​el Contrato de la Princesa Prohibida

Capítulo 16

PALACIO DE HIERRO, KAELUM
Narra Karina
Faltaban cinco días.
Cinco días para que el nombre de Veridion se fundiera con el acero de Kaelum en un contrato de sangre que ni siquiera el tiempo podría disolver. El palacio había mutado; ya no era solo una fortaleza de basalto y silencio, sino un hormiguero de actividad frenética. El aire olía a incienso quemado, a cera de abejas para pulir los grandes salones y a la tensión eléctrica de dos ejércitos que se vigilaban de reojo mientras compartían el mismo techo.
La mañana comenzó con una intrusión protocolaria. Me encontraba en mis aposentos, tratando de encontrar un momento de paz con mi madre, cuando Caleb apareció en el umbral. No venía solo. Lo escoltaban dos mujeres que parecían talladas en el mismo hielo que cubría las murallas exteriores.
—Princesa Karina, Reina Elena —dijo Caleb, su voz resonando con una formalidad que ocultaba la tormenta de los días anteriores—. La logística de una unión imperial no puede recaer solo en vuestros hombros. Mi padre ha solicitado que os asistan las mentes más brillantes de nuestra corte.
Presentó a Lady Dora de Valis, una matrona de la alta nobleza con una espalda tan recta que parecía de hierro y ojos que analizaban mi valor reproductivo antes que mi saludo. A su lado, Serafina, la jefa de ceremonias, sostenía un pergamino que parecía no tener fin. Eran las arquitectas del protocolo del Norte, las guardianas de las tradiciones que yo estaba a punto de heredar... o de sufrir.
—Es un honor, Princesa —dijo Dora, aunque su tono sugería que el honor era mío por ser recibida en su linaje—. Hay mucho que ajustar. Los rituales de sangre de la Iglesia del Norte son estrictos. Debemos asegurar que vuestra salud sea óptima para los votos de medianoche.
Mi madre, Elena, se tensó a mi lado. La mención de la "salud" y el "ritual" era un recordatorio directo del secreto que habíamos discutido: mi sangre como moneda de cambio.
—Mi hija está perfectamente sana, Lady Dora —respondió mi madre con una cortesía gélida—. En Veridion, nos preocupamos por el alma de la novia tanto como por su linaje.
Caleb mantuvo la mirada neutral, pero vi cómo sus dedos se cerraban sobre el pomo de su espada por un instante. Me miró, y en ese breve contacto visual, descifré un mensaje mudo: “Es el juego de mi padre, Karina. Solo sígueles la corriente”. Las mujeres comenzaron a desplegar mapas de asientos y menús de banquetes, transformando mi santuario en una oficina de guerra diplomática.
Pasé horas bajo la tutela de Serafina, repasando los votos en la lengua antigua de las montañas. Eran palabras ásperas, guturales, que hablaban de "pertenencia", de "raíces entrelazadas" y de "sacrificio compartido". Cada vez que pronunciaba una estrofa, sentía que estaba tejiendo mi propia red. Dora de Valis me observaba como a una yegua de carreras, anotando mi resistencia al frío y mi capacidad para mantener la compostura bajo presión.
Al caer la tarde, la asfixia del protocolo se volvió insoportable. Necesitaba un lugar donde el aire no supiera a polvo de pergamino y expectativas reales. Con la excusa de un dolor de cabeza, me escabullí de mis guardianas y me dirigí hacia la torre oeste, donde se encontraba el taller de costura real.
El taller era un oasis de color en medio del gris de Kaelum. Rollos de seda, encajes de plata y terciopelos de todos los tonos imaginables colgaban de las vigas de madera. En el centro, rodeado de maniquíes y bocetos, Theron trabajaba con una energía maníaca. Al verme entrar, sus ojos brillaron con un entusiasmo casi febril.
—¡Princesa! —exclamó Theron, dejando caer una cinta métrica—. Estaba a punto de enviar a buscaros. Los cinco días que nos quedan son una eternidad para algunos, pero para un artista que está creando la pieza más importante de la década, son apenas un suspiro.
Caminé entre las telas, sintiendo la suavidad del material bajo mis dedos entumecidos. Theron se acercó, mostrando muestras de telas en tonos gris ceniza, azul medianoche y negro obsidiana, los colores tradicionales de las novias de Kaelum.
—El Rey Malakor sugirió el azul oscuro, para simbolizar la profundidad del mar del Norte —comentó Theron, observándome con curiosidad—. Pero tengo la sensación de que vuestro corazón no busca el camuflaje entre estas piedras.
Me detuve frente a una pieza de seda que aún no había sido cortada. Era un blanco tan puro que parecía brillar con luz propia, un blanco que recordaba a la nieve virgen antes de ser pisoteada por los hombres.
—Quiero que sea blanco, Theron —dije, y mi voz sonó con una determinación que me sorprendió incluso a mí.
Theron se quedó mudo por un segundo. Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Blanco? Princesa... en el Norte, el blanco se reserva para los sudarios o para las leyendas. Es un color que destaca demasiado. Seréis un faro en medio de una corte de cuervos.
—Esa es exactamente la intención —respondí, acariciando la seda—. Mi madre cree que este matrimonio es una trampa. Tu Rey cree que es una transacción. Y Caleb... Caleb cree que es un destino que no podemos evitar.
Me giré hacia el modista, quien me escuchaba con una fascinación creciente.
—Para Veridion, el blanco es pureza. Pero para mí, en este momento, el blanco es el vacío. Es el sudario de la Karina que salió de los jardines de jazmín. Quiero que este vestido sea el cierre de mi pasado. Quiero que cuando entre en esa capilla, la niña que fui muera simbólicamente bajo esa seda, para que la mujer que nazca en Kaelum no tenga deudas con nadie.
Theron esbozó una sonrisa lenta, llena de una comprensión artística que iba más allá de la política.
—Un renacimiento —murmuró—. Una declaración de independencia envuelta en elegancia. Es... es arriesgado, es provocativo. ¡Es magnífico! Me habéis dado el reto de mi vida, Karina de Veridion. No diseñaré un vestido; diseñaré vuestra transformación.
Pasamos la siguiente hora discutiendo la estructura, no el diseño final —que él quería mantener en secreto hasta el último momento—, sino el concepto. No quería flores de jazmín bordadas, ni perlas del sur. Quería líneas limpias, fuerza y una presencia que obligara a todos a bajar la mirada.
Estaba revisando la caída de una de las muestras de seda blanca cuando la puerta del taller se abrió. Theron se inclinó de inmediato. Caleb entró, todavía con la ropa de entrenamiento de la tarde, exudando un aire de cansancio noble que lo hacía parecer más humano.
Se detuvo al ver el despliegue de tela blanca sobre la mesa principal. Theron, con una discreción admirable, se retiró a un rincón para organizar unos hilos, dándonos un espacio de privacidad aparente.
Caleb se acercó, sus ojos grises recorriendo el blanco níveo con una intensidad que me hizo apretar los dedos contra el borde de la mesa.
—Blanco —dijo, y su voz sonó como un susurro en medio de una tormenta—. Mi padre esperaba que vistieras los colores de nuestra casa.
—Tu padre espera muchas cosas que no va a obtener, Caleb —respondí, sin apartar la mirada—. Este color no es para él. Ni siquiera es para ti. Es para mí.
Caleb extendió la mano. Sus dedos, marcados por el uso de la espada, rozaron la seda blanca justo al lado de mi mano. El contraste de su piel bronceada contra la pureza del material era violento y hermoso a la vez. Sus dedos se deslizaron hasta rozar los míos, una caricia eléctrica que rompió el silencio del taller.
—El blanco te hará destacar de una forma que no sé si estás preparada para manejar —murmuró él, acercándose tanto que pude sentir el calor de su cuerpo—. En esta corte, ser diferente es invitar a que los lobos te rodeen.
—Ya estoy rodeada de lobos, Caleb —le recordé, mi respiración volviéndose pesada por su cercanía—. La diferencia es que ahora sé cómo lucen sus colmillos.
Caleb acortó el espacio que nos separaba. Sus manos, todavía calientes por el esfuerzo físico, rodearon mis muñecas sobre el mostrador, manteniéndome sujeta pero sin fuerza, en una invitación silenciosa al desafío. Sus ojos bajaron a mis labios con una sed que no había visto desde la noche de la tormenta.
—Faltan cinco días —dijo él, su voz vibrando en mi pecho—. Cinco días para que el mundo nos pertenezca legalmente. Pero ambos sabemos que las firmas en los papeles no significan nada comparado con lo que sucede cuando las luces se apagan.
—¿Es una amenaza, Príncipe? —pregunté, mi corazón martilleando contra mis costillas.
—Es una promesa —respondió él, rozando mi mejilla con su nariz, un contacto tan efímero que me dejó deseando más—. El blanco es el color de la nieve, Karina. Y la nieve en Kaelum tiene dos funciones: puede embellecer el paisaje... o puede enterrar todo lo que está debajo. Asegúrate de que, cuando te pongas ese vestido, seas tú quien entierre el pasado, y no el pasado quien te entierre a ti.
Me soltó y, tras una inclinación de cabeza hacia un Theron que fingía estar muy ocupado, salió del taller. Me quedé allí, con la seda blanca entre las manos, sintiendo el calor de sus dedos todavía quemándome la piel.
La cena de esa noche fue un simulacro de paz. Malakor presidía la mesa con una satisfacción evidente, ajeno a la rebelión cromática que se gestaba en el taller. Mi madre, Elena, observaba a Caleb con una desconfianza que ya no intentaba ocultar, buscando en sus gestos la prueba de la traición que ella estaba segura que llegaría.
Yo observaba a Caleb a través de las llamas de los candelabros. Él ya no era el desconocido intimidante del primer día. Era mi cómplice en un secreto de sangre y mi mayor adversario en una lucha por el control de mi propia voluntad.
Al terminar la cena, Malakor se levantó y alzó su copa de peltre.
—A cinco días de la unión que cambiará el Norte. A la Reina de Hierro que nacerá de la Rosa de Veridion.
Bebí el vino, pero en mi mente solo veía el blanco de la seda en el taller. Malakor quería una Reina de Hierro que sirviera a su propósito. Caleb quería una mujer que se entregara a su posesión. Pero mientras subía a mis aposentos, rodeada por el silencio gélido del palacio, supe que el blanco de mi vestido no sería el color de una novia sumisa.
Sería el color de la tormenta perfecta. El color de la mujer que, en cinco días, entraría en esa capilla para cerrar una puerta y abrir un abismo en el que solo Caleb se atrevería a saltar conmigo. Me dormí con el sonido de las tijeras de Theron resonando en mi cabeza, cortando los hilos que me unían a la niña del pasado, preparando el camino para la reina que Kaelum todavía no sabía que merecía.




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