PALACIO DE HIERRO, KAELUM
Narra Karina
El regreso desde la cabaña de cazadores fue un trayecto envuelto en un cristal de silencio que amenazaba con romperse al menor suspiro. El cielo, tras la "Tormenta de Sangre", se había despejado para revelar un azul eléctrico, gélido y despiadado, que hacía que la nieve recién caída brillara con una intensidad que hería los ojos. Cabalgábamos uno al lado del otro, pero la distancia física era una mentira frente a la proximidad que nuestras almas habían alcanzado bajo aquel techo de madera y piedra.
Cada vez que el caballo de Caleb se acercaba al mío, mi piel reaccionaba antes que mi mente. Sentía un calor residual, una marca invisible en mis labios y en mi cintura donde sus manos me habían reclamado. Él no me miraba, mantenía la vista fija en el sendero escarpado que conducía de regreso a la capital, pero su presencia era asfixiante, una sombra que me envolvía y me recordaba, con cada rítmico movimiento del galope, que ya no era la misma mujer que había salido del palacio el día anterior.
Me sentía dividida. Una parte de mí, la princesa educada en los jardines de jazmín de Veridion, gritaba en señal de duelo por la pérdida de su honor y su control. La otra, la mujer que había nacido entre las cenizas de Kaelum, guardaba el secreto del beso como un tesoro prohibido, un fuego que me mantenía caliente a pesar de que el aire a nuestro alrededor estaba a diez grados bajo cero.
Al cruzar las puertas de hierro del palacio, la maquinaria de la guerra y la política nos engulló sin darnos un respiro. El Rey Malakor no era hombre de esperas. Nos recibió en el Gran Salón del Trono, un espacio donde el frío parecía emanar de las mismas paredes de basalto. No hubo preguntas sobre nuestra supervivencia en la tormenta; en Kaelum, sobrevivir se daba por sentado.
—Los mensajeros están listos —anunció Malakor, su voz resonando como el golpe de un martillo sobre un yunque—. Los cuervos partirán al mediodía hacia cada rincón del continente. El mundo debe saber que el pacto de sangre se ha sellado.
Sobre una mesa de mármol negro descansaban docenas de pergaminos de vitela fina. Observé, con una mezcla de fascinación y horror, cómo Malakor derretía la cera negra y estampaba el sello del cuervo sobre mi nombre. "Karina de Veridion, futura Reina Consorte de Kaelum". Cada golpe del sello era un clavo en el ataúd de mi antigua vida.
Caleb se mantuvo a mi lado, rígido como una estatua de obsidiana. Su mano rozó la mía por un segundo, un contacto fugaz que me quemó. Me miró de reojo, y en la profundidad de sus ojos grises vi el recordatorio de su sentencia en la cabaña: Me perteneces.
—La boda se celebrará en tres semanas —continuó Malakor, dirigiéndose a mí con una sonrisa gélida—. No hay razón para postergar lo inevitable. Kaelum necesita a su reina, y Veridion necesita saber que su protección está garantizada... bajo mi mando.
Asentí mecánicamente. Mi voz se había quedado atrapada en algún lugar entre mi garganta y mi corazón. Caleb firmó los documentos con una caligrafía agresiva y decidida, sin dudar un solo instante. Para él, esto era el orden natural de las cosas. Para mí, era la firma de mi propia rendición.
Me retiré a mis aposentos con la excusa de prepararme para la cena de estado, pero la verdadera razón era que necesitaba aire. Olivia me esperaba con el rostro pálido y las manos inquietas. Cerró la puerta tras de mí con un clic metálico y se acercó, bajando la voz hasta convertirla en un susurro apenas audible.
—Señora... ha llegado algo. Un mensajero de los mercaderes del Sur. Dice que es urgente, que arriesgó su vida para cruzar la frontera antes de que los cuervos de Malakor llegaran.
Me entregó un sobre pequeño, oculto entre los pliegues de una toalla de lino. El papel era de una calidad exquisita, color crema, y un aroma sutil a sándalo y brisa marina emanó de él en cuanto lo tomé. Se me detuvo el corazón. Conocía ese aroma. Conocía ese sello de cera azul cielo con la efigie de un roble plateado.
Oakhaven.
Rompí el sobre con dedos temblorosos. La caligrafía era elegante, fluida, la letra de un hombre que había sido educado para la paz y el arte.
"Mi amada Karina,
Las noticias de tu cautiverio en las tierras del Norte han llegado a mis oídos como una sentencia de muerte. No creo en los tratados firmados bajo la sombra de las espadas de Kaelum. Sé que tu corazón sigue perteneciendo a la luz, y no permitiré que esa oscuridad te consuma.
No te desesperes. Oakhaven no está solo. He reunido a una coalición de reinos que temen la ambición de Malakor tanto como yo temo perderte. Estamos movilizando nuestras flotas. Antes de que ese compromiso se convierta en una unión maldita, te rescataré. Encuentra la forma de retrasar la ceremonia. El rescate llegará con la primera luna llena.
Tuyo siempre, Julian."
Apreté la carta contra mi pecho, cerrando los ojos. Hace apenas una semana, estas palabras habrían sido mi balsa de salvación en medio de un naufragio. Julian, con su dulzura y su promesa de una vida sin sombras, representaba todo lo que yo creía desear. Podía imaginarlo: el sol cálido de Oakhaven, las tardes de lectura, los bailes que no eran batallas.
Pero entonces, el recuerdo de la noche anterior me asaltó. Sentí el fantasma de los labios de Caleb sobre los míos, la urgencia de su cuerpo, la forma en que su mirada oscura parecía ver partes de mí que Julian nunca entendería. Julian me amaba como a una princesa de cristal; Caleb me reclamaba como a una reina de hierro.
Julian me ofrecía paz. Caleb me ofrecía un fuego que, aunque me consumiera, me hacía sentir más viva de lo que jamás había estado en los salones dorados de mi hogar.
—¿Qué dice, señora? —preguntó Olivia, con esperanza en los ojos—. ¿Vienen a buscarnos?
—Vienen a iniciar una guerra, Olivia —respondí con amargura.