​el Contrato de la Princesa Prohibida

Capítulo 10

TIERRAS ALTAS DE KAELUM

Narra Karina

​El cielo de Kaelum no avisó. En un abrir y cerrar de ojos, el gris pálido del mediodía se transformó en una oscuridad violenta y azulada. El viento comenzó a aullar con una fuerza que no parecía natural, arrastrando agujas de hielo que me cortaban las mejillas. Era una "Tormenta de Sangre", la furia blanca que mi padre siempre decía que borraba los pecados de la tierra.

​—¡Sujétate a mí! —gritó Caleb sobre el rugido del viento.

​Apenas podía verlo a través de la cortina de nieve, pero sentí su brazo rodear mi cintura con una fuerza brutal, pegándome a su costado mientras nuestros caballos luchaban por avanzar. El frío era un dolor físico, una garra que intentaba detener mi corazón. Justo cuando sentí que mis piernas cedían, Caleb nos guió hacia una sombra masiva entre los pinos negros: un refugio de cazadores, una cabaña de piedra y madera que parecía fundirse con la montaña.

​Entramos tambaleándonos, y Caleb cerró la pesada puerta de roble deteniendo el estruendo del mundo exterior. El silencio súbito fue ensordecedor.

​La cabaña era pequeña, rústica y olía a pino seco y cuero viejo. Solo había una chimenea de piedra, un banco de madera y un lecho cubierto con pesadas pieles de oso. Yo temblaba de forma incontrolable, mis dientes castañeteaban tanto que me dolía la mandíbula.

​Caleb se movió con una eficiencia feroz. En pocos minutos, logró encender un fuego que comenzó a lamer los troncos, proyectando sombras errantes en las paredes de piedra. Se giró hacia mí, con el cabello oscuro empapado de nieve derritiéndose sobre su frente.

​—Quítate la capa, Karina. Está empapada. Si el frío se queda en tu piel, no verás el amanecer.

​Mis dedos estaban entumecidos, inútiles. Al verme luchar con los broches de plata, Caleb soltó un gruñido impaciente y se acercó. Sus manos, grandes y callosas, apartaron las mías. El roce de sus dedos contra mi cuello, calientes a pesar del clima, me provocó un estremecimiento que no era de frío.

​Él dejó caer la pesada prenda al suelo y se quedó allí, de pie, a centímetros de mí. La luz de las llamas bailaba en sus ojos oscuros, revelando una tormenta interna que igualaba a la de afuera. El espacio entre nosotros se redujo hasta que el calor de su cuerpo me envolvió, una invitación silenciosa al peligro.

​—Me miras como si fuera a devorarte —susurró Caleb, y su voz era una vibración baja que me recorrió la columna.

​—A veces olvido que no eres un monstruo, Caleb —respondí, mi voz apenas un hilo de aire mientras sostenía su mirada—. Y otras veces... tengo miedo de que no lo seas.

​Él acortó la distancia, atrapándome entre el calor de la chimenea y la dureza de su cuerpo. Una de sus manos subió a mi nuca, hundiéndose en mi cabello húmedo, mientras la otra se apoyaba con firmeza en la pared de piedra, justo al lado de mi cabeza.

​—Deja de luchar, princesa —dijo, y su aliento rozó mis labios—. Llevas cinco días intentando convencerme de que me odias, pero tu cuerpo dice algo muy diferente cada vez que te toco.

​—Te odio —mentí, aunque mi respiración era una súplica.

​—Entonces miénteme otra vez.

​Caleb no esperó más. Se inclinó y capturó mis labios en un beso que no tuvo nada de la dulzura de los cuentos de hadas. Fue un estallido de necesidad contenida, un choque de voluntades que acabó con mi control en un segundo. Sus labios eran calientes, hambrientos, y sabían a vino y a tormenta.

​Gemí contra su boca, perdiendo el sentido de la realidad mientras mis manos subían a su pecho, aferrándose al cuero de su túnica antes de enredarse en su cabello. Caleb perdió toda su legendaria compostura; me atrajo hacia él con una posesividad desesperada, sus manos recorriendo mi espalda, reclamando cada centímetro de mi piel a través de la seda del vestido. El beso se volvió más profundo, más oscuro, una rendición mutua que incendiaba el aire gélido de la cabaña. Por un momento, el mundo, mi reino, la deuda y el futuro desaparecieron. Solo existía el fuego de su boca y la urgencia de su cuerpo contra el mío.

​De repente, la realidad me golpeó como un cubo de agua helada. Me aparté de él, jadeando, con los labios hinchados y el corazón latiendo tan fuerte que temí que se rompiera. El silencio de la cabaña ahora me resultaba acusador.

​—No... esto no está bien —susurré, cubriéndome la boca con la mano mientras retrocedía hacia las sombras.

​En mi mente resonaban las lecciones de mi madre en Veridion. "Tu honor es tu corona, Karina. Solo tu esposo merece conocer el mapa de tu piel". En mi reino, lo que acababa de suceder era una mancha imborrable. Me había entregado a la pasión con un hombre que, aunque fuera mi prometido, seguía siendo un extraño ante las leyes de mi hogar.

​—Karina... —Caleb dio un paso hacia mí, su mirada aún nublada por el deseo.

​—¡No! —lo detuve, mis ojos llenos de una culpa que me quemaba—. No estamos casados, Caleb. En Veridion, esto es una deshonra. Solo podía entregarme así ante el altar, con promesas reales... He fallado a mi familia, a mis principios. He sido débil.

​Me arreglé el cabello y la ropa con manos temblorosas, sintiéndome pequeña y sucia bajo el peso de mi educación. Él era el enemigo, el hombre que me había sido impuesto, y yo acababa de regalarle la única libertad que me quedaba: mi voluntad.

​Caleb se detuvo, pero su expresión no era de arrepentimiento. Sus ojos se volvieron de acero, recuperando esa frialdad dominante que me aterraba. Caminó hacia mí con una lentitud depredadora hasta que mis hombros chocaron contra la piedra fría de la pared. Me tomó de la mandíbula con una firmeza que me obligó a mirarlo.

​—Olvida tus leyes de seda y tus cuentos de castidad, Karina —dijo, y su voz era pura autoridad de Kaelum—. Aquí la nieve lo borra todo. No me importa lo que digan tus sacerdotes en el Sur.

​Se inclinó, su rostro a milímetros del mío, rodeándome con su aroma y su poder.




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