firme hacia la Gran Biblioteca. Al empujar las pesadas puertas de madera tallada, el aroma a cuero viejo y papel seco la envolvió. Allí, bañada por la luz que se filtraba por los altos ventanales, estaba Karina.

​La princesa estaba absorta, con los dedos acariciando el borde de una página amarillenta. A sus casi dieciséis años, Karina era el reflejo joven de su madre: poseía la misma elegancia natural y el cabello dorado, aunque sus ojos tenían un brillo de curiosidad que la reina ya había aprendido a ocultar.

​—Hija mía, llevo casi una hora buscándote —dijo Clarisa, logrando que la joven diera un pequeño salto de sorpresa—. Mañana es el día más importante de tu vida hasta ahora y todavía tenemos que dar las puntadas finales a tu atuendo. No podemos permitirnos ni un error.

​Karina cerró el libro con un suspiro de resignación, aunque mantuvo la espalda recta y la barbilla en alto, tal como le habían enseñado.

​—Lo siento, madre. Solo quería terminar esta crónica antes de que empezara el caos de los festejos. Iré de inmediato —respondió con una voz suave pero firme.

​Mientras Karina se dirigía a sus aposentos, el sonido de unos pasos rápidos y descompasados llamó su atención. De pronto, una pequeña ráfaga de energía con rizos castaños se lanzó contra sus piernas.

​—¡Hermana, hermana! —gritó la pequeña Gala, de apenas cinco años. Sus ojos color café brillaban con esa travesura que solo la infancia permite en un lugar tan rígido como Veridion.

​—¿Qué quiere la princesita más bella de todos los reinos? —preguntó Karina, agachándose para quedar a su altura y apartándole un mechón de pelo de la cara con infinito cariño.

​—Mi nana se quedó dormida y ya no quiere jugar a las muñecas conmigo —se quejó la niña con un puchero—. ¡Tienes que venir tú!

​Karina sintió una punzada de tristeza. Adoraba a su hermana, pero el peso de la corona ya empezaba a robarle el tiempo.

​—Mi vida, ahora no puedo. El modista me espera para las últimas medidas del vestido de gala.

​—¿El vestido para ese baile al que mamá no me deja ir? —preguntó Gala, cruzando sus pequeños brazos sobre el pecho.

​—Exactamente ese —asintió Karina con una sonrisa triste—. Pero no te pierdes de mucho, pequeña. Esos bailes son tediosos: hay que sonreír hasta que te duelan las mejillas y escuchar a príncipes que solo hablan de sus caballos. Es mucho mejor que te quedes aquí, reinando sobre tus muñecas. Cuando termine, te prometo que jugaremos hasta que caiga el sol.

​—¡Es una promesa! —exclamó Gala, saliendo disparada hacia sus cuartos antes de que alguien cambiara de opinión.

​Al entrar en la sala de costura, el ambiente cambió. Tres mujeres de rostros serios y manos callosas esperaban rodeadas de hilos de oro y encajes importados.

​—Buenas tardes, señoras —saludó Karina con la cortesía de una futura reina.

​—Buenas tardes, su majestad —respondió la jefa de costureras, una mujer de unos cuarenta años que no toleraba ni un milímetro de imperfección—. Por favor, suba al pedestal. Mañana el mundo entero pondrá sus ojos en usted.

​Fueron dos horas eternas. El corsé apretaba su pecho, recordándole que su libertad estaba siendo moldeada tanto como su cintura. Los alfileres rozaban su piel mientras las costureras discutían sobre la caída de la falda. Cuando finalmente fue liberada, Karina se sintió exhausta, pero no hubo tiempo para el descanso; la cena familiar era obligatoria.

​El comedor real era una estancia imponente, presidida por el rey Abel. El monarca era un hombre corpulento, de hombros anchos y mirada severa, cuya sola presencia parecía absorber el calor de la habitación. Era un hombre de pocas palabras, a menudo descrito como seco por los embajadores, pero sus ojos café siempre buscaban a su familia con un instinto protector feroz. Karina era su orgullo más grande, aunque él prefería demostrarlo con seguridad y castillos antes que con palabras de afecto.

​—Buenas noches, padres —saludó Karina tomando su lugar—. Buenas noches, cielo —le dijo a Gala, quien ya estaba peleando con sus verduras.

​—¿Por qué tardaste tanto? —preguntó la pequeña con la boca medio llena—. ¿Acaso hay algo más importante que jugar conmigo?

​—Nada es más importante, pequeña —respondió Karina con una caricia—. Pero el vestido de mañana es rebelde y costó domarlo.

​—Mañana es un día crucial —intervino el rey Abel, su voz profunda resonando contra las paredes de piedra—. Vendrán reyes y príncipes de todos los rincones. No solo celebramos tu nacimiento, Karina, sino tu presentación oficial como la futura soberana de Veridion. Todo debe ser impecable. No habrá margen para errores.

​—Todo saldrá bien, amor —añadió Clarisa, poniendo una mano reconfortante sobre la del rey—. Hemos educado a Karina para este momento desde que dio sus primeros pasos. ¿Verdad, hija?

​—Así es, padre. No os fallaré —respondió Karina, aunque por dentro sentía un nudo de nerviosismo que no se atrevía a mostrar.

​La cena terminó bajo el estricto silencio que el rey prefería. Uno a uno se retiraron a sus aposentos, pero Karina, como cada noche, tenía otros planes. Esperó a que el eco de las armaduras de los guardias se alejara y se escabulló de nuevo hacia la biblioteca.




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