​el Contrato de la Princesa Prohibida

Capítulo 13

PALACIO DE HIERRO, KAELUM
Narra Karina

El viento del norte, siempre errático y cargado de cristales de hielo, siseaba hoy entre las almenas del palacio con una melodía diferente. Era un susurro de expectación. Me encontraba en lo alto de la torre de vigía, con los dedos entumecidos aferrados a la piedra fría, observando el horizonte donde el blanco de la nieve se fundía con el gris plomizo del cielo. Mis súplicas, mis gritos y mis silencios cortantes hacia Malakor habían surtido efecto, o quizás el Rey simplemente había decidido que una princesa con su familia cerca era una pieza más fácil de controlar.
A lo lejos, una mancha oscura rompió la monotonía del paisaje. Un convoy de carruajes, escoltado por una caballería cuya armadura brillaba con el negro mate de la guardia de Kaelum, avanzaba pesadamente por el desfiladero. Mi corazón, que durante días se había sentido como un bloque de granito en mi pecho, dio un vuelco violento.
—Ya están aquí —susurré, y mi aliento formó una nube de vapor que se disipó al instante.
Descendí las escaleras de caracol con una urgencia que rayaba en la desesperación. Crucé el patio de armas, ignorando las miradas curiosas de los soldados y el sonido metálico de los entrenamientos. Cuando el carruaje principal, grabado con el león dorado de Veridion, se detuvo frente a la escalinata, no esperé a que los lacayos abrieran la puerta.
La Reina Elena, mi madre, descendió primero. Lucía pálida, envuelta en capas de lana verde y pieles que parecían pesarle más que su propia corona. Tras ella, una ráfaga de energía y rizos castaños saltó al suelo empedrado.
—¡Karina! —el grito de Gala rompió la rigidez del protocolo de Kaelum.
Mi hermana pequeña corrió hacia mí, y por un segundo, el mundo volvió a tener sentido. La estreché contra mi pecho, aspirando el olor a lavanda y hogar que aún emanaba de sus ropas. Mi madre se acercó con paso elegante pero cansado, y cuando sus ojos se encontraron con los míos, vi un abismo de preocupación que me heló la sangre más que cualquier ventisca.
—Hija mía —murmuró Elena, estrechándome en un abrazo que se sintió como una despedida y un reencuentro a la vez—. Estás viva. Gracias a los dioses, estás viva.
Desde la distancia, apoyado contra una de las columnas de granito del pórtico, Caleb observaba la escena. Su postura era relajada, pero sus ojos grises recorrían a mi familia con una intensidad depredadora. No se acercó, no interrumpió, pero su presencia era un recordatorio constante de que este reencuentro ocurría bajo su permiso y dentro de sus muros.
Instalé a mi madre y a Gala en una suite adyacente a la mía. Una vez que las doncellas se retiraron y Gala se quedó fascinada observando cómo los copos de nieve golpeaban el cristal reforzado, mi madre cerró la puerta con llave. Su rostro, habitualmente sereno, se descompuso en una máscara de angustia.
—Karina, tenemos poco tiempo —dijo, tomándome de las manos. Sus dedos estaban gélidos—. Tu padre está perdiendo el control en el Sur, pero eso no es lo peor. He venido porque hay verdades que el papel no puede sostener.
—Lo sé, mamá. Sé lo de Julian, sé lo de la guerra... —comencé a decir, pero ella negó con la cabeza con vehemencia.
—No se trata solo de la guerra, hija. Se trata de por qué Malakor aceptó el pacto. ¿De verdad crees que Veridion es tan rico como para que el Rey del Norte se conforme con oro y tierras? —Elena bajó la voz hasta convertirla en un siseo—. El linaje de Veridion, nuestra sangre, posee algo que ellos han perdido. Hace siglos, nuestras estirpes estaban unidas. Se dice que nuestra sangre lleva consigo una inmunidad, una chispa de vida que los reyes de Kaelum necesitan para estabilizar su propio linaje, que se está marchitando entre el frío y la endogamia.
Me quedé helada. Recordé la forma en que Caleb me miraba, la forma en que Malakor hablaba de "sellar el pacto".
—¿Me estás diciendo que soy... un experimento? ¿Una medicina? —pregunté, sintiendo un asco profundo.
—Eres una llave, Karina. Malakor codicia tu descendencia no por poder político, sino por supervivencia biológica. Y Caleb... —Elena suspiró, con los ojos llenos de lágrimas—. Caleb ha sido entrenado toda su vida para ser el que extraiga ese legado de ti. No dejes que tu corazón se rinda a él. Puede parecer un hombre, puede incluso mostrarse protector, pero para ellos no eres una mujer a la que amar, eres un recurso que explotar. Si te entregas a él por deseo, estarás entregando el secreto de nuestra supervivencia.
Las palabras de mi madre cayeron sobre mí como piedras. Cada roce de Caleb, cada beso en la cabaña, cada momento de tensión empezó a teñirse de una duda tóxica. ¿Era su atracción real, o era simplemente el instinto de un cazador siguiendo el rastro de la presa perfecta?
Más tarde, intentando despejar mi mente de las advertencias de mi madre, caminé hacia la biblioteca real. Necesitaba silencio, pero lo que encontré fue una escena que me detuvo en seco.
Caleb estaba sentado en un gran sillón de cuero frente a la chimenea. No estaba solo. Gala estaba sentada en la alfombra frente a él, señalando con un dedo pequeño la empuñadura de la espada que descansaba contra la mesa.
—¿Es de verdad? —preguntaba Gala con los ojos muy abiertos—. ¿Has matado lobos con ella?
Caleb no lucía irritado. Por el contrario, su expresión era más relajada de lo que jamás la había visto. Había una paciencia inesperada en la forma en que se inclinaba hacia la niña.
—Los lobos son mis hermanos, pequeña —respondió Caleb con una voz inusualmente suave—. No matamos a nuestros hermanos a menos que no nos dejen otra opción. Y esa espada está hecha de acero negro; pesa demasiado para ti ahora, pero quizás cuando crezcas, el Norte te enseñe a sostener algo similar.
Gala rió y él esbozó una sonrisa que no era cínica ni fría. Era la sonrisa de un hombre que, por un breve momento, había olvidado que era un arma de guerra. Al verme, la expresión de Caleb se cerró de inmediato, pero el rastro de esa humanidad efímera quedó flotando en el aire.
—Vete con tu madre, Gala —dijo Caleb, dándole un suave toque en el hombro—. La princesa y yo tenemos asuntos que discutir.
Gala se despidió con un salto y salió corriendo, dejándonos en un silencio que se volvió denso al instante.
Caleb se levantó y caminó hacia el gran ventanal que mostraba el mapa del continente tallado en madera y hierro sobre la pared. Yo me acerqué, pero mantuve una distancia prudencial. Las palabras de mi madre resonaban en mi cabeza: "Eres una llave".
—Tu hermana es valiente —dijo Caleb, sin mirarme—. No tiene el miedo que tú intentas ocultar tras tu orgullo.
—Ella no sabe lo que es estar en mi lugar —respondí, mi voz sonando más cortante de lo que pretendía—. Ella no sabe que en este reino, las personas son vistas como recursos.
Caleb se giró lentamente. La luz del fuego proyectaba sombras alargadas sobre sus facciones angulosas, resaltando la cicatriz de su ceja y la intensidad de su mirada. Se acercó a mí con pasos lentos y decididos, hasta que me obligó a retroceder contra la barandilla de madera tallada que protegía el área de los mapas.
Se inclinó, apoyando ambas manos a los lados de mi cuerpo, atrapándome en el círculo de su presencia. No me tocaba, pero el calor que emanaba de él era una fuerza física que me impedía pensar con claridad. Podía oler el cuero, el acero y ese aroma a tormenta que siempre lo acompañaba.
—Tu madre me mira como si fuera a devorarte —susurró Caleb, su rostro a milímetros del mío. Sus ojos descendieron a mis labios y luego volvieron a mis ojos con una ferocidad contenida—. Y tiene razón en tener miedo, Karina, pero no por las razones que ella cree. Ella piensa que eres frágil. Yo sé que eres un incendio.
La tensión sexual era asfixiante. Mi pulso latía con fuerza en mi cuello, justo donde él podía verlo. Deseaba acortar la distancia, deseaba probar de nuevo ese fuego que me había prometido en la cabaña, pero la advertencia de mi madre actuaba como un muro de hielo. ¿Me desea a mí o a lo que mi sangre representa?
Caleb cerró los ojos por un segundo, inhalando mi perfume, y por la forma en que sus nudillos se tensaron sobre la madera, supe que estaba luchando contra su propio control. Su respiración se mezcló con la mía en el aire frío de la biblioteca. Estábamos tan cerca que sentía el calor de sus labios sin que llegaran a rozar los míos.
—¿Es esto lo que quieres, Caleb? —pregunté en un susurro tembloroso—. ¿Ocupar el lugar que te asignaron en el pacto? ¿O hay algo de verdad en la forma en que me miras?
Él abrió los ojos, y por un instante vi una vulnerabilidad aterradora en ellos.
—Lo que quiero, Karina... es algo que ni tú ni yo podemos permitirnos —respondió con una voz ronca.
Hizo un movimiento, como si fuera a besarme, un impulso que hizo que mis propios labios se entreabrieran en una invitación involuntaria. Pero en el último milisegundo, cuando el contacto era inevitable, me aparté bruscamente, pasando por debajo de su brazo.
Caleb se quedó allí, inmóvil, con la mano aún apretando la barandilla. No me siguió. No dijo nada. La frustración vibraba en el aire como una cuerda de violín a punto de romperse.
Esa noche, el silencio de mis aposentos era interrumpido por el golpeteo rítmico de la nieve contra el cristal. Gala dormía profundamente en la cama de al lado, con su respiración tranquila recordándome todo lo que estaba en juego.
Me acerqué a la ventana y miré hacia la torre opuesta, donde una luz solitaria brillaba en los aposentos de Caleb. Me sentía rodeada de mentiras. Mi padre me había sacrificado por miedo, mi madre me advertía de conspiraciones genéticas que convertían mi cuerpo en un botín, y el hombre que hacía que mi sangre hirviera era, quizás, el arquitecto de mi propia destrucción.
Me toqué los labios, aún sintiendo el calor fantasma de su cercanía. La boda ya no era solo una unión política para evitar una invasión. Era el inicio de una cacería silenciosa. Yo era la presa, sí, pero mientras observaba la sombra de Caleb recortada contra su ventana, supe una verdad que me asustaba aún más que las palabras de mi madre.
El cazador estaba empezando a dudar de su presa, y en ese juego de espejos y sangre, el corazón sería el primero en caer. Cerré las cortinas, pero la oscuridad no trajo el descanso. Solo trajo la certeza de que, en el reino de Kaelum, el amor no era una salvación, sino la forma más letal de traición.




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