​el Contrato de la Princesa Prohibida

Capítulo 14

PALACIO DE HIERRO, KAELUM
Narra Karina
La medianoche en el Palacio de Hierro no era un momento de descanso, sino una sinfonía de sombras que cobraban vida bajo la luz de las antorchas agonizantes. Esperé en la penumbra de mis aposentos, escuchando la respiración acompasada de Gala y el leve rastro de perfume a rosas que mi madre siempre dejaba tras de sí. Las palabras de la Reina Elena habían actuado como un veneno lento en mi torrente sanguíneo, quemándome desde dentro: "No eres una mujer para ellos, eres una llave".
Necesitaba pruebas. Necesitaba saber si el hombre que me había besado con la furia de un incendio forestal me veía como a una compañera o como a un frasco de medicina preciada.
Me vestí con ropas oscuras, una túnica de lana que no hacía ruido al rozar las paredes, y me cubrí con una capa de viaje. Theron, el modista, me había mencionado una vez, entre puntada y puntada, que el palacio era un organismo vivo lleno de arterias secretas. Utilicé el pasadizo detrás del tapiz del Gran Salón, una grieta en la piedra que conducía directamente al Ala Prohibida, el lugar donde Kaelum guardaba sus pecados y sus glorias: el Archivo de los Ancestros.
El descenso fue eterno. El aire se volvía cada vez más frío y rancio, oliendo a pergamino viejo, polvo de siglos y moho. Al llegar a la pesada puerta de hierro del archivo, forcé la cerradura con una horquilla de plata, una habilidad que mi hermana mayor me había enseñado en Veridion como un juego, y que ahora era mi única herramienta de supervivencia.
La puerta gimió al abrirse. Entré en una biblioteca subterránea colosal, donde las estanterías de piedra se elevaban hasta perderse en la oscuridad del techo. Encendí una pequeña vela, cuya llama temblorosa proyectaba sombras que parecían dedos largos intentando alcanzarme.
Busqué durante horas, recorriendo tomos encadenados con el sello de las dos casas reales. Finalmente, en un rincón cubierto de telarañas, encontré un volumen encuadernado en piel de lobo blanca: El Vínculo de la Sangre Cálida.
Al abrirlo, mi corazón se detuvo. Había diagramas médicos detallados, dibujos de venas y arterias entrelazadas. Leí con horror sobre la "Maldición del Hielo", una enfermedad degenerativa que asolaba a la línea sucesoria de los Reyes del Norte desde hacía trescientos años. El frío de Kaelum no solo estaba fuera; se filtraba en la sangre de los primogénitos, volviéndola espesa, lenta, hasta que el corazón se detenía en plena juventud.
Y allí, en una nota al margen escrita con la caligrafía afilada y precisa de Malakor, estaba mi nombre. Un boceto de mi árbol genealógico conectaba mi sangre con la de los ancestros de Kaelum. La anotación decía: "La pureza de Veridion es el único catalizador. El matrimonio con la heredera de la Rosa restaurará el flujo. La estirpe no morirá".
Se me escapó un sollozo ahogado. No era una alianza política. Era una transfusión de vida forzada. Mi matrimonio era el sacrificio de mi propia vitalidad para salvar una corona que me despreciaba.
—Es una lectura fascinante, ¿verdad?
La voz surgió de la oscuridad absoluta, gélida y cargada de una ironía que me hizo saltar. Dejé caer el libro, que golpeó el suelo de piedra con un estruendo que pareció despertar a los fantasmas del archivo.
Caleb emergió de entre las estanterías. No llevaba linterna; sus ojos grises parecían haberse adaptado a la penumbra, brillando con una luz plateada. Caminaba con esa confianza aterradora de quien conoce cada rincón de su prisión.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —pregunté, mi voz temblando de furia y miedo.
—Lo suficiente para ver cómo descubres el secreto peor guardado del Norte —Caleb se acercó, obligándome a retroceder contra la estantería de libros prohibidos. Se detuvo a centímetros de mí, atrapándome con su presencia—. Te advertí que no excavaras demasiado profundo, Karina. Hay verdades que pesan más que las cadenas.
—¿Cómo puedes mirarme a la cara? —le espeté, el calor de la rabia subiendo por mi cuello—. Sabías esto. Sabías que Malakor me trajo aquí como si fuera un animal de cría, una cura para vuestra sangre podrida. ¿Es eso lo que buscabas en la cabaña? ¿Asegurarte de que el remedio fuera efectivo?
Caleb golpeó la estantería con el puño, justo al lado de mi cabeza, haciéndome jadear. Sus ojos ardían con una mezcla de dolor y una honestidad brutal que me descolocó.
—¡No me metas en los planes de mi padre! —rugió en un susurro ronco—. Sé lo que dice ese libro. Sé que mi padre te ve como un recurso, como la llave para que el nombre de nuestra casa no se borre de la historia.
—¿Y tú? —le desafié, clavando mis ojos en los suyos—. ¿Qué soy para ti?
Caleb se inclinó, su rostro a milímetros del mío. Pude sentir el latido acelerado de su corazón a través de su túnica de cuero. Su mano subió a mi garganta, pero no para apretar, sino para sentir mi pulso, recorriendo con el pulgar la línea de mi mandíbula con una desesperación que no podía ocultar.
—Yo no tengo la maldición, Karina —soltó de repente, y sus palabras cayeron como un hachazo en el silencio del archivo.
Me quedé paralizada. —¿Qué?
—Mi hermano mayor murió por ella antes de que tú nacieras. Mi padre está obsesionado porque cree que yo soy el último, que mi sangre se volverá hielo en cualquier momento. Pero se equivoca. Me he hecho examinar en secreto por los médicos de las montañas. Mi sangre es pura, fuerte. No necesito tu linaje para sobrevivir.
—Entonces... ¿por qué sigues adelante con esto? —pregunté, confundida por la vulnerabilidad que veía en su rostro.
—Porque mi deber es con Kaelum, y mi padre no me creería aunque le mostrara mi propio corazón —Caleb suspiró, y por un instante la máscara de príncipe de hierro se rompió por completo—. Pero hay algo más. Algo que me enfurece cada vez que te miro.
Me sujetó por los hombros, su agarre firme y posesivo. La tensión sexual en ese archivo polvoriento era tan real que casi podía saborearla.
—Te deseo, Karina. Y ese deseo no tiene nada que ver con diagramas médicos o linajes antiguos. Me atrae tu fuego, tu negativa a rendirte, la forma en que tus ojos me desafían incluso cuando tienes miedo de mí. Mi padre puede querer tu sangre para la corona, pero yo... —su voz bajó a una octava que me hizo vibrar hasta la médula—. Yo deseo reclamar tu voluntad. Quiero que me pertenezcas porque tú lo decidas, no porque un libro lo ordene.
Forcejeé un poco, intentando recuperar el documento que había guardado en mi capa, pero él fue más rápido. Me quitó el papel con una agilidad pasmosa, manteniéndolo fuera de mi alcance mientras nuestros cuerpos quedaban pegados en la penumbra.
—Devuélvemelo —le exigí, mi respiración mezclándose con la suya.
—Si sales de aquí con esto, Malakor te verá como una traidora, no como una reina —Caleb me acorraló de nuevo, su cuerpo presionando el mío contra los libros viejos—. Y ni siquiera yo podré protegerte de su furia si cree que vas a sabotear el futuro del reino.
Se produjo un silencio cargado de electricidad. Estábamos tan cerca que podía sentir el calor emanando de su piel, un calor que contradecía la leyenda del "hijo del hielo". Su mano volvió a mi nuca, sus dedos enredándose en mi cabello húmedo por la nieve del pasadizo. El deseo de besarlo, de perderme en esa intensidad destructiva a pesar de todo lo que acababa de descubrir, me golpeó como una ola.
Caleb pareció leer mi mente. Su mirada bajó a mis labios, y por un segundo eterno, el mundo se redujo al espacio infinitesimal que nos separaba.
—Hagamos un trato, princesa —susurró él, y su aliento rozó mi mejilla—. Quédate en silencio. No enfrentes a mi padre todavía. Yo mantendré tu secreto sobre esta incursión nocturna y te daré la libertad que pides dentro de estos muros. A cambio, deja de mirarme como si fuera el arquitecto de tu desgracia.
—¿Y si no acepto? —pregunté, mi voz temblorosa por la cercanía de su boca.
—Entonces seguiremos en esta guerra privada —respondió él, rozando mi nariz con la suya, una provocación que me hizo cerrar los ojos—. Pero ambos sabemos cómo terminan las guerras entre nosotros. Terminan como en la cabaña.
Me soltó bruscamente, dándome el espacio que mis pulmones reclamaban. Se guardó el documento en su propia túnica y me ofreció el brazo para escoltarme de vuelta.
Caminamos por los pasadizos en un silencio que pesaba toneladas. Al llegar a la puerta de mis aposentos, Caleb se detuvo. No me tocó, pero su sombra me envolvió por completo.
—Tu sangre puede ser el tesoro que mi padre codicia para estabilizar su imperio, Karina —dijo, y su voz sonó más sincera que nunca—, pero recuerda lo que te digo: yo no busco una cura. Busco a la mujer que está bajo esa corona. Y tarde o temprano, me la entregarás por tu propia mano.
Entré en mi habitación y cerré la puerta, apoyándome contra la madera mientras escuchaba sus pasos alejarse. Me toqué las venas del brazo, sintiendo el pulso acelerado. Sabía la verdad: era una pieza en un juego genético macabro. Pero también sabía algo más aterrador: el hombre que se suponía debía usarme era el único que me veía de verdad, y su falta de necesidad por mi sangre solo hacía que su deseo por mi alma fuera mucho más peligroso.
Me acosté al lado de Gala, pero no dormí. La boda ya no era un simple contrato. Era una cacería de identidades, y yo acababa de descubrir que el lobo no quería mi vida para sobrevivir, sino que la quería para empezar a vivir de verdad.




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