​el Contrato de la Princesa Prohibida

Capítulo 9

PALACIO DE HIERRO, KAELUM

Narra Karina

​El amanecer en Kaellis no trajo el canto de las aves, sino el sonido rítmico de los martillos golpeando el metal en la distancia. Me puse en pie antes de que las doncellas llamaran a mi puerta, envuelta en una bata de seda negra que parecía pesar más que mis vestidos de Veridion. Me acerqué al espejo de cuerpo entero y me observé con una intensidad que rayaba en la disección.

​Ya no era la misma. Había algo en la línea de mi mandíbula, una rigidez que no estaba allí hace una semana.

​—Si este es mi reino —susurré a mi reflejo, y mi voz sonó extraña, más profunda—, no seré una estatua decorativa en su balcón. No permitiré que Caleb, ni Malakor, ni nadie, me use como un escudo o una moneda de cambio.

​Entendí en ese instante que la belleza era una moneda que se devaluaba en el Norte. Aquí se respetaba la fuerza, la astucia y la capacidad de sobrevivir al invierno. Si quería que Caleb dejara de mirarme con desprecio, tenía que aprender a hablar su idioma: el idioma del acero y la voluntad. No dejaría que volviera a intimidarme. Si él era la tormenta, yo aprendería a ser el rayo que la parte en dos.

​Caleb apareció una hora después. No vestía las galas del príncipe heredero, sino una túnica de cuero reforzado, pantalones oscuros y botas de viaje llenas de barro seco. Se detuvo en el umbral, observándome con esa mirada analítica que siempre me hacía sentir expuesta.

​—Hoy verás lo que Veridion siempre ha ignorado —dijo sin preámbulos—. Vamos.

​Salimos del palacio, pero no hacia los jardines congelados, sino hacia las entrañas de la ciudad. A medida que descendíamos hacia las zonas bajas, el aire se volvía denso y cálido. Llegamos a las Grandes Forjas, un complejo subterráneo donde el fuego del núcleo de la montaña alimentaba cientos de hornos. El calor era abrasador, un contraste violento con la nieve que caía afuera.

​Vi a hombres y mujeres de hombros anchos trabajando el hierro con una disciplina que me dejó sin aliento. El acero de Kaelum, famoso por no quebrarse jamás, nacía aquí, entre sudor y chispas. Caleb caminaba entre ellos con una familiaridad que me sorprendió; no era un rey distante, era un líder que conocía el peso de las herramientas de su gente.

​—Ellos son el corazón de Kaelum, Karina —dijo Caleb, deteniéndose frente a un yunque rojo vivo—. Veridion vive de lo que crece sobre la tierra. Nosotros vivimos de lo que arrancamos de sus entrañas. Por eso somos indestructibles.

​—La tierra también da vida, Caleb —respondí, secándome una gota de sudor de la frente—. Pero reconozco el poder de este lugar. Es... abrumador.

​Caminamos después hacia los campos de entrenamiento militar, una explanada de piedra gris donde cientos de soldados practicaban bajo la nieve que volvía a caer. Caleb se despojó de su capa y tomó una espada de práctica. Sus movimientos eran una danza brutal de precisión y fuerza. Lo observé, incapaz de apartar la mirada, sintiendo una fascinación prohibida por la forma en que sus músculos se tensaban bajo el cuero.

​Me acerqué a un estante de armas cercano. Mis dedos rozaron la empuñadura de una daga de empuñadura de hueso y una espada corta de filo plateado. El metal estaba frío, invitándome a sostenerlo.

​—¿Qué haces, princesa? —la voz de Caleb sonó justo detrás de mi oreja, haciéndome saltar.

​—Quiero aprender —dije, girándome para enfrentarlo. Mi respiración era agitada, no solo por el paseo, sino por su cercanía—. Quiero aprender a usar esto. No quiero que nadie vuelva a susurrarme amenazas al oído sin que yo tenga algo con qué responder.

​Caleb soltó una carcajada seca, llena de escepticismo.

—¿Una rosa de Veridion con una espada? Te cortarías un dedo antes de desenvainar. Vuelve a tus bordados, Karina. Esto no es un juego de salón.

​—Enséñame —le desafié, dando un paso hacia él, invadiendo su espacio personal—. O tienes miedo de que aprenda demasiado rápido, ¿Príncipe?

​Sus ojos se oscurecieron. El aire entre nosotros se cargó de una tensión eléctrica que hacía que el frío de la nieve desapareciera. Caleb dejó su espada de madera a un lado y me arrebató la espada corta del estante.

​—Ponte de espaldas a mí —ordenó con una voz ronca.

​Obedecí, sintiendo mi corazón martillear contra mis costillas. Caleb se pegó a mi espalda, eliminando cualquier rastro de distancia. Su pecho, firme y cálido, chocó contra mis hombros. Pasó sus brazos alrededor de los míos, tomando mis manos para colocarlas correctamente sobre la empuñadura del arma.

​—Sujétala con firmeza, pero no la estrangules —susurró en mi oído. Su aliento rozó mi lóbulo, enviando una descarga eléctrica por toda mi columna—. Si la aprietas demasiado, pierdes movilidad. Si la sueltas, estás muerta.

​Sus manos, grandes y callosas, envolvieron las mías. El calor de su cuerpo me envolvía como una manta de fuego en medio de la ventisca. Podía sentir la dureza de sus piernas contra las mías mientras ajustaba mi postura con un movimiento de sus caderas. El contacto era tan íntimo, tan cargado de un deseo que ambos intentábamos ocultar tras la máscara de la lección, que el mundo alrededor pareció desvanecerse.

​Caleb guió mi brazo en un tajo descendente. La fuerza de sus movimientos me obligaba a seguirlo, a confiar en su cuerpo.

​—Para matar, tienes que estar dispuesta a perder tu alma, Karina —me dijo, y su voz bajó a un susurro que vibró en mi nuca—. Tienes que mirar a tu enemigo a los ojos y saber que su vida te pertenece. ¿Estás lista para eso?

​Giré un poco la cabeza, encontrando su rostro a centímetros del mío. Sus ojos estaban fijos en mis labios, una batalla interna librándose tras sus pupilas grises.

​—Ya perdí mi libertad, Caleb —respondí, mi voz apenas un hilo de aire—. El alma es un precio pequeño si con ello compro mi seguridad. ¿O es que tú tienes miedo de perder la tuya conmigo?




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