FRONTERA DE VERIDION Y KAELUM
Narra Karina
El carruaje real de Veridion, con sus molduras doradas y su interior de terciopelo, se sentía como una jaula dorada en medio de un páramo que moría a cada kilómetro. A medida que avanzábamos hacia el Norte, el verde vibrante de mis praderas se transformaba en un gris ceniciento. El aire, que antes olía a jazmín y tierra mojada, ahora traía un hedor metálico, a carbón y hierro forjado.
En mi regazo, apretaba una nota que Julian me había hecho llegar al amanecer. «No temas, Karina. Oakhaven no permitirá que Veridion caiga. Mi padre ya prepara los términos de nuestra unión». Sus palabras eran dulces, un bálsamo de esperanza, pero al mirar el rostro de mi padre frente a mí, supe que las promesas de Julian eran castillos de arena frente a una marea de obsidiana.
—Padre... —susurré, buscando su mirada.
El Rey Abel no me miró. Tenía los ojos fijos en la ventana, observando las tiendas de campaña negras que se alzaban como colmillos al otro lado del río fronterizo.
—Recuerda quién eres, Karina —fue lo único que dijo, con una voz que sonaba a piedra resquebrajada—. Pase lo que pase hoy, no bajes la cabeza. Los reyes de Veridion solo se arrodillan ante Dios.
El carruaje se detuvo. Al bajar, el frío me caló hasta los huesos, a pesar de mi capa de piel. El campamento de Kaelum no tenía la elegancia de nuestras fiestas; era una máquina de guerra. Cientos de soldados con armaduras oscuras nos miraban en un silencio absoluto, un silencio que pesaba más que cualquier grito de batalla.
En el centro, bajo un pabellón de lona negra, nos esperaba el Rey Malakor. Era un hombre que parecía haber sido esculpido en una cantera de carbón. Sus ojos, rodeados de arrugas profundas, brillaban con una inteligencia cruel.
—Abel de Veridion —la voz de Malakor era un trueno sordo—. Has tardado dieciséis años en traerme lo que me debes. Espero que el interés de la espera sea satisfactorio.
—Malakor —respondió mi padre, manteniéndose firme a pesar de la inferioridad numérica—. Estamos aquí para hablar de deudas económicas. Oakhaven ha aceptado respaldar nuestras finanzas. Se te pagará cada moneda de oro con intereses.
Malakor soltó una carcajada seca que me erizó la piel.
—¿Oro? ¿Crees que mis hombres comen oro? ¿Que mis forjas se alimentan de monedas de un reino que se desmorona? El oro de Oakhaven no sirve para pagar una deuda de honor y sangre.
En ese momento, una figura emergió de entre las sombras del pabellón. Era alto, mucho más que Julian, y su sola presencia pareció absorber la poca luz que quedaba en el cielo. Vestía una armadura de placas negras, sin adornos, funcional y aterradora. Su cabello oscuro caía sobre una frente marcada por la seriedad, y sus facciones eran tan afiladas que parecían talladas a cuchillo.
Era Caleb, el príncipe heredero de Kaelum.
Sus ojos, grises y gélidos como el fondo de un pozo, se posaron en mí. No hubo la admiración que vi en Julian; no hubo cortesía ni calidez. Me examinó con la frialdad de un general evaluando una fortaleza antes de sitiarla. Sentí un escalofrío que no era por el clima, sino por una chispa eléctrica y violenta que me recorrió el cuerpo al sostenerle la mirada. Era una tensión insoportable, algo que me instaba a huir y, al mismo tiempo, me mantenía anclada al suelo.
—Padre —dijo Caleb, su voz era profunda, una vibración que sentí en mi propio pecho—, los mensajeros informan que Oakhaven ya celebra un compromiso que aún no ha sido firmado. Parece que Veridion intenta vendernos una joya que ya ha prometido a otro.
Caleb dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio que el protocolo debería haber protegido. Se detuvo a escasos centímetros de mí. Su olor era diferente: no olía a sándalo como Julian, sino a tormenta, a cuero y a un sutil rastro de pólvora.
—¿Así que tú eres la moneda de cambio? —me preguntó Caleb. Sus labios apenas se movieron. Sus ojos recorrieron mi rostro, deteniéndose un segundo de más en mis labios antes de volver a chocar con mis ojos.
—No soy una moneda, Príncipe Caleb —respondí, tratando de que mi voz no temblara—. Soy la futura reina de un pueblo que no os teme.
Una sombra de sonrisa, una mueca cínica y peligrosa, apareció en su rostro.
—Un pueblo que no teme es un pueblo que no ha visto lo que mis legiones pueden hacer con sus campos de jazmines.
—¡Basta! —rugió Malakor—. Abel, mi oferta es simple. Puedes aceptar el oro de Oakhaven y convertirte en su vasallo, mientras yo reduzco Veridion a cenizas por tu incumplimiento de contrato... O puedes entregar a tu primogénita.
Mi padre palideció.
—Karina ya tiene una propuesta de matrimonio. Oakhaven es un aliado...
—Oakhaven es un estorbo —interrumpió Malakor con desprecio—. La deuda de la Gran Guerra se salda con la unión de las estirpes. Karina se casará con Caleb. Veridion y Kaelum serán un solo imperio. Mi hijo obtendrá su reina, y tú conservarás tu trono... por ahora.
Miré a mi padre, esperando que sacara su espada, que gritara que nunca me entregaría a estos carniceros. Pero su silencio fue la respuesta más dolorosa de todas. Bajó la cabeza, y en ese gesto, vi cómo mi cuento de hadas con Julian se desvanecía como el humo.
Caleb se inclinó hacia mí, reduciendo la distancia hasta que su aliento rozó mi oreja. El calor de su cuerpo contrastaba violentamente con su frialdad externa.
—No pongas esa cara, princesa —susurró, y su voz me provocó un estremecimiento que no pude ocultar—. Julian te habría dado una vida de versos y flores. Yo te daré un trono de hierro y una realidad que no podrás soportar. Olvida Oakhaven. Ahora me perteneces a mí.
Se apartó, dejándome sin aire, mientras los soldados de Kaelum golpeaban sus lanzas contra el suelo en una señal de victoria que sonaba a sentencia de muerte. El trato estaba hecho. El precio de Veridion era yo.