CATEDRAL DE LOS ANCESTROS, KAELUM
Narra Karina
El peso de la historia de dos reinos descansaba hoy sobre mis hombros, literalmente.
La mañana de la boda no fue un despertar, sino una movilización de guerra estética. El aire en mis aposentos estaba saturado con el aroma de mil lirios blancos que luchaban contra el olor a incienso y cera que emanaba de la catedral vecina. Theron entró escoltado por cuatro ayudantes, transportando la estructura que habíamos diseñado en la penumbra del taller. Cuando retiraron la funda de seda protectora, el silencio que cayó en la habitación fue tan denso que casi podía tocarse.
—Vuestra armadura de luz, Princesa —susurró Theron, con los ojos brillando de un orgullo casi religioso.
El vestido era una explosión arquitectónica de oro y blanco marfil. El cuerpo, con un escote corazón profundo que realzaba la línea de mi cuello, estaba cubierto por una malla de cristales tan fina que parecía escarcha nacida de mi propia piel. Los hombros caídos, delicados y etéreos, daban paso a una falda de una magnitud imperial. Era una montaña de seda bordada con hilos de plata y oro, donde cada pliegue revelaba un trabajo de filigrana que imitaba las raíces de Veridion entrelazándose con los cristales de Kaelum. Bajo la luz de las lámparas, el vestido no solo brillaba; emitía un resplandor dorado que me envolvía como un aura divina.
Mi madre, la Reina Elena, se acercó a mí mientras terminaban de ajustar el corsé. Sus manos temblaban cuando colocó sobre mi frente la diadema de diamantes.
—Ya no veo a mi niña —murmuró, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. Veo a una soberana que ha decidido que el mundo le pertenezca. Pero ten cuidado, Karina. El oro puede brillar, pero también pesa lo suficiente como para hundirte en el fango.
—No voy a hundirme, mamá —respondí, observando mi reflejo. Mis ojos, enmarcados por la sombra dorada y el velo traslúcido, no mostraban rastro de la duda de la noche anterior—. Voy a ser el sol que este reino de sombras necesita para arder.
El trayecto hacia la Catedral de los Ancestros fue un desfile de rostros borrosos y vítores lejanos. Pero al llegar a las puertas colosales de hierro negro, el mundo exterior desapareció. El sonido de los cuernos de Kaelum anunció mi entrada, un rugido profundo que vibró en mi caja torácica.
Las puertas se abrieron.
La catedral era una caverna de basalto negro, iluminada por miles de velas que goteaban cera sobre el suelo de piedra. Los nobles de Kaelum, vestidos con sus pieles oscuras y terciopelos de luto, se pusieron en pie al unísono. Fui consciente del impacto visual: yo era un estallido de oro y blanco caminando por un pasillo de sombras. Mi falda se extendía como un abanico de luz solar sobre las baldosas frías, y con cada paso, el tintineo de los cristales bordados llenaba el silencio sepulcral del recinto.
Al final del pasillo, sobre el altar elevado, esperaba él.
Caleb vestía el uniforme de gala de la Guardia de Élite: una casaca negra de corte impecable, con hombreras de plata grabadas con el lobo de su casa y una capa de terciopelo que caía como una mancha de petróleo detrás de él. Su postura era rígida, pero cuando sus ojos grises se clavaron en los míos, vi el momento exacto en que su control se fragmentó.
No me miraba como un príncipe a su novia política. Me miraba como un hombre que acaba de comprender que la mujer frente a él no es un premio, sino una fuerza de la naturaleza. Sus ojos recorrieron el escote de mi vestido, la inmensidad de la falda dorada y finalmente se anclaron en mi mirada con una fascinación salvaje.
Subí los escalones con la cabeza en alto, sintiendo el peso de los hilos de oro. Cuando llegué a su lado, el calor que emanaba de su cuerpo fue más intenso que el de todas las velas de la catedral.
Caleb se inclinó ligeramente hacia mi oído mientras el Sumo Sacerdote comenzaba la invocación en lengua antigua.
—Te dije que el blanco te haría destacar —susurró, su voz era un terciopelo peligroso que me recorrió la columna—. Pero este oro... Karina, has venido a reclamar mi reino antes de que te entregue el anillo.
—He venido a reclamar lo que es mío, Caleb —respondí en un susurro igual de letal—. Y tú estás incluido en el inventario.
Él esbozó una sonrisa mínima, una que solo yo pude ver, llena de un deseo que quemaba más que el odio de su padre. Me tomó la mano para el inicio del ritual, y su piel contra la mía se sintió como el contacto de dos cables vivos. Sus dedos se entrelazaron con los míos, posesivos, marcando su territorio frente a los dioses y los hombres.
El Rey Malakor presidía desde su trono lateral, con una sonrisa de triunfo tallada en su rostro de granito. El Sumo Sacerdote del Norte, un hombre cuya túnica olía a tierra y tiempo, tomó el puñal de obsidiana sagrado.
—Ante la sangre de los ancestros y el hielo de las montañas —comenzó el sacerdote, su voz resonando en las bóvedas de basalto—, dos linajes se convertirán en uno. Que la fuerza del lobo proteja la belleza de la rosa, y que el fuego de la rosa caliente el corazón del invierno.
El sacerdote nos indicó que extendiéramos nuestras palmas. Era el momento del pacto de sangre, el preámbulo a los votos definitivos. Caleb no dudó. Ofreció su mano con la calma de quien ha sangrado en mil batallas. Yo extendí la mía, sintiendo el frío del acero de obsidiana cerca de mi piel.
Caleb me miró fijamente, apretando mi mano con una fuerza que me decía que, una vez que la sangre se mezclara, no habría retorno. Sus ojos decían lo que sus labios no podían: “Eres mía. No importa quién venga por ti”.
El sacerdote elevó el puñal. El silencio en la catedral era tan absoluto que se podía escuchar el chisporroteo de las mechas de las velas. El aire estaba cargado de una solemnidad violenta.
—Por el vínculo que no puede romperse... —empezó el sacerdote.