PALACIO DE HIERRO, KAELUM
Narra Karina
El amanecer del último día de mi libertad se filtró por las rendijas de las contraventanas como un juicio final. El aire en el palacio había cambiado; ya no era solo el frío cortante de las montañas, sino una atmósfera densa, cargada de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Faltaban menos de veinticuatro horas para que el blanco de mi vestido se tiñera con las sombras de la capilla de basalto.
Me encontraba sentada frente al tocador de plata, rodeada por las dos mujeres que Malakor había designado como mis sombras: Lady Dora de Valis y Serafina. El sonido de los peines de marfil contra mi cabello y el aroma a aceites de sándalo y mirra deberían haberme relajado, pero cada toque de sus manos se sentía como una inspección.
Dora de Valis, con su rostro de porcelana agrietada y su mirada de halcón, sostenía una diadema de diamantes negros que pesaba como una condena.
—Debéis estar perfecta, Princesa —comentó Dora, su voz era un ronroneo venenoso—. Kaelum no es un reino de sutilezas. Aquí, la belleza debe ser una declaración de fuerza. Aunque, por supuesto, después de lo que el Príncipe Caleb sacrificó por este pacto, lo mínimo es que encuentre una visión agradable al final del pasillo.
Fruncí el ceño, captando el matiz de malicia en su tono.
—¿Sacrificio, Lady Dora? Creía que este matrimonio era la ambición de ambas coronas.
Dora intercambió una mirada rápida con Serafina, una sonrisa mínima y cruel curvando sus labios.
—Oh, querida, no me malinterpretéis. El deber siempre es lo primero para un heredero. Pero todos en la corte recordamos los días en que el joven lobo intentó morder su propia correa. ¿No os han hablado de Isolde de Valoria?
El nombre cayó en la habitación como una piedra en un estanque helado. Me tensé de inmediato, sintiendo un nudo de hielo formándose en mi garganta.
—Isolde es la hija de un conde de las tierras bajas —continuó Dora, deleitándose con mi reacción mientras ajustaba un mechón de mi cabello—. Fue el primer y único amor de Caleb. No era una pasión de verano, Princesa; fue un juramento. Él llegó a arrodillarse ante el Rey Malakor, suplicando que se le permitiera casarse con ella. Decía que ninguna otra mujer ocuparía jamás su cama ni su corazón.
—¿Y qué pasó? —pregunté, mi voz sonando más firme de lo que me sentía.
—El Rey Malakor no cría poetas, cría reyes —respondió Serafina, interviniendo con una frialdad mecánica—. Cuando se firmó el pacto con Veridion, Caleb se negó a renunciar a ella. Fue entonces cuando Malakor puso la vida de Isolde sobre la mesa. Le dio a elegir a su hijo: el trono y vuestra mano, o la ejecución inmediata de la muchacha por alta traición.
Dora se inclinó hacia mi oído, su aliento oliendo a té amargo.
—Ella sigue aquí, ¿sabéis? Vive en una propiedad en los límites del bosque, bajo vigilancia constante. Caleb salvó su vida aceptando casarse con vos, pero dicen que cada vez que cabalga hacia el sur, es hacia su ventana hacia donde mira. Es curioso cómo el destino nos convierte a todas en segundas opciones, ¿no creeis?
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. No estaba desaparecida, no era un fantasma; era una realidad viviente, un recordatorio de que yo no era más que el precio de un rescate. Caleb no me deseaba a mí; deseaba la vida de la mujer que amaba, y yo era la moneda con la que la había pagado. El calor de sus besos en la cabaña, la intensidad de sus miradas... ¿era todo una actuación para convencerse a sí mismo de que podía soportar su condena?
Pasé el resto de la mañana en un estado de trance combativo. Salí de mis aposentos buscando aire, pero lo que encontré fue el caos de la preguerra. Al acercarme a la galería que daba al Gran Salón, escuché el estruendo de los generales y el grito de mando de Malakor.
—¡Han anclado en las Aguas Frías! —gritaba un explorador, cubierto de barro y nieve—. Los estandartes de Oakhaven ondean en veinte naves de guerra. El Príncipe Julian ha enviado un mensajero. Dice que no se retirará hasta que la Princesa Karina sea devuelta a su custodia.
—¡Julian! —susurré, apretando los puños contra la barandilla.
Había llegado. El príncipe dulce, el hombre que me prometía jazmines, estaba a las puertas del infierno de hielo con un ejército detrás. Julian estaba dispuesto a quemar el mundo por mí, mientras que Caleb solo me aceptaba para salvar a otra. El contraste era una herida abierta en mi pecho.
Malakor golpeó la mesa de mapas con su puño de hierro.
—¡Que Julian se ahogue en sus propias ambiciones! Si intenta cruzar la frontera antes de que los votos se pronuncien, quiero su cabeza en una pica como regalo de bodas para mi nuera. Reforzad la guardia de la novia. Nadie entra, nadie sale.
Me retiré a las sombras, sintiendo el peso de la corona de espinas que estaba a punto de ceñirme. Dos hombres estaban dispuestos a desatar una carnicería por mí, pero ninguno parecía ver a la mujer que gritaba en silencio bajo las sedas.
La noche cayó como un manto de plomo sobre Kaelum. El viento aullaba con una furia inusitada, como si la misma montaña protestara por la unión inminente. No podía dormir. El nombre de Isolde y la llegada de Julian daban vueltas en mi cabeza como buitres.
Necesitaba enfrentarlo. Necesitaba mirar a los ojos al hombre que me había mentido con el cuerpo mientras su alma pertenecía a otra.
Me escabullí por el pasillo de servicio que conectaba la torre de la novia con el ala del Príncipe. Sabía que él estaría despierto; el lobo nunca dormía antes de una batalla. Lo encontré en el corredor de las aspilleras, observando la oscuridad exterior donde las fogueras del ejército de Julian brillaban en la distancia como estrellas caídas.
Caleb no se giró cuando me acerqué. Su silueta era imponente contra la piedra gris, envuelta en una capa de piel que lo hacía parecer parte de la montaña misma.
—¿Has venido a despedirte de tu pasado, Karina? —preguntó él, su voz era una vibración baja que cortaba el viento—. Oakhaven está cerca. Puedo oler el miedo de sus soldados desde aquí.
—He venido a preguntarte por Isolde de Valoria —solté de golpe, las palabras saliendo de mi boca como proyectiles.
Caleb se tensó de una forma tan violenta que pareció que la piedra misma se resquebrajaba. Se giró lentamente, y sus ojos grises eran dos pozos de tormenta, oscuros y peligrosos.
—¿Quién te ha dado ese nombre? —preguntó, su voz bajando a una octava que me hizo retroceder un paso.
—Eso no importa. Lo que importa es que me has usado, Caleb. Me besaste, me reclamaste, me hiciste creer que había algo real entre nosotros mientras solo estabas comprando la vida de tu amante con mi libertad. ¡Soy el precio de un rescate!
Caleb se movió con una rapidez sobrehumana. En un parpadeo, estaba frente a mí, acorralándome contra la pared de piedra fría. Apoyó sus manos a ambos lados de mi cabeza, invadiendo mi espacio con su aroma a acero y rabia.
—No te atrevas a hablar de lo que no entiendes —siseó él, su rostro a milímetros del mío—. Sí, amé a Isolde. Sí, mi padre puso un cuchillo en su garganta para obligarme a firmar ese pacto. Pero no te equivoques, Karina. Lo que sucedió en la cabaña, lo que sucede cada vez que te toco... eso no es una moneda de cambio.
—¡Mientes! —le grité, las lágrimas de rabia quemando mis ojos—. Me quieres aquí porque no tienes otra opción.
—¡Te quiero aquí porque eres la única mujer que no me ha mirado con miedo desde que tengo memoria! —rugió él, su respiración agitada chocando con la mía—. Isolde era un sueño de juventud, una vida de paz que ya no me pertenece. Tú eres la realidad que me quita el sueño. Eres el incendio que no puedo apagar. ¿Crees que me casaría contigo solo por deber? Podría haber encontrado mil formas de matar a mi padre antes de dejar que él decidiera mi cama.
Me sujetó por los hombros, sus dedos apretando con una desesperación que me dejó sin aliento.
—Si me caso contigo mañana, no es para salvar a Isolde. Ella está a salvo, lejos de aquí, y nunca volverá a mi vida. Me caso contigo porque no puedo soportar la idea de que ese niño de Oakhaven te lleve de vuelta a sus jardines y te convierta en la sombra de la mujer que eres ahora. Me caso contigo porque eres mía por derecho de fuego.
—Julian me ama —susurré, intentando aferrarme a la última brizna de mi antigua vida.
—Julian ama a la princesa de los cuentos —Caleb se inclinó, rozando mi oreja con sus labios, provocándome un escalofrío traicionero—. Yo amo a la reina que se infiltra en archivos prohibidos, a la mujer que me desafía en el bosque, a la presa que muerde la mano del cazador. Si intentas huir con él, Karina, te juro por los dioses de Kaelum que Julian morirá antes de que sus pies toquen la orilla. No voy a permitir que nadie me quite lo que he aprendido a desear más que a mi propia vida.
La tensión entre nosotros era asfixiante, un nudo de odio, deseo y una verdad cruda que nos desnudaba más que cualquier contacto físico. En la oscuridad de ese pasillo, los términos quedaron definidos. No había promesas de amor eterno, no había dulzura. Había una posesión mutua, un pacto sellado en la necesidad de dos almas rotas que se habían encontrado en medio del desastre.
—Mañana —continuó él, su voz volviéndose suave y letal—, ante los dioses y ante el ejército que viene a "rescatarte", caminarás hacia mí. Y lo harás porque sabes que Julian no podría sobrevivir ni una hora al fuego que tú y yo hemos encendido. Mañana, Karina... dejas de ser una Rosa para convertirte en el Invierno.
Me soltó bruscamente, dejándome temblando contra la piedra. Se dio la vuelta y volvió a su vigilancia, ignorándome como si la conversación nunca hubiera ocurrido, pero el aire seguía vibrando con sus palabras.
Regresé a mis aposentos con el corazón latiendo con una fuerza que me dolía. Mi madre y Gala dormían, ajenas a la guerra que se libraba a pocos kilómetros de distancia y a la que se libraba en mi interior.
Me acerqué al maniquí donde descansaba mi vestido de novia. Bajo la luz de la luna, la seda blanca brillaba con una palidez espectral, recordándome la "Dama Blanca" del bosque. Theron había cumplido su promesa; el vestido era una armadura de elegancia, un sudario para la niña que fui y un estandarte para la mujer en la que me estaba convirtiendo.
El sonido de un cuerno de guerra resonó en la lejanía, profundo y lúgubre. Era Julian. Era su aviso de que el asedio comenzaría al amanecer si yo no era entregada.
Me miré al espejo una última vez antes de que las doncellas llegaran para el largo proceso de preparación. Ya no veía a la princesa asustada de Veridion. Veía a una mujer que entendía que el amor no siempre era paz, que a veces era un reclamo feroz entre las cenizas. Caleb tenía razón: Julian amaba a una ilusión. Caleb, con todos sus secretos y su pasado manchado por el nombre de Isolde, amaba a la mujer que me devolvía la mirada desde el cristal.
Mañana me casaría con el lobo. No por Malakor, no por mi padre, y ni siquiera totalmente por la seguridad de mi reino. Me casaría con él porque prefería arder en su tormenta que marchitarme en la calma de cualquier otro lugar.
Cerré los ojos, escuchando el aullido de los lobos mezclarse con los tambores de guerra de Oakhaven. La boda ya no era un final. Era el inicio de una cacería donde yo ya no era la presa, sino la dueña del bosque. El blanco de mi vestido pronto se mezclaría con la nieve y la sangre, y por primera vez en mi vida, no tenía miedo. Estaba lista para el sacrificio. Estaba lista para nacer.