​el Contrato de la Princesa Prohibida

Capítulo 7

PALACIO DE HIERRO, KAELUM

Narra Karina

​Mi primera mañana completa en Kaelum comenzó con un silencio que pesaba más que la nieve. Al descorrer las pesadas cortinas de terciopelo negro de mi alcoba, la luz del sol de invierno me golpeó con una fuerza cegadora. No era el sol cálido y dorado de Veridion; era un disco de plata pálida que hacía que la ciudad de piedra negra brillara como si estuviera incrustada de diamantes triturados.

​Abajo, en la plaza principal, el movimiento era frenético. Cientos de siervos y soldados colgaban estandartes colosales que unían el cuervo de Kaelum con el león de Veridion. Ver mi escudo familiar ondeando en este reino de hielo me provocó un nudo en la garganta. No era una alianza; era una exhibición de conquista.

​—La presentación será al caer la noche, princesa —anunció una voz amable a mis espaldas, sacándome de mis pensamientos.

​Me giré para encontrarme con un hombre de mediana edad, de gestos refinados y ojos que brillaban con una chispa de creatividad que no había visto en nadie más en este palacio. Llevaba una cinta métrica de seda alrededor del cuello y un alfiletero de plata en la muñeca.

​—Soy Theron, el modisto de la casa real —se presentó con una reverencia elegante pero carente de la rigidez militar de los demás—. He venido a convertirla en la visión que este pueblo necesita ver.

​Theron no me trató como a una prisionera de guerra, ni como a un trofeo político. Me escoltó hasta su atelier, un salón circular rodeado de espejos de cuerpo entero y rollos de telas que parecían sacadas de un sueño oscuro.

​—He analizado los bocetos de sus vestidos en Veridion, princesa —dijo Theron mientras sus ayudantes comenzaban a desplegar una seda tan oscura que parecía absorber la luz—. Rosas, verdes pasteles, encajes delicados... Olvídelos. Kaelum no es un jardín. Kaelum es una fortaleza. Si sale a ese balcón vestida de flor, el invierno la devorará.

​Theron comenzó a trabajar con una pasión febril. Descartó mis sugerencias de colores claros y empezó a envolver mi cuerpo en terciopelo color sangre profunda y sedas color obsidiana.

​—Aquí, la ropa no es para cubrirse, es para mostrar poder —murmuró mientras ajustaba una tela que parecía escarcha tejida sobre mis hombros—. No intente ser una flor, Karina. Sea el hielo que la protege. Sea la reina que este reino teme y admira a la vez.

​Pasé horas sobre un pedestal de madera oscura, mientras Theron y sus costureras daban puntadas invisibles. El vestido era imponente: un corpiño ajustado de cuero suave y seda negra que realzaba mi figura, con una falda que caía en pesadas ondas carmesí y una capa de encaje de plata que nacía de mis hombros como alas de nieve. Me sentía diferente. Me sentía... peligrosa.

​De pronto, el sonido de unas botas pesadas contra el suelo de mármol hizo que las costureras se tensaran y retrocedieran.

​Caleb entró en el atelier sin llamar. Se detuvo en seco en el umbral.

​Yo estaba de pie sobre el pedestal, con el vestido aún sin cerrar completamente en la espalda, dejando al descubierto la línea de mi columna y la piel pálida de mis hombros. El silencio que se instaló en la habitación fue tan denso que casi se podía tocar. Theron, con una sutileza magistral, hizo una seña a sus ayudantes y se retiró a un rincón a buscar unos hilos, dejándonos en una intimidad forzada y eléctrica.

​Caleb no dijo nada al principio. Su mirada recorrió cada centímetro de la tela, deteniéndose en la forma en que el terciopelo se ceñía a mi cintura, para luego subir lentamente hasta mis ojos. Por primera vez desde que llegué, vi una grieta en su máscara de hierro. Sus pupilas estaban dilatadas, y su respiración, habitualmente lenta y controlada, se volvió pesada.

​—Mi padre envió a preguntar si el vestido estaría listo —dijo con una voz ronca, una vibración que me erizó el vello de los brazos—. Parece que Theron ha hecho un trabajo... aceptable.

​—¿Solo aceptable, Caleb? —le pregunté, manteniendo la barbilla en alto a pesar de mi desnudez parcial—. Pensé que en Kaelum apreciaban la eficiencia. Este vestido es mi armadura.

​Caleb dio tres pasos lentos hacia el pedestal. El calor que emanaba de él chocaba violentamente con el aire frío del salón. Se detuvo justo detrás de mí. Pude sentir su presencia como una sombra protectora y amenazante a la vez.

​—Te falta algo —susurró.

​Sus manos, grandes y callosas, rozaron mi piel mientras buscaba el cierre de filigrana de plata en la base de mi nuca. El contacto fue como una descarga de fuego. Mis pulmones se olvidaron de cómo inhalar. Sus dedos se demoraron en el roce, subiendo sutilmente por mi cuello mientras ajustaba la joya que unía la capa a mi gargantilla.

​Me obligué a girar la cabeza mínimamente para encontrarme con su rostro. Estaba tan cerca que podía ver las motas grises en sus ojos oscuros. Su aliento, con ese rastro de tormenta y cuero, acarició mi mejilla.

​—¿Por qué me odias tanto, Caleb? —le pregunté en un susurro, sintiendo que la tensión sexual entre nosotros estaba a punto de estallar—. ¿Es por mi reino, o es porque te aterra lo que sientes cuando me miras?

​Caleb apretó ligeramente el agarre en mi hombro, sus dedos hundiéndose en la seda. Sus ojos bajaron a mis labios con una intensidad depredadora antes de volver a chocar con los míos.

​—No te confundas, Karina —dijo, y su voz bajó una octava, volviéndose peligrosa—. Que me atraigas de una forma que me enfurece no significa que confíe en ti. En Kaelum, el deseo no es una debilidad; es otra forma de guerra. Y yo nunca pierdo una batalla.

​Se quedó allí un segundo más, el tiempo suficiente para que yo sintiera el latido de su corazón o el mío —ya no sabía cuál era— retumbando en el aire. Luego, se apartó bruscamente, recuperando su postura rígida.

​—El pueblo te espera —dijo, recuperando su tono gélido—. Intenta no parecer una princesa asustada cuando salgamos al balcón. No quiero que piensen que mi futura esposa es frágil.




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