​el Contrato de la Princesa Prohibida

Capítulo 15

BOSQUES REALES DE KAELUM
Narra Karina
El amanecer en Kaelum se filtró por las ventanas como un filo de acero gris. El patio del Palacio de Hierro era un hervidero de actividad que contrastaba con la calma gélida de las montañas. El Rey Malakor, en un gesto de "hospitalidad" que más parecía una exhibición de poder, había organizado una cacería real en honor a mi madre, la Reina Elena.
Me ajusté los guantes de cuero de venado, sintiendo el peso del traje de montar de terciopelo azul noche y refuerzos de piel. Me miré al espejo, tratando de borrar de mis ojos el rastro de la noche anterior en el archivo. El secreto de Caleb —la verdad de que su sangre no necesitaba la mía para sobrevivir— era un fuego que me quemaba por dentro, una complicidad eléctrica que nos separaba del resto del mundo.
Al bajar al patio, el aroma a pino fresco, caballos sudorosos y el ladrido ansioso de los perros de caza negros llenaba el aire. Mi madre estaba allí, montada sobre una yegua blanca de Veridion que parecía un espectro en medio del basalto oscuro de Kaelum. Sus ojos se clavaron en mí con una advertencia silenciosa.
—Mantente cerca de mí, Karina —susurró Elena cuando me acerqué a su estribo—. Los bosques de este reino no solo esconden lobos; esconden intenciones que no puedes ver bajo la nieve.
Asentí, pero mi mirada se desvió inevitablemente hacia Caleb. Él estaba revisando la cincha de su semental negro, un animal masivo que bufaba vapor por la nariz. Caleb vestía una túnica de cuero reforzado y llevaba un arco largo de madera de fresno a la espalda. Al sentir mi mirada, levantó la vista. No hubo saludo, solo un destello de plata en sus ojos que me recordó que, en la oscuridad de la noche, nuestras almas habían chocado sin máscaras.
La partida de caza se internó en el Bosque de los Susurros, un laberinto de pinos milenarios cuyas ramas, cargadas de nieve, se entrelazaban formando un techo de escarcha. El silencio solo era roto por el crujido de los cascos de los caballos y el jadeo de los sabuesos.
Caleb lideraba la marcha con una destreza salvaje, moviéndose entre los árboles con una fluidez que delataba que este era su verdadero hogar. En un momento de la cabalgata, el sendero se estrechó y él hizo retroceder a su caballo hasta quedar a mi lado.
—Tus riendas están flojas, princesa —dijo con voz ronca, lo suficientemente alta para que los guardias lo oyeran, pero con un matiz que solo yo podía descifrar—. Si el caballo tropieza en este hielo, no habrá nadie para recogerte.
Se inclinó sobre su silla, estirando la mano para "ajustar" el cuero de mi montura. Sus dedos rozaron los míos de forma deliberada, enviando una descarga de calor que me hizo perder el aliento. Mi madre, que cabalgaba justo detrás, carraspeó con una frialdad que habría congelado el río más caudaloso.
—El Príncipe es muy atento, Karina —dijo Elena con veneno en la voz—. Pero recuerda que en Veridion, las damas saben cuidar de sus propios caballos... y de sus propios corazones.
Caleb soltó una media sonrisa oscura y espoleó a su caballo hacia el frente sin decir una palabra, dejándome con el pulso acelerado y el rostro encendido bajo el frío.
De pronto, los perros enmudecieron. Un silencio sepulcral descendió sobre el bosque. Entre la niebla densa que se arrastraba por el suelo, emergió una figura legendaria: un ciervo blanco. Era una criatura majestuosa, de pelaje níveo y una cornamenta que parecía tallada en cristal.
—La Dama Blanca —susurró uno de los nobles con asombro.
Para Veridion, el ciervo blanco era el símbolo sagrado de la pureza y la paz. Verlo morir era un presagio de desastre. Sentí un nudo en la garganta; ese animal era un reflejo de mí misma, una criatura extraña en una tierra de cazadores.
Malakor se adelantó, sus ojos brillando con una ambición cruel.
—Un trofeo digno de esta unión —sentenció el Rey, mirando a su hijo—. Caleb, abate al animal. Demuéstrale a la Reina Elena cómo tratamos a los mitos en el Norte. Los convertimos en alfombras.
Caleb descolgó su arco con movimientos lentos y precisos. Preparó la flecha, apuntando directamente al corazón del ciervo, que permanecía inmóvil, observándonos con ojos tristes y sabios.
—No —susurré, pero mi voz se perdió en el viento.
Caleb tensó la cuerda. Sus músculos se marcaron bajo el cuero, su mandíbula estaba apretada. Miró al ciervo y luego, por un milisegundo, sus ojos buscaron los míos. Vi la lucha interna en su mirada: el deber contra esa debilidad que yo le provocaba.
—¡Fuego, Caleb! —ordenó Malakor.
Caleb soltó la cuerda, pero en el último instante, su brazo vaciló apenas un milímetro. La flecha silbó en el aire y se clavó con un sonido seco en el tronco de un pino, a escasos centímetros de la cabeza del ciervo. El animal, asustado por el impacto, desapareció entre la espesura como un fantasma.
—¡Maldita sea! —rugió Malakor, su rostro tornándose rojo de furia—. ¡Has fallado un tiro que un niño de diez años habría acertado!
—El hielo en la cuerda, padre —respondió Caleb con una calma glacial, aunque sus ojos seguían fijos en mí—. Incluso los mejores cazadores pueden verse traicionados por el clima.
Mi madre observó la escena con sospecha, sus ojos entornados pasando de Caleb a mí. Yo sentí un alivio tan profundo que casi me caigo de la silla. Caleb acababa de desafiar a su padre frente a toda la corte por mí, y ambos sabíamos que el precio de ese gesto sería alto.
La niebla se espesó a medida que avanzaba la tarde, separando a los jinetes. En un giro del sendero, me encontré sola entre los pinos cubiertos de escarcha. El silencio era absoluto hasta que el crujido de una rama me hizo girar.
Caleb apareció entre los árboles, su caballo echando vapor por la nariz. Se bajó de la montura y caminó hacia mí antes de que yo pudiera decir nada. Me tomó por la cintura y me ayudó a bajar del caballo con una urgencia que me asustó.
—Gracias —susurré, mis manos apoyadas en sus hombros—. Gracias por lo del ciervo.
—No lo hice por ti, princesa —dijo él, acorralándome contra el tronco de un pino centenario. Su cuerpo, caliente y sólido, me protegía del viento cortante—. Lo hice porque no valía la flecha. Un animal que se queda quieto esperando la muerte no es una presa digna de Kaelum.
—Mientes —le desafié, acortando la distancia entre nuestros rostros—. Lo hiciste porque sabías lo que significaba para mí.
Caleb apoyó sus manos a los lados de mi cabeza, atrapándome en su círculo de calor. El contraste entre la nieve blanca que nos rodeaba y el negro de sus ropas era tan intenso como la tensión que nos unía. Se inclinó, su nariz rozando la mía, y su aliento cálido me embriagó.
—Tu madre me está volviendo loco, Karina —susurró con una honestidad que me desarmó—. Me mira como si fuera a degollarte en cuanto se dé la vuelta. Y lo peor es que tiene razón en tener miedo, pero no porque quiera tu sangre.
—¿Entonces por qué? —pregunté, mi voz apenas un hilo de aire.
—Porque tengo que fingir que no deseo arrastrarte lejos de este bosque, lejos de los reyes y las coronas, y perderme contigo hasta que el invierno se acabe. —Su mano subió a mi mejilla, sus dedos recorriendo mi piel con una ternura desesperada—. Ella cree que te estoy robando la vida, pero no sabe que eres tú quien me está robando la cordura. Cada vez que te veo cabalgar, cada vez que me desafías con esa mirada de fuego... olvido quién soy.
Estábamos tan cerca que sentía el latido desbocado de su corazón. El deseo era una presencia física, una presión en el pecho que me impedía pensar en las advertencias de mi madre o en los secretos del linaje. Caleb se inclinó más, sus labios a milímetros de los míos, prometiéndome el mismo incendio de la cabaña.
Pero el sonido de un cuerno de caza a lo lejos rompió el hechizo. Caleb se apartó de golpe, limpiándome con el pulgar una mancha de nieve que me había caído en la mejilla, un gesto tan íntimo que me hizo temblar.
Volvimos al palacio al atardecer, cuando el cielo se teñía de un rojo sangre que parecía un presagio. Malakor no dirigió la palabra a su hijo durante toda la cena, y el ambiente en el comedor era tan tenso que se podía cortar con un cuchillo.
Cuando finalmente me retiré a mis aposentos, mi madre me estaba esperando. Estaba de pie frente a la chimenea, observando las brasas con una expresión de piedra.
—Te vi en el bosque, Karina —dijo Elena sin girarse—. Vi cómo te miraba él cuando creía que nadie observaba. Y vi cómo le devolvías la mirada.
—Él me protegió hoy, mamá. Salvó al ciervo blanco —intenté defenderme.
—¡No seas ingenua! —Elena se giró, sus ojos llenos de una angustia real—. Está jugando contigo. Te ofrece pequeñas migajas de bondad para que bajes la guardia. No es amor, Karina, es la red del cazador que se cierra lentamente sobre su presa. Cuanto más te acerques a él, más difícil será escapar cuando descubras su verdadera naturaleza.
Me quedé sola tras la partida de mi madre, mirando por la ventana hacia el bosque oscuro. Toqué mi mejilla, allí donde Caleb me había rozado. Mi madre hablaba de redes y cazadores, pero yo solo podía pensar en el calor de su cuerpo contra el mío en la espesura. Ya no sabía quién era el cazador y quién la presa, pero sentía que, en ese juego mortal de Kaelum, el único lugar donde me sentía realmente viva era en el centro mismo del peligro, justo al lado del hombre que se suponía debía destruirme.




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