​el Contrato de la Princesa Prohibida

Capítulo 19

CATEDRAL DE LOS ANCESTROS, KAELUM
Narra Karina
El mundo se estaba cayendo a pedazos fuera de los muros de basalto, pero dentro de la catedral, el tiempo se había espesado como la sangre que goteaba de nuestras palmas entrelazadas. El estruendo de las catapultas de Julian golpeando las murallas inferiores hacía que el polvo de siglos se desprendiera de las bóvedas, cayendo sobre el oro de mi vestido como una mortaja gris.
El Sumo Sacerdote, un hombre que había pasado su vida invocando a dioses silenciosos, estaba ahora paralizado por el terror de los hombres vivos. Sus manos temblaban tanto que el libro de los ritos estuvo a punto de resbalar de sus dedos. Intentó retroceder, buscando una salida hacia las catacumbas, pero Caleb no se lo permitió.
Caleb lo sujetó por el hombro con su mano libre, la que no estaba manchada de nuestra sangre compartida. Sus dedos se hundieron en la túnica bordada del clérigo con una fuerza que prometía violencia si no obtenía obediencia.
—¿A dónde vas, servidor de los cielos? —la voz de Caleb era un rugido bajo, una vibración que compitió con el estallido de un proyectil de asedio que acababa de impactar contra el contrafuerte exterior—. No te he dado permiso para retirarte.
—¡Príncipe! —sollozó el anciano, el sudor perlando su frente—. El palacio está bajo ataque... las puertas no resistirán... ¡debemos buscar refugio!
—Tu refugio es este altar —siseó Caleb, obligándolo a volver a su posición frente a nosotros—. Termina la ceremonia. Ahora. No voy a salir de esta catedral para enfrentar a Julian sin que esta mujer sea mi esposa ante los ojos de tus dioses y de la ley de Kaelum. ¡Habla, anciano, antes de que el hierro hable por ti!
Me mantuve firme al lado de Caleb. El dolor del corte en mi mano era una línea de fuego que me recordaba que estaba viva, que estaba presente. Miré al sacerdote con una frialdad que no sabía que poseía.
—Haga su trabajo —le ordené, mi voz cortando el aire cargado de incienso y pólvora—. O deje que el próximo estallido sea su última oración.
El sacerdote tragó saliva, abrió el libro con dedos espasmódicos y comenzó a recitar las palabras, acelerando el ritmo mientras el sonido del acero chocando contra el granito se hacía más nítido desde el patio de armas.
El Clímax: Los Votos de Hierro y Sangre
El ambiente era irreal. Las vidrieras laterales estallaron en mil pedazos cuando una bala de mosquete de gran calibre atravesó el cristal, proyectando fragmentos de colores sobre el mármol negro. El humo de los incendios de Julian empezaba a filtrarse por las aberturas, creando una neblina naranja que envolvía el altar.
Caleb se giró hacia mí. Sus ojos grises, antes fríos como el permafrost, ardían ahora con una intensidad que me quemaba la piel. Me tomó ambas manos, uniendo nuestras heridas en un solo nudo de calor y vida.
—Karina de Veridion —comenzó Caleb, y su voz no tembló ni una octava a pesar de que el suelo vibró bajo nuestros pies—. Yo, Caleb de Kaelum, te tomo no como una alianza, ni como un trofeo, sino como la mitad de mi propia alma en armas. Ante el estruendo de la guerra, juro ser el muro que detenga el viento por ti y el verdugo de cualquiera que ose tocar un solo hilo de tu vestido. Te ofrezco mi corona de espinas, mi espada manchada y este reino de hielo para que lo conviertas en cenizas si así lo deseas. Mi vida termina donde empieza tu miedo, y mi gloria solo existirá si tú caminas a mi lado.
Sentí un nudo en la garganta que no era de terror, sino de una devoción salvaje que me asustaba. Era mi turno. Miré la sangre que se deslizaba entre nuestros dedos y levanté la vista hacia el hombre que me había reclamado entre las sombras.
—Caleb de Kaelum —mi voz resonó en la nave desierta, poderosa y clara—. Yo, Karina de Veridion, acepto tu hierro y te entrego mi fuego. Juro ser la llama que caliente tu invierno y la corona que dé sentido a tus batallas. No seré una esposa que espere en la torre, sino la reina que camine sobre las ruinas contigo. Mi sangre es la tuya, mis enemigos son los tuyos, y desde este momento, ni el cielo ni el infierno podrán reclamar lo que este altar ha unido. Que el mundo arda, Caleb, porque nosotros seremos las llamas.
El sacerdote elevó sus manos temblorosas, pronunciando la bendición final con una prisa desesperada:
—Lo que la sangre ha unido y el asedio ha testificado, que ningún hombre ose separar. Yo os declaro...
Un estallido masivo interrumpió las últimas palabras. La puerta principal de la catedral, de varias toneladas de peso, se sacudió bajo un impacto que lanzó astillas de madera y hierro hacia el interior.
Caleb no esperó. Se inclinó y me besó.
No fue un beso de ceremonia. Fue un choque de dientes y labios, un sabor a sal y a hierro, una promesa de posesión que nos dejó a ambos sin aliento. Fue el sello de un contrato que no necesitaba testigos. En ese beso, acepté que mi vida anterior había muerto y que la mujer que vestía de oro y blanco era ahora una criatura de Kaelum.
El Desgarro de la Seda
Caleb se apartó, sus ojos brillando con una determinación letal. Su mano herida seguía sangrando profusamente, manchando la manga de su uniforme de gala. Me miró, y por un segundo vi el dolor de tener que dejarme para ir a la carnicería que le esperaba fuera.
—Tengo que irme —dijo, su mano buscando ya el pomo de su espada—. Mi padre no podrá contener a Julian solo si las murallas interiores caen.
—No te irás así —le detuve.
Me agaché, ignorando el volumen de mi falda imperial. Con un movimiento brusco y decidido, busqué el borde de la seda blanca que Theron había cosido con tanto esmero bajo el tejido dorado. Clavé las uñas y, con un tirón violento que hizo crujir la estructura del vestido, desgarré una tira larga de seda inmaculada.
El sonido de la tela rasgándose fue como un grito en medio del caos.
Tomé la mano de Caleb. El tajo en su palma era profundo. Envolví la seda blanca alrededor de su mano herida, apretando con fuerza para detener la hemorragia. La seda blanca absorbió su sangre al instante, tornándose carmesí, un contraste violento contra el negro de su uniforme.
—Lleva mi rastro a la muralla, Caleb —le susurré mientras anudaba la tela con manos firmes—. Que cada soldado de Oakhaven sepa que el Príncipe del Norte lleva la piel de su esposa como estandarte. Vuelve a mí, o juro que yo misma terminaré con Julian.
Caleb me miró, y por un momento, la ternura y la ferocidad se mezclaron en su rostro de una forma que me hizo temblar. Se llevó mi mano herida a los labios, besando la palma ensangrentada.
—Quédate aquí —ordenó, recuperando su tono de comandante—. He apostado a diez de mis mejores hombres en las puertas laterales. No salgas de la catedral por nada. Si Julian llega aquí...
—Si Julian llega aquí, se encontrará conmigo —le interrumpí, señalando el puñal de obsidiana que aún descansaba en el altar.
Él asintió, una sonrisa oscura curvando sus labios.
—Esa es mi reina.
Caleb se giró, desenvainando su espada con un sonido metálico que resonó como una sentencia. Salió de la catedral corriendo, su capa negra ondeando tras él, cruzando el umbral hacia un exterior donde el cielo era ahora completamente naranja y el aire estaba lleno de gritos de agonía.
La Confrontación en las Sombras
Me quedé sola en el altar, rodeada de velas caídas y el silencio opresivo que sigue a una partida. El sacerdote había desaparecido, probablemente escondido en alguna cripta. El humo se volvía más denso, picando en mis ojos.
—¿Estás satisfecha, Karina?
La voz de mi madre surgió de entre las columnas de la nave lateral. La Reina Elena caminó hacia mí, con el rostro desencajado por el horror. Su vestido verde estaba manchado de ceniza y sus manos temblaban mientras señalaba el altar manchado de sangre.
—Has sellado tu condenación —sollozó Elena—. Te has vinculado a un monstruo en medio de una masacre. ¡Ese hombre no te ama, te ha marcado como a su propiedad!
—Me he vinculado al hombre que elegí, madre —respondí, manteniéndome erguida sobre el estrado—. Julian ha traído el fuego a mi boda. Ha puesto en peligro a Gala y a ti solo por su orgullo herido. ¿Eso es lo que llamas amor?
—¡Julian ha venido a rescatarte! —gritó ella—. Sus hombres están en el pasillo de los tapices. Si salimos ahora, podemos llegar a ellos. Él te llevará de vuelta a Veridion, borrará esta pesadilla de tu memoria...
—Yo no quiero que nadie borre mi memoria —le espeté, caminando hacia ella. El peso de mi vestido dorado arrastraba el polvo del suelo—. Veridion es un recuerdo, mamá. Kaelum es mi realidad. No voy a huir como una ladrona en la noche mientras mi esposo defiende estas murallas.
—Tu "esposo" es el hijo de un carnicero —Elena me tomó del brazo, intentando arrastrarme—. ¡Karina, por favor! Julian está cerca. He recibido un mensaje de sus infiltrados. Van a entrar por la sacristía en cualquier momento.
Me solté de su agarre con una fuerza que la hizo retroceder.
—Si Julian entra aquí, se encontrará con la esposa de Caleb, no con su prometida. Dile que se retire o que se prepare para morir.
Justo en ese momento, un sonido metálico llamó mi atención desde el fondo de la catedral. Una de las puertas laterales, la que daba al jardín de invierno, se abrió lentamente. No era la guardia de Caleb.
Una figura vestida con los colores azul y plata de Oakhaven emergió de las sombras. No era Julian. Era un hombre alto, con el rostro cubierto por una máscara de cuero y una ballesta cargada en sus manos. Tras él, otros tres hombres se deslizaron hacia el interior, moviéndose con la agilidad de los asesinos.
—Princesa Karina —dijo el líder, su voz distorsionada por la máscara—. El Príncipe Julian nos ha enviado para asegurar su extracción. Por las buenas o por las malas, usted viene con nosotros. La Reina Elena ya nos ha facilitado el camino.
Miré a mi madre. Sus ojos se abrieron de par en par, una mezcla de culpa y esperanza cruzando su rostro. Ella lo había planeado. Ella había abierto la puerta.
—Madre... ¿qué has hecho? —susurré, retrocediendo hacia el altar.
—Es por tu bien, hija —murmuró Elena, aunque sus lágrimas decían lo contrario—. En unos años me lo agradecerás.
Los hombres de Oakhaven avanzaron, rodeándome. El líder bajó la ballesta, pero extendió una mano enguantada hacia mí.
—No complique esto, Alteza. El palacio está cayendo. Si se queda aquí, Malakor la usará como escudo humano o Caleb la matará antes de dejarla ir. Julian es su única oportunidad.
Sentí el frío del metal del puñal de obsidiana contra mi palma herida cuando mis dedos lo encontraron de nuevo en el altar. Mi corazón latía con una furia fría. Miré el trozo de seda que faltaba en mi vestido, el lugar donde Caleb llevaba mi marca a la batalla.
—Julian no me conoce —dije, levantando el puñal con una mano temblorosa pero decidida—. Y vosotros tampoco.
El líder soltó una carcajada seca.
—¿Va a defendirse con un cuchillo de piedra contra cuatro soldados veteranos? No nos obligue a herirla, Princesa.
—No soy una princesa —respondí, dando un paso adelante, sintiendo cómo el oro de mi vestido pesaba como una armadura—. Soy la Reina de Kaelum. Y en este reino, los intrusos no salen con vida de la catedral.
El hombre de Oakhaven hizo una señal a sus compañeros para que me sujetaran. Justo cuando daban el primer paso, una explosión en el techo de la sacristía lanzó escombros sobre ellos, y un grito de guerra que conocía muy bien resonó desde el exterior, indicando que la guardia personal de Caleb se había dado cuenta de la brecha.
Me quedé allí, de pie frente al altar manchado de sangre, con el puñal en alto y mi madre llorando a mis pies, dándome cuenta de que la boda no solo había terminado, sino que la verdadera guerra acababa de entrar en mi santuario. Julian pensaba que venía a rescatar a una damisela, pero estaba a punto de descubrir que la mujer que amaba había muerto en el momento en que su sangre se mezcló con la del lobo.




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