REINO DE VERIDION
Narra Karina
El Gran Salón de Veridion no era solo una estancia esa noche; era un universo de luz, seda y promesas. Miles de velas de cera de abeja goteaban desde las lámparas de cristal, haciendo que las joyas de los invitados centellearan como estrellas confinadas en cuatro paredes. La música de la orquesta, una mezcla de violines y arpas, dictaba el pulso de la noche.
Tras las presentaciones oficiales y los brindis que celebraban mi llegada a la edad adulta, comenzó el baile. Me sentía como un cisne en un estanque de lobos, hasta que él apareció.
—¿Me concedería el honor de esta pieza, princesa? —una voz suave, pero cargada de una confianza tranquila, me sacó de mis pensamientos.
Frente a mí se encontraba el Príncipe Julian de Oakhaven. No tenía la mirada depredadora de los otros pretendientes; sus ojos, del color de la miel tibia, irradiaban una dulzura que me desarmó al instante. Su cabello castaño claro caía con un descuido elegante sobre su frente, y su sonrisa era lo más parecido a un refugio que había visto en toda la noche.
—Sería un placer, príncipe —respondí, ofreciéndole mi mano.
Al entrar en la pista, Julian no me sujetó con la rigidez del protocolo, sino con una delicadeza asombrosa. Mientras girábamos al ritmo del vals, el mundo exterior desapareció.
—He oído que prefiere los libros a los banquetes, Karina —susurró él, rompiendo el silencio con una pequeña risa—. En Oakhaven tenemos una biblioteca que mira hacia los jardines de rosas. A veces, los pájaros entran por las ventanas solo para escuchar el pasar de las páginas.
Sonreí, y por primera vez en toda la velada, mi sonrisa fue real.
—Parece un lugar de ensueño, Julian. Aquí, a veces, las paredes de piedra se sienten demasiado pesadas.
Bailamos no una, sino tres piezas. Julian me hizo reír, me habló de sus viajes y me trató como a una mujer, no como a un contrato político. Cuando la noche terminó y me retiré a mis aposentos, el peso de la tiara ya no me molestaba tanto. Me dormí con el eco de su voz, convencida de que el destino, por una vez, estaba de mi lado.
La realidad, sin embargo, tiene una forma cruel de reclamar su espacio al amanecer.
Desperté con una sensación extraña. El palacio no vibraba con la alegría de la resaca festiva, sino con un silencio sepulcral y tenso. Los guardias en los pasillos no me saludaron con la cortesía habitual; sus rostros eran máscaras de hierro. Un mensajero de mi padre me interceptó antes de que pudiera siquiera desayunar.
—El Rey Abel solicita su presencia inmediata en el despacho privado, majestad.
Caminé con el corazón martilleando contra mis costillas. Al entrar, encontré a mi padre de pie frente a la chimenea, de espaldas a la puerta. Sobre su escritorio de roble descansaban dos sobres con sellos de lacre muy distintos.
—Siéntate, Karina —ordenó sin girarse. Su voz sonaba más vieja, más cansada.
—Padre, ¿qué ocurre? El baile fue un éxito, todos estaban encantados...
—El éxito de una noche no borra los pecados del pasado —dijo finalmente, volteándose para mostrarme la primera carta. El sello era negro, con el emblema de un cuervo plateado: el escudo del Reino de Kaelum.
Sentí un escalofrío. Kaelum era nuestra sombra, el reino enemigo que durante décadas había aguardado una debilidad para devorarnos.
—Ha llegado un mensaje del Rey Malakor —continuó mi padre, su voz temblando apenas perceptiblemente—. Dice que el tiempo de la diplomacia ha terminado. Exige una reunión en la frontera para "liquidar la deuda" que Veridion contrajo durante la Gran Guerra. Si no acudimos, sus ejércitos cruzarán el río antes de la próxima luna.
El nombre de Malakor siempre se susurraba en las pesadillas de los niños de Veridion. Se decía que era un hombre de piedra, cuya ambición no conocía límites. La mención de esa "deuda" hizo que el aire en el despacho se sintiera irrespirable.
—Pero no es la única carta que ha llegado —añadió mi padre, señalando el segundo sobre, sellado con cera dorada y el emblema de un roble—. Esta es del Rey Alaric de Oakhaven.
Mis ojos se iluminaron por un instante.
—¿El padre de Julian?
—Así es. Julian ha hablado con él. Están encantados contigo y proponen una alianza formal. Una unión matrimonial entre tú y el príncipe Julian para consolidar la paz entre nuestros reinos.
Por un segundo, sentí un alivio inmenso. Una alianza con Oakhaven significaba protección, prosperidad y, sobre todo, una vida al lado de un hombre que me gustaba de verdad. Parecía la salida perfecta al problema de Kaelum. Si nos uníamos a Oakhaven, Malakor no se atrevería a atacarnos.
Sin embargo, la expresión de mi padre no cambió. Miró las dos cartas como si fueran dos sentencias de muerte diferentes.
—Hija, tenemos dos caminos —dijo con amargura—. Una promesa de amor con Oakhaven o un enfrentamiento con el terror de Kaelum. Pero el Rey Malakor no es hombre que acepte un "no" por respuesta, y me temo que lo que reclama para saldar esa deuda... no se puede pagar con el oro de Oakhaven.
Me acerqué a la ventana y miré hacia las montañas del norte, donde las nubes negras siempre parecían posarse sobre las tierras de Kaelum. Julian me ofrecía un cuento de hadas, pero la sombra de Malakor era una realidad que empezaba a oscurecer mi luz. El juego de poder acababa de empezar, y yo era la pieza principal en un tablero donde el enemigo siempre movía primero.