REINO DE VERIDION
Narra Karina
Hoy es el día que ha marcado el calendario de mi existencia desde que tengo memoria. Dieciséis años de protocolos, de lecciones de historia y de etiquetas asfixiantes se resumen en esta fecha. Todo tiene que salir perfecto; en Veridion, la perfección no es una opción, es un mandato.
Desde que el sol comenzó a teñir de oro las torres del castillo, el palacio se transformó en un hormiguero frenético. El eco de los martillos ajustando las decoraciones del Gran Salón retumbaba en las paredes de piedra, mezclándose con el aroma de los cientos de lirios blancos que mi madre había ordenado traer desde los valles del sur.
—Buenos días, madre —la saludé al encontrarla en el ala este, supervisando personalmente la colocación de los tapices reales.
—Buenos días, hija —respondió ella sin apartar la mirada de un hilo suelto en una cortina—. Recuerda que las doncellas estarán en tu recámara dos horas antes de que comience el baile. No quiero retrasos, Karina. Hoy no eres solo mi hija; eres la promesa de este reino ante el mundo.
—Está bien, madre. Lo entiendo —respondí con una sumisión ensayada—. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarla?
Ella me miró por fin, y por un segundo, vi un destello de suavidad en sus ojos azules.
—No, cariño. Ve, disfruta de tus últimas horas de "niña". Pero no llegues tarde para arreglarte.
Aproveché la concesión antes de que cambiara de opinión. Necesitaba escapar del peso de las expectativas. Fui directa a los establos, donde el olor a heno fresco y cuero siempre me devolvía la paz que el protocolo me robaba.
—Preparen a Sombra —ordené a los mozos.
En menos de diez minutos, sacaron a mi purasangre negro. Su pelaje brillaba como el azabache pulido bajo el sol de la mañana. Fue un regalo de mi padre cuando descubrió mi extraña fascinación por la velocidad; creo que él, en su modo silencioso y seco, entendía que yo necesitaba un lugar donde no tuviera que ser "su majestad". Al montar, sentí esa descarga eléctrica de libertad que solo el galope puede dar. Leer me permitía viajar a otros mundos, pero cabalgar... cabalgar me hacía dueña de este.
Salí disparada hacia las praderas, dejando que el viento desarmara mi peinado trenzado y golpeara mi rostro con fuerza. Galopé hasta mi refugio secreto: un arroyo de aguas tan cristalinas que parecían diamantes líquidos, rodeado de arbustos de jazmín y mariposas que danzaban en el aire. Allí, me bajé de Sombra y me recosté sobre la hierba fresca. Saqué mi libro, pero por primera vez en años, las letras bailaban ante mis ojos sin sentido. Mis pensamientos volaban hacia el baile: ¿quiénes serían esos príncipes? ¿Me mirarían como a una mujer o como a una pieza de ajedrez en sus juegos de poder?
Cuando el sol alcanzó el cenit, supe que mi tregua había terminado. Debían de ser más de las dos de la tarde; el tiempo de la princesa comenzaba ahora.
Al regresar al palacio, la tensión se palpaba en el aire. Esquivé a mi madre, que ahora estaba en una guerra dialéctica con el jefe de cocina sobre la temperatura de los bocadillos, y me encerré en mi habitación. Necesitaba un baño largo para lavar el rastro de la libertad antes de ponerme el disfraz de heredera. Apenas salí del agua, envuelta en una bata de seda, escuché unos toques familiares en la puerta.
—Adelante —dije con un suspiro.
Olivia entró cargando una caja de madera ornamentada. Ella es mi sombra y mi única ancla a la realidad. Tenemos la misma edad, pero nuestras manos son distintas: las mías son suaves para sostener plumas y abanicos; las suyas son fuertes de tanto trabajar. Fuimos compañeras de juegos hasta que la vida nos recordó que en este palacio hay muros invisibles que no se pueden cruzar.
—Con su permiso, señorita —dijo ella con una reverencia que siempre me molestaba.
—Olivia, ¿cuántas veces tengo que decirte que me llames por mi nombre cuando estamos solas?
—Lo siento, seño... Karina —rectificó con una sonrisa cómplice—. Pero si tu madre me oye, me mandaría a limpiar las caballerizas de por vida. Traigo el vestido. Las doncellas están por llegar y no queremos que nos encuentren desprevenidas.
Olivia me ayudó a ajustar el corsé. Sentí cómo el aire se volvía un lujo mientras las cintas se tensaban. El vestido era una maravilla de seda azul medianoche que resaltaba el color de mis ojos; el escote era discreto pero elegante, y la falda, estilo princesa, estaba recubierta de pedrería que imitaba un cielo estrellado.
Cuando llegaron las doncellas, el cuarto se llenó de perfumes y polvos de maquillaje. Pasé dos horas bajo su escrutinio. Estaba indecisa sobre el peinado, pero finalmente decidí dejar mi cabello rubio suelto, cayendo en ondas naturales que suavizaran la rigidez de la tiara de diamantes y zafiros que colocaron sobre mi frente.
Al mirarme al espejo, el aliento se me cortó. Ya no veía a la chica que leía en el arroyo. Veía a la futura Reina de Veridion.
Cuando llegó la hora señalada, bajé las escaleras laterales hacia el antecomedor del Gran Salón. La música de la orquesta ya vibraba en el suelo y el murmullo de cientos de invitados llenaba el espacio. Me detuve en seco al ver a mis padres esperándome.
—Hija... estás deslumbrante —dijo mi madre con una nota de orgullo genuino. Ella lucía majestuosa en un vestido rojo vino que gritaba autoridad, con la corona real firme sobre su cabello perfectamente recogido.
A su lado, mi padre parecía una estatua tallada en granito. Vestía su traje de gala más imponente, con la larga capa ceremonial que solo usaba en eventos de estado. Me miró de arriba abajo y, aunque sus labios no se movieron, vi en sus ojos una mezcla de melancolía y determinación.
—¿Estás lista, hija? —me preguntó, ofreciéndome su brazo—. Es hora de presentarte formalmente ante los reinos. Veridion te observa.