PALACIO DE VERIDION
Narra Karina
El regreso al palacio fue un funeral sin cuerpo. El traqueteo de las ruedas del carruaje sobre el empedrado de Veridion, que antes me sonaba a bienvenida, ahora parecía el redoble de un tambor de ejecución. Al cruzar el umbral de los jardines, las flores de jazmín que tanto amaba me parecieron pálidas, como si ellas también hubieran perdido la vida en la frontera.
En el vestíbulo principal, la luz de los candelabros iluminaba a mi madre y a Gala. Mi hermana pequeña corrió hacia nosotros, con sus rizos castaños saltando y una alegría que me dolió en lo más profundo del pecho.
—¡Karina! ¡Papá! ¿Trajeron los dulces que prometieron? —gritó Gala, tratando de abrazar mis piernas.
Me agaché para abrazarla, ocultando mi rostro en su cuello para que no viera las lágrimas que amenazaban con desbordarse. El olor a inocencia de mi hermana era un recordatorio cruel de lo que yo acababa de perder. Mi madre, sin embargo, no necesitó palabras. Miró la palidez de mi padre y el modo en que mis manos temblaban. Sus labios se apretaron en una línea fina y dolorosa. Ella lo sabía.
—A la biblioteca —ordenó mi padre con una voz que no admitía réplicas—. Ahora.
El fuego de la chimenea era lo único que iluminaba la estancia, proyectando sombras alargadas que danzaban como espectros en las paredes cargadas de libros. Mi padre se dejó caer en su sillón de cuero, pareciendo, por primera vez, un hombre derrotado por el tiempo.
—Hace dieciséis años —comenzó, con la mirada perdida en las brasas—, Veridion estaba de rodillas. La Gran Guerra no fue una serie de batallas gloriosas como dicen los libros, Karina. Fue una carnicería. Las legiones de Kaelum estaban a las puertas de nuestra capital. Malakor no quería oro; quería nuestra aniquilación.
Hizo una pausa, y el silencio de la biblioteca se volvió asfixiante.
—Para salvar a tu madre, para salvar a este pueblo y para que tú pudieras nacer en un reino en paz, firmé un pacto de sangre. Malakor aceptó retirar sus tropas con una condición: Veridion reconocería su deuda eterna con Kaelum y, cuando la primogénita de nuestra estirpe cumpliera su mayoría de edad, se uniría en matrimonio con su heredero para sellar la fusión de los reinos.
—¿Me vendiste? —mi voz salió como un susurro roto—. ¿Toda mi educación, mis bailes, mis lecciones... todo fue solo para prepararme para ser entregada a Kaelum?
—Pensé que tendría tiempo para encontrar otra salida —dijo él, y por fin me miró con ojos cargados de culpa—. Pensé que Oakhaven sería nuestra salvación, que su poder financiero obligaría a Malakor a renegociar. Pero Kaelum no quiere dinero, Karina. Quieren la legitimidad de nuestra sangre. Quieren Veridion. Y Caleb... Caleb no es un hombre con el que se pueda razonar.
Mi madre sollozó en silencio, cubriéndose la boca con un pañuelo. El sacrificio estaba claro: mi felicidad a cambio de la supervivencia de miles. Julian de Oakhaven y sus promesas de jardines y versos ahora se sentían como un sueño infantil, una fantasía de la que acababa de despertar bruscamente.
—No hay vuelta atrás —continuó mi padre, recuperando esa frialdad de rey que tanto me aterraba—. Mañana al alba partirás hacia Kaelum. Pasarás una semana en su capital como invitada de honor.
—¿Mañana? —exclamé, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Es una presentación oficial ante su corte y el anuncio público del compromiso. El mundo debe ver que la futura reina de Veridion acepta su destino al lado del Príncipe Caleb. Debes mostrarte digna, Karina. Si Kaelum detecta debilidad, entrarán a sangre y fuego antes de que termine el mes.
Esa noche, el aire en mi recámara se sentía denso, como si las paredes de seda se estuvieran cerrando sobre mí. Olivia guardaba mis pertenencias en grandes baúles de madera y hierro, trabajando en un silencio cómplice, interrumpido solo por el roce de las telas.
—No puedo creerlo, seño... Karina —susurró Olivia, con los ojos húmedos mientras doblaba mi vestido azul del baile—. Ir a ese lugar... dicen que en Kaelum el sol apenas se ve por el humo de las forjas.
—Dicen muchas cosas, Olivia —respondí, caminando hacia el balcón.
Miré hacia el horizonte, hacia el Norte oscuro donde las nubes parecían devorar las estrellas. Sentía una presión en el pecho que no me dejaba respirar. Miedo, sí, pero también algo más. El recuerdo del susurro de Caleb en la frontera, la intensidad de su mirada oscura y el calor de su cuerpo tan cerca del mío me perseguían como una fiebre.
Julian me habría dado una vida tranquila, una corona de cristal que nunca se rompería. Caleb, en cambio, me ofrecía un trono de hierro y un abismo de incertidumbre. Me toqué el cuello, justo donde su aliento había rozado mi piel, y un escalofrío involuntario me recorrió la columna.
Mañana dejaría atrás mi hogar, mi familia y mi libertad. Mañana entraría en la boca del lobo, y lo peor de todo no era el miedo a morir... sino el miedo a lo que ese hombre frío y sin alma despertaría en mí antes de que la semana terminara.