​el Contrato de la Princesa Prohibida

Capítulo 8

CIUDAD DE KAELLIS, REINO DE KAELUM

Narra Karina

​El pasillo que conducía al Gran Balcón de la Victoria parecía una garganta de piedra negra y hielo. El sonido de mis tacones contra el mármol pulido resonaba con una cadencia militar, rítmica y pesada, casi ahogada por el estruendo de las botas de Caleb a mi lado. El aire aquí arriba era tan fino que cada inhalación me quemaba los pulmones, recordándome que ya no estaba en las tierras dulces de Veridion.

​Caleb se detuvo en seco frente a las colosales puertas de roble y hierro. Se giró hacia mí, y por un segundo, el tiempo se congeló. Su mirada recorrió el vestido carmesí y negro, deteniéndose en el destello de la pedrería de plata que imitaba la escarcha sobre mi pecho. Vi una chispa de algo que no era odio en sus ojos oscuros; era una apreciación salvaje, casi depredadora.

​—Escúchame bien, princesa —susurró, inclinándose tanto que su hombro rozó el mío—. Cruza esas puertas y deja de ser la niña que llora por flores. Sonríe como si fueras la dueña de sus vidas, o te devorarán antes de que Malakor termine el discurso. En Kaelum, los lobos solo respetan a quienes muestran los colmillos.

​Sin esperar respuesta, me ofreció su brazo. No fue una invitación gentil; fue una orden silenciosa. Clavé mis dedos en la manga de su chaqueta de cuero y seda, sintiendo la dureza de sus músculos debajo. Las puertas se abrieron de par en par.

​El rugido de la multitud me golpeó como una ola física. Abajo, en la inmensa plaza de Kaellis, miles de ciudadanos de Kaelum se agolpaban bajo la nieve eterna, sus rostros iluminados por el resplandor azul de diez mil antorchas de aceite. Al vernos aparecer, el silencio se hizo absoluto por un segundo eterno. Yo no era la princesa de seda que esperaban; frente a ellos se alzaba una figura de sangre y sombras, coronada de zafiros y protegida por su príncipe de hierro.

​Entonces, el rugido regresó, pero esta vez era un grito de asombro y aceptación.

​El Rey Malakor dio un paso al frente, su voz amplificada por la arquitectura del balcón.

—¡Pueblo de Kaelum! —su voz era un trueno triunfal—. La deuda de sangre ha sido saldada. La Rosa de Invierno ha llegado para unirse a nuestro acero. ¡Contemplad a vuestra futura Reina! ¡Contemplad la unión que hará temblar los cimientos del mundo!

​Sentí la mano de Caleb apretar la mía sobre su brazo, un gesto posesivo que no pasó desapercibido para la multitud. El frío del balcón era extremo, pero el calor que emanaba de su cuerpo era lo único que me mantenía en pie.

​La corte se trasladó al Gran Salón de los Trofeos para la recepción oficial. Era una estancia imponente, con techos de marfil tallado y lámparas de araña hechas de huesos de dragón marino y cristal facetado. El aroma a vino especiado, carne asada y perfumes caros llenaba el ambiente.

​La música comenzó: una melodía de violonchelos y tambores rítmicos, mucho más intensa que los valses ligeros de Veridion. Por protocolo, Caleb y yo debíamos abrir el baile.

​Él me tomó por la cintura con una firmeza que me obligó a arquear la espalda. Su mano era un hierro caliente contra mi piel, separada solo por la fina seda del vestido. Empezamos a movernos en una sincronía perfecta, una danza que se sentía más como un duelo que como un baile.

​—Bailas como si estuvieras pisando brasas, princesa —murmuró Caleb, su rostro a escasos centímetros del mío. Sus ojos oscuros devoraban los míos, desafiándome.

​—Solo trato de no congelarme con tu toque, Caleb —respondí, sosteniéndole la mirada con un fuego que parecía sorprenderlo—. Tu reino es hermoso, pero tus modales siguen siendo los de un carnicero.

​Caleb soltó una media sonrisa, una expresión peligrosa y fascinante.

—Un carnicero que ahora es dueño de tu destino. Acéptalo, Karina. Tu Julian de Oakhaven te habría llevado a bailar entre nubes; yo te estoy enseñando a caminar sobre el abismo. Y ambos sabemos cuál prefieres.

​Me hizo girar con una fuerza controlada, y por un instante, nuestros cuerpos chocaron. Sentí el latido de su corazón contra mi pecho, una vibración poderosa que desdibujó mis sentidos. La atracción era tan evidente, tan violenta, que podía sentir los murmullos de los nobles a nuestro alrededor. No era solo un matrimonio por contrato; el mundo estaba viendo chispas saltar en un polvorín.

​Más tarde, mientras descansábamos cerca del trono de Malakor, un duque de las Tierras Bajas, un hombre de mirada lasciva y palabras melosas, se acercó a nosotros.

​—Princesa Karina —dijo, tomando mi mano con una familiaridad indebida—, Veridion debe estar desierto ahora que su mayor tesoro ha sido... robado. Quizás después del anuncio, podamos discutir las bellezas de vuestra tierra en privado.

​Sentí una punzada de asco, pero antes de que pudiera responder, Caleb se movió. No gritó, ni sacó su espada. Simplemente dio un paso al frente, interponiéndose entre el duque y yo con una calma aterradora. Colocó una mano pesada sobre mi hombro, un gesto puramente territorial.

​—El tesoro de Veridion tiene dueño, Duque —dijo Caleb, y su voz era el crujido del hielo rompiéndose—. Y el dueño no tiene paciencia para las visitas privadas. Si vuelves a dirigirte a mi prometida con esa familiaridad, me aseguraré de que tu lengua sea el próximo trofeo que cuelgue de estas paredes.

​El duque palideció y retrocedió con una reverencia atropellada. Caleb no me soltó. Se quedó de pie detrás de mí, su presencia envolviéndome como una armadura. Su cercanía era escandalosa ante los ojos de la corte, pero a él no parecía importarle. Me miró a través del reflejo de mi copa de cristal, y por primera vez, no vi al enemigo. Vi a un hombre que estaba dispuesto a quemar el mundo con tal de que nadie tocara lo que consideraba suyo.

​Cuando la fiesta terminó, Caleb me escoltó hasta mis aposentos. El pasillo estaba en penumbra, iluminado solo por la luz de la luna que se filtraba por las altas ventanas. Nos detuvimos frente a mi puerta.




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