​el Contrato de la Princesa Prohibida

Capítulo 20

CATEDRAL DE LOS ANCESTROS, KAELUM
Narra Karina
El aire en la catedral se había vuelto un veneno espeso, una mezcla de incienso rancio, pólvora y el olor metálico de la sangre que aún humeaba en mi palma. Los cuatro hombres de Oakhaven avanzaban con una parsimonia insultante, sus botas de cuero herradas resonando contra el mármol negro con una confianza que me quemaba las entrañas. Me veían como una presa acorralada, una muñeca de oro y seda atrapada en un mausoleo de piedra.
—Princesa, baje ese cuchillo —dijo Sir Kaelen, el líder, su voz filtrándose a través de la máscara de cuero con una condescendencia que me hizo apretar los dientes—. No queremos que el Príncipe Julian encuentre una cicatriz en ese rostro perfecto. El Reino de las Rosas no perdonaría que derramáramos la sangre de su joya más preciada.
—Su "joya" murió en el momento en que Julian puso fuego a las puertas de mi casa —respondí, retrocediendo centímetro a centímetro hasta que el frío glacial del gran bloque de basalto del altar chocó contra mi espalda—. Y esto no es un cuchillo. Es un contrato de sangre.
Me agaché ligeramente, sintiendo el peso abismal de la falda de mi vestido. Theron lo había diseñado para ser una declaración de poder, pero en este momento, la estructura de alambre y las capas de seda eran una barricada física. El volumen de mi falda ocupaba casi tres metros de diámetro, obligando a los soldados a rodearme en lugar de lanzarse directamente sobre mí. Eran veteranos, hombres que habían luchado en las fronteras, pero nunca se habían enfrentado a una novia que empuñara la muerte ritual con tanta determinación.
—¡Karina, por el amor de Dios, detente! —el grito de mi madre, Elena, cortó el silencio. Estaba de rodillas a unos metros, con las manos entrelazadas en una súplica inútil—. ¡Kaelen es un caballero de honor! ¡Él te llevará con Julian! ¡Todo esto terminará si simplemente sueltas esa piedra!
—Ya nada termina, madre —dije sin apartar la vista de Kaelen—. Solo cambia de dueño.
La Primera Sangre de la Reina
Uno de los soldados, un hombre joven de hombros anchos que parecía impaciente por terminar el trabajo, soltó un bufido de desprecio. Se adelantó, esquivando el borde de mi falda dorada con un salto ágil.
—Ya basta de juegos, Alteza —gruñó. Extendió una mano enguantada, intentando sujetarme por el hombro para inmovilizarme y arrebatarme el puñal de obsidiana—. Venga aquí de una...
No lo dejé terminar.
En el momento en que sus dedos rozaron el encaje de mi hombro, el instinto de supervivencia que Caleb había despertado en mí durante nuestras noches de sombras estalló. No grité. No vacilé. Usé el peso de mi propio cuerpo, dejándome caer ligeramente hacia adelante para ganar impulso, y descargué el puñal de obsidiana con una fuerza que nació desde mis entrañas.
La hoja negra, afilada como el cristal volcánico, encontró carne blanda. Se hundió profundamente en el antebrazo del soldado, justo por encima del guantelete.
El hombre soltó un aullido de dolor puro, un sonido que desgarró la atmósfera sacra de la catedral. Retrocedió de un salto, sujetándose el brazo mientras la sangre roja y brillante empezaba a empapar su túnica azul y plata. El puñal de obsidiana, ahora manchado, vibraba en mi mano.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el jadeo pesado del soldado herido y el estruendo lejano de las catapultas. Kaelen y los otros dos hombres se quedaron petrificados. No esperaban que la "delicada rosa" supiera dónde golpear. No esperaban que estuviera dispuesta a manchar su oro con el carmesí de sus enemigos.
—¡Hija de perra! —rugió el soldado herido, desenvainando su espada corta con la mano sana, con los ojos inyectados en sangre.
—¡Quieto! —ordenó Kaelen, aunque su voz ya no tenía la misma calma—. Se acabó la diplomacia. Rodeadla. Si lucha, golpeadla con el pomo de la espada. Julian entenderá que tuvimos que someterla.
El Duelo de Voluntades
Retrocedí hacia una de las columnas masivas de basalto, sintiendo cómo el sudor frío me recorría la espalda. Mi respiración era errática, pero mis manos no temblaban. Kaelen desenvainó su propia espada, una hoja de acero pulido que reflejaba el resplandor naranja de los incendios que ya devoraban la sacristía.
—Julian la perdonará por este arrebato, Princesa —dijo Kaelen, avanzando con cautela—. El miedo hace que las mujeres pierdan el juicio. Volverá a Veridion y esto será solo una pesadilla que olvidará en los brazos de un hombre que de verdad la valora.
—Julian no ama a quien soy ahora, Kaelen —le espeté, mis ojos fijos en la punta de su espada—. Él ama la idea de una niña que tocaba el arpa en los jardines. Esa niña murió bajo la nieve de Kaelum. Si me lleva de vuelta, solo llevará un cadáver con mi rostro.
—Prefiere un cadáver que verla en la cama del lobo —respondió él, lanzándose hacia adelante.
Kaelen era rápido, pero mi vestido, ese estorbo glorioso, volvió a salvarme. Cuando intentó rodear la columna para atraparme, tropezó con la falda de seda y oro que se extendía por el suelo como una trampa de lujo. Aproveché ese segundo de desequilibrio. No para atacar, sino para crear una barrera.
Con un movimiento desesperado, derribé uno de los pesados candelabros de plata que flanqueaban el altar. El metal golpeó el mármol con un estruendo de campana rota, y las docenas de velas encendidas rodaron por el suelo, prendiendo fuego instantáneamente a las alfombras de lana y a los tapices que colgaban de las paredes laterales.
Una cortina de fuego empezó a alzarse entre los soldados y yo. El calor era sofocante, el humo negro empezó a llenar el techo abovedado, pero me daba tiempo. Me daba espacio.
—¡Está loca! —gritó uno de los hombres, cubriéndose el rostro del calor—. ¡Va a quemar la catedral con nosotros dentro!
—¡Entonces sacadla de una vez! —rugió Kaelen, saltando sobre las llamas.
Me acorraló contra la columna. Su mano se cerró sobre mi muñeca herida, apretando el corte que Caleb y yo nos habíamos hecho. El dolor fue tan agudo que vi estrellas, y el puñal de obsidiana estuvo a punto de resbalar de mis dedos. Kaelen me empujó contra la piedra, su rostro a centímetros del mío, su máscara de cuero oliendo a muerte.
—Se acabó, Karina —siseó—. Ahora vendrá con nosotros, quiera o no.
El Regreso del Lobo
Justo cuando los dedos de Kaelen se cerraban sobre mi garganta para silenciar mis protestas, las puertas laterales de la catedral, aquellas que daban al patio de armas, no se abrieron: estallaron.
Los fragmentos de madera y hierro volaron por el aire como metralla. A través de la nube de astillas y humo, emergió una figura que parecía haber sido escupida por el mismísimo infierno.
Caleb.
Estaba irreconocible. Su armadura de gala estaba abollada y cubierta de una capa de ceniza gris y sangre seca. Su rostro era una máscara de furia gélida, con los ojos brillando con una luz plateada que prometía una carnicería. En su mano derecha, la seda blanca de mi vestido, que yo misma había vendado, estaba ahora completamente roja, un estandarte de sacrificio empapado en la sangre de sus enemigos.
No dijo una palabra. No hubo advertencias.
Caleb se movió como un rayo negro a través de la catedral en llamas. Antes de que los soldados de Oakhaven pudieran reaccionar, Caleb ya estaba sobre ellos. Su espada, una hoja pesada de acero del norte, silbó en el aire cargado de humo. El primer soldado —el que yo había herido— ni siquiera tuvo tiempo de levantar su arma; la espada de Caleb le atravesó el pecho con un sonido seco, clavándolo contra una de las bancas de madera.
Los otros dos intentaron atacar juntos, pero Caleb era un demonio de pura técnica y odio. Esquivó una estocada con una fluidez aterradora y, en un solo movimiento circular, decapitó al segundo hombre. La sangre salpicó el oro de mi vestido, gotas calientes que se mezclaron con los cristales bordados.
Kaelen me soltó, retrocediendo con la espada en alto, el miedo finalmente rompiendo su máscara de profesionalismo.
—¡Príncipe Caleb! —gritó Kaelen—. ¡Ríndase! Julian tiene el puerto, tiene la ciudad...
—Julian solo tiene una tumba esperándolo —la voz de Caleb era un gruñido profundo que parecía nacer del centro de la tierra.
Caleb avanzó, ignorando las llamas que lamían sus botas. Kaelen intentó una estocada desesperada, pero Caleb bloqueó el golpe con tal fuerza que la espada de Oakhaven salió volando de las manos del caballero. Antes de que Kaelen pudiera recuperar el equilibrio, Caleb lo tomó por el cuello y lo levantó del suelo con una sola mano.
—Has entrado en mi casa —susurró Caleb, su rostro a milímetros del de Kaelen—. Has tocado a mi esposa. Has manchado mi altar.
Con un movimiento seco y brutal, Caleb hundió su daga de combate en la garganta de Kaelen. Lo sostuvo mientras la vida se escapaba de los ojos del caballero, y luego dejó caer el cuerpo como si fuera basura al lado de los otros.
El Pacto de las Ruinas
El silencio volvió a la catedral, roto solo por el crepitar de las llamas y el jadeo pesado de Caleb. Él se quedó allí, de pie entre los cadáveres de los hombres que Julian había enviado para "rescatarme". Se giró lentamente hacia mí.
Caminó hacia el altar, sus botas dejando huellas de sangre sobre el mármol. Se detuvo frente a mí y me tomó del rostro con sus manos enguantadas. Sus dedos buscaron heridas, sus ojos recorrieron cada centímetro de mi piel con una ansiedad que rozaba la locura.
—¿Te han tocado? —preguntó, su voz rompiéndose por la tensión—. ¿Te han herido, Karina?
Miré hacia abajo. El puñal de obsidiana seguía en mi mano, goteando la sangre del primer hombre al que había atacado. Mis manos estaban manchadas, mi vestido estaba roto y sucio, pero por primera vez, me sentía completa.
—He defendido el altar, Caleb —susurré, mi voz firme—. He terminado lo que empezamos.
Caleb miró el puñal ensangrentado en mi mano y luego el trozo de seda blanca en la suya. Una sonrisa oscura y devota cruzó sus labios. Se inclinó y unió su frente a la mía, cerrando los ojos por un segundo eterno. En ese contacto, sentí su agotamiento, su furia y la pertenencia absoluta que nos unía.
—Eres una reina de Kaelum —murmuró—. Ninguna mujer de mi linaje habría luchado con tanta gloria.
Un estruendo masivo, mucho más fuerte que los anteriores, hizo que toda la catedral vibrara. Esta vez no era un proyectil lateral. Era la puerta principal. Los arietes de Julian habían llegado finalmente al corazón del palacio.
Caleb se separó de mí, desenvainando su espada de nuevo. Sus ojos se fijaron en las puertas que empezaban a ceder bajo los golpes rítmicos y poderosos del ejército de Oakhaven.
—Él está aquí —dijo Caleb, su voz volviéndose de nuevo acero puro.
Me puse de pie a su lado, ignorando los sollozos de mi madre que seguía en un rincón. Limpié la hoja de obsidiana en el pliegue de mi falda dorada, dejando una marca roja sobre el oro, un gesto de desprecio hacia la pureza que Julian esperaba encontrar.
—Déjalo entrar —dije, situándome hombro con hombro con Caleb frente al pasillo central—. Que Julian vea que la mujer que vino a buscar ya no existe. Que vea que el invierno ha reclamado su rosa y que ahora la rosa tiene espinas de hierro.
Caleb me miró de reojo, un destello de orgullo salvaje en su mirada plateada. El sonido de la madera rompiéndose anunció que Julian de Oakhaven estaba a punto de cruzar el umbral. La boda que había empezado con diplomacia y secretos estaba a punto de terminar en un juicio por combate, y en el altar de las ruinas, Caleb y yo estábamos listos para bautizar nuestro matrimonio con la sangre del hombre que creía poder salvarnos.




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