PALACIO DE HIERRO, KAELUM
Narra Karina
La habitación estaba sumida en un desorden que reflejaba mi propio estado mental. Sobre la cama de seda negra, mis baúles de madera y refuerzos de hierro permanecían abiertos, devorando los vestidos de terciopelo y las pieles que Theron había confeccionado para mí. Había pasado la semana reglamentaria en Kaelum. Siete días que se sintieron como siete vidas; siete noches que habían transformado mi piel y mi pulso de formas que aún no me atrevía a confesarle a mi propio reflejo.
Empacaba con una urgencia febril. Necesitaba el aire de Veridion. Necesitaba el olor a jazmín y el sonido de las risas de mi hermana Gala para recordarme quién era antes de que los ojos grises de Caleb borraran mis bordes. Quería creer que, al cruzar la frontera de regreso, la sensación de sus manos en mi cintura y el calor de su aliento en la cabaña se disiparían como la niebla matutina.
Un golpe seco y rítmico en la puerta me hizo saltar. Antes de que pudiera dar permiso, un guardia de la élite de Malakor, cuya armadura negra parecía absorber la poca luz que entraba por el ventanal, se cuadró en el umbral.
—Princesa Karina. El Rey Malakor solicita su presencia inmediata en su despacho privado. Es un asunto de estado de la máxima urgencia.
Sentí una punzada de frío en el estómago que no tenía nada que ver con el clima de Kaelum. El despacho de Malakor no era un lugar de sugerencias, sino de sentencias. Me ajusté el chal sobre los hombros y caminé por los pasillos con la cabeza en alto, aunque por dentro mis cimientos empezaban a agrietarse.
El despacho del Rey era una estancia cargada de humo de incienso y el aroma rancio del papel viejo. Malakor estaba de pie frente a un mapa colosal del continente, con las manos entrelazadas a la espalda. No se giró cuando entré; simplemente señaló con un dedo enguantado la frontera sur, donde las tierras verdes de Veridion se encontraban con las costas doradas de Oakhaven.
—Vuestros baúles están listos, según me informan —dijo Malakor, su voz era un zumbido bajo y peligroso—. Lamento comunicaros que se quedarán donde están.
—¿Qué significa eso, Majestad? —mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. Mi tiempo aquí ha terminado. Mi madre y mi hermana me esperan para iniciar los preparativos finales en mi hogar.
Malakor se giró lentamente. En su mano sostenía un pergamino con el sello de mi padre, el Rey Abel, pero la cera estaba rota y el papel lucía arrugado, como si hubiera sido leído y releído bajo una luz furiosa.
—Vuestro padre ha enviado una misiva de emergencia esta madrugada. Veridion está al borde del colapso diplomático. El Príncipe Julian de Oakhaven no ha tomado bien el rechazo de vuestro compromiso. Ha movilizado a su flota y ha apostado tropas en vuestras fronteras bajo el pretexto de "maniobras defensivas".
—Julian no es un hombre de guerra —le interrumpí, sintiendo una oleada de incredulidad—. Él es...
—Él es un hombre desesperado, Karina —me cortó Malakor con un destello de desprecio en los ojos—. Y los hombres desesperados son los más peligrosos. Vuestro padre teme, con razón, que si ponéis un pie fuera de las murallas de Kaelum, Julian intentará un "rescate" que terminará en vuestro secuestro y en una masacre en los caminos. El Rey Abel me ha pedido formalmente que os mantengáis aquí, bajo mi protección y la de mi hijo, hasta el día de la boda.
Me entregó la carta. Al ver la caligrafía de mi padre, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. La letra era errática, las líneas subían y bajaban como si la mano que las escribió hubiera estado temblando de puro terror.
> "Hija mía, perdóname. El mundo se ha vuelto oscuro. Julian ha perdido la razón; sus embajadores hablan de 'liberarte' a cualquier precio. Veridion no puede resistir una invasión de Oakhaven mientras intenta cumplir su pacto con Kaelum. Por tu vida, por la seguridad de Gala y de tu madre, te ruego que te quedes en el Norte. Estás más segura en la jaula de hierro de Malakor que en los caminos de seda que Julian pretende regar con sangre. Ve a Caleb no como a un captor, sino como a tu único escudo."
>
Dejé caer la carta sobre la mesa. Me sentía traicionada, vendida por segunda vez, pero esta vez por el hombre que se suponía debía protegerme por encima de todo. Mi padre me estaba abandonando en los brazos del lobo para evitar que el ciervo me mordiera.
—No soy un objeto que puedan pasarse de mano en mano por miedo a las sombras —susurré, apretando los puños.
—En este tablero, princesa, sois la pieza más valiosa —sentenció Malakor—. Id a cenar. Caleb os espera. Y sugiero que aceptéis vuestro destino con la dignidad que se espera de una futura soberana de Kaelum.
La cena se llevó a cabo en el comedor privado, una estancia inmensa donde el fuego de la chimenea era lo único que intentaba, sin éxito, calentar el ambiente. Caleb ya estaba allí, sentado a la cabecera, observando una copa de vino con una intensidad que daba miedo. Cuando entré, su mirada gris chocó con la mía, y supe de inmediato que él ya conocía la noticia. Y peor aún: le complacía.
Comimos en un silencio sepulcral, solo roto por el tintineo de los cubiertos contra la porcelana. Yo no podía probar bocado; la rabia me quemaba la garganta.
—No voy a quedarme —solté de pronto, rompiendo el silencio como un hachazo.
Caleb dejó caer su cuchillo con un sonido metálico que resonó en toda la sala. Levantó la vista, y sus ojos brillaron con una luz peligrosa bajo las lámparas de araña.
—Mi padre ha sido claro, Karina. Y la carta de tu padre también lo ha sido. No es una sugerencia.
—Me importa poco lo que digan dos hombres encerrados en sus despachos jugando a la guerra —me levanté de la silla, apoyando las manos sobre la mesa—. Tengo una madre y una hermana pequeña que me necesitan. No voy a casarme en esta tierra extraña, rodeada de gente que me mira como a un botín de guerra, sin tener a mi familia a mi lado. Mañana partiré hacia Veridion, con o sin escolta.
Caleb se levantó con una lentitud que prometía violencia. Rodeó la mesa, caminando con esa elegancia depredadora que siempre me ponía en guardia. Se detuvo a escasos centímetros de mí, invadiendo mi espacio con su olor a cuero y tormenta.
—No vas a ir a ninguna parte —dijo, su voz era un susurro ronco, cargado de una autoridad absoluta—. ¿Crees que esto es un capricho? Julian de Oakhaven tiene espías en cada posada desde aquí hasta la frontera. En el momento en que cruces el paso de montaña, serás una presa.
—¡Prefiero ser una presa en los caminos que una prisionera en este palacio de hielo! —le grité, golpeando su pecho con la palma de mi mano—. Me encerráis aquí diciendo que es por mi seguridad, pero ambos sabemos la verdad: tienes miedo. Tienes miedo de que Julian me ofrezca la libertad que tú nunca me darás.
Caleb me tomó de las muñecas con una fuerza que me inmovilizó, pegándome a su cuerpo. Sus ojos ardían de rabia y de algo mucho más oscuro y posesivo que me cortó el aliento.
—¿Libertad? ¿Llamas libertad a ser el adorno en el jardín de un príncipe que no sabe lo que es sangrar por lo que ama? —se inclinó tanto que nuestras frentes se tocaron—. Julian quiere una muñeca de cristal para presumir en sus bailes. Yo quiero a la mujer que me desafía a pesar de tener miedo. Y no voy a permitir que ese niño ponga un solo dedo sobre lo que es mío.
—¡No soy tuya! —exclamé, aunque mi cuerpo traicionaba mis palabras, reaccionando a su calor—. ¡No soy un territorio que puedas conquistar, Caleb!
—Lo eres desde el momento en que me devolviste el beso en la cabaña —su voz bajó a una octava peligrosa, vibrando contra mi piel—. Lo eres porque tu sangre reconoce la mía. Si intentas salir de este palacio, te encerraré en la torre más alta bajo mi propia guardia. No es solo política, Karina. Es que no voy a perderte porque tu orgullo sea más grande que tu sentido común.
—¡Eres un monstruo! —le espeté, intentando zafarme de su agarre, pero él solo me apretó más, su mirada fija en mis labios con una mezcla de odio y deseo.
—Soy el monstruo que te mantendrá con vida mientras el resto del mundo intenta despedazarte —respondió él, su respiración agitada chocando con la mía—. Mañana tus baúles serán desempacados. Te quedarás aquí, a mi lado, donde perteneces. Y si Julian de Oakhaven quiere recuperarte, tendrá que pasar por encima de mi cadáver y de todo el ejército del Norte.
Me soltó bruscamente, dejándome temblando de furia y de una excitación que odiaba sentir. Se dio la vuelta y salió del comedor sin mirar atrás, dejando las puertas abiertas de par en par.
Me quedé sola en la inmensidad del salón, escuchando el rugido del fuego en la chimenea. Miré mis manos; aún sentía la presión de sus dedos en mis muñecas. Me sentía enjaulada, sí, pero lo que más me aterraba no eran las murallas de Kaelum ni las amenazas de Julian. Lo que me aterraba era que, en el fondo de mi alma incendiada, la idea de que Caleb estuviera dispuesto a quemar el mundo entero para no dejarme ir... era lo único que me hacía sentir protegida.
Me encerré en mi cuarto y, con un acceso de rabia, volqué uno de los baúles que ya estaba cerrado. Los vestidos de seda cayeron al suelo como pétalos marchitos. Estaba atrapada en el Norte, unida por la sangre y el deseo al hombre que acababa de declarar que yo era su propiedad ante el cielo y la tierra. La guerra se acercaba, y yo era el premio, la víctima y la reina de un invierno que apenas comenzaba a mostrar sus verdaderos colmillos.