REINO DE KAELUM
Narra Karina
El carruaje real de Veridion, que una vez me pareció el colmo de la sofisticación, se sentía ahora como un juguete de madera perdido en la inmensidad blanca. Habíamos cruzado el Paso de la Montaña Blanca hacía horas, y el paisaje había cambiado de forma drástica. Aquí, la primavera no existía. Los árboles eran esqueletos de plata petrificados por un hielo eterno, y el cielo, un manto de nubes grisáceas que dejaban caer copos de nieve tan densos que parecían plumas de un ave colosal.
Al cruzar las murallas de la capital de Kaelum, me quedé sin aliento contra el cristal de la ventanilla. No era el reino de bárbaros y humo que las crónicas de mi padre describían. Era una metrópolis de piedra negra y cristales ahumados, donde la riqueza se desbordaba en cada esquina. Miles de faroles de cristal azul iluminaban las calles adoquinadas, bañando la nieve con un resplandor eléctrico y espectral. Los ciudadanos vestían pieles finas de lobo y zorro, y a lo lejos, las grandes forjas del reino brillaban con un fuego naranja que desafiaba al invierno. Kaelum no era solo un enemigo; era una potencia que hacía que Veridion pareciera una aldea pintoresca.
El carruaje se detuvo frente a la fortaleza real: un castillo que parecía haber brotado de la misma montaña, una estructura de agujas afiladas y muros de basalto que tocaban las nubes. No hubo música de bienvenida ni flores. Solo el sonido rítmico y metálico de una fila de guardias de élite que chocaron sus lanzas contra el suelo congelado al unísono.
En lo alto de la escalinata de mármol negro, nos esperaba él.
Caleb vestía ropajes de piel oscura que hacían que sus hombros parecieran aún más anchos. Su capa se agitaba con el viento gélido, pero él no parecía sentir el frío; él era el frío. Su mirada, al verme bajar, fue más cortante que el aire de la montaña.
—Lleven a la princesa a sus aposentos —ordenó Caleb, sin siquiera un saludo de cortesía. Su voz resonó en el patio como un decreto—. Que esté lista para la cena en una hora. Mi padre no tolera la impuntualidad.
Ni siquiera esperó mi respuesta. Dio media vuelta y desapareció tras las enormes puertas de hierro, dejándome allí, con los pulmones ardiendo por el aire helado y el orgullo herido.
Mi recámara en el Palacio de Hierro era una mezcla contradictoria de lujo y hostilidad. El suelo estaba cubierto por alfombras de piel de lobo blanco tan suaves que mis pies se hundían en ellas, y una chimenea colosal rugía con troncos de pino, pero la habitación se sentía vacía. Las sábanas de seda negra de la cama matrimonial —nuestra futura cama, recordé con un escalofrío— brillaban bajo la luz de las velas.
Me acerqué al balcón y abrí las puertas de cristal. La nieve caía silenciosa sobre la ciudad iluminada. Me sentía pequeña, una cautiva vestida de gala en un reino de gigantes de hielo. Me miré al espejo, tratando de recomponer mi dignidad. Me puse un vestido de terciopelo azul oscuro, casi negro, con detalles de plata que imitaban la escarcha de Kaelum. Si iba a entrar en la boca del lobo, lo haría con la cabeza en alto.
La cena se llevó a cabo en un salón comedor que parecía más una sala de guerra. Una mesa de madera oscura, tan larga que los extremos se perdían en las sombras, estaba presidida por el Rey Malakor. Caleb se sentaba a su derecha, y yo, por mandato, frente a él.
—Comed, Karina —dijo Malakor, su voz resonando bajo las lámparas de araña hechas de colmillos de animales y cristales facetados—. En Kaelum, la debilidad se paga con la muerte. Debéis estar fuerte para vuestra nueva vida.
—Mi pueblo no es débil, Majestad —respondí, tratando de mantener el tono firme mientras un sirviente me servía vino caliente con especias—. Simplemente valoramos cosas distintas.
—Valoráis las flores y los poemas de Oakhaven —intervino Caleb, hablando por primera vez. Sus ojos oscuros me analizaron con un desprecio evidente mientras cortaba su carne con una precisión quirúrgica—. Pero las flores se pudren bajo la nieve y los poemas no levantan murallas. Veridion ha vivido en un sueño de cristal que mi padre permitió por piedad.
—No fue piedad, fue un pacto —le corregí, clavando mi mirada en la suya.
Caleb soltó un bufido sarcástico, una pequeña risa seca que no llegó a sus ojos.
—Un pacto que tu padre no pudo cumplir. No te engañes, princesa. Estás aquí porque sois insolventes. Eres la garantía de una deuda impagada, nada más.
—¡Caleb! —le recriminó Malakor, aunque sin verdadera molestia—. Un poco de cortesía con tu futura esposa.
Caleb ignoró a su padre y siguió mirándome, con esa intensidad analítica que me hacía sentir como si estuviera desnudando mis pensamientos. El resto de la cena fue un ejercicio de tortura psicológica. Malakor me interrogaba sobre las rutas comerciales de Veridion y sus defensas, tratándome como un mapa conquistado, mientras Caleb mantenía un silencio hostil, bebiendo su vino y dejando claro con cada gesto que mi presencia era, para él, un estorbo necesario.
Al finalizar, Malakor se levantó.
—Tengo asuntos que atender en el consejo. Caleb, enseña a la princesa el salón de los trofeos antes de escoltarla a su habitación. Deben empezar a... conocerse.
El Rey se marchó, y el silencio que quedó en el salón fue denso, cargado de una electricidad peligrosa. Caleb se levantó con una gracia depredadora y caminó hacia mí. No se detuvo hasta que estuvo tan cerca que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste violento con el frío que reinaba en el palacio.
—No me mires así —susurró, inclinándose hacia mí. Su olor a cuero y tormenta inundó mis sentidos—. No esperes que te corteje como ese niño de Oakhaven. No habrá bailes románticos ni promesas al amanecer.
—No espero nada de un hombre que no tiene alma, Caleb —le espeté, aunque mi corazón latía con una fuerza que me asfixiaba—. Pero soy la futura reina de este lugar, y exijo un mínimo de respeto.