​el Contrato de la Princesa Prohibida

Capítulo 21

CATEDRAL DE LOS ANCESTROS, KAELUM
Narra Karina
El estruendo final no fue el de una catapulta, sino el de la esperanza rompiéndose contra la realidad. Las puertas principales de la catedral, aquellas que habían resistido asedios y siglos, cedieron ante el ariete de Oakhaven con un gemido de metal torturado. El polvo de basalto se elevó en una nube densa, y a través de la neblina naranja de los incendios, apareció él.
Julian de Oakhaven entró en la catedral como un héroe de las baladas que solía cantarme en los jardines de Veridion. Vestía su armadura de plata pulida, su capa azul ondeando con una nobleza que parecía insultante en medio de la carnicería de Kaelum. Su espada estaba desenvainada, brillando con una pureza que no encajaba con el olor a carne quemada y pólvora que llenaba el aire.
Se detuvo en seco a mitad del pasillo central. Detrás de él, una docena de sus mejores caballeros se desplegaron, pero Julian no los veía. Sus ojos, azules como el cielo de verano que yo había dejado atrás, recorrieron la escena con un horror creciente.
Vio los cadáveres de sus hombres a mis pies. Vio el humo que ascendía de las alfombras quemadas. Y finalmente, me vio a mí.
Estaba de pie junto a Caleb, mi mano herida aún entrelazada con la suya por un instante antes de soltarlo para encarar el desastre. Mi vestido de oro, la pieza maestra de Theron, era ahora una bandera de guerra: manchado de hollín, salpicado de la sangre de los infiltrados y con el jirón de seda blanca faltando en mi falda. Sostenía el puñal de obsidiana con una firmeza que Julian nunca habría reconocido en la mujer que recordaba.
—¡Karina! —el grito de Julian fue un desgarro de agonía—. ¡Aléjate de él! ¡Corre hacia mí!
Caleb no se movió, pero sentí cómo su cuerpo se tensaba, convirtiéndose en una estatua de hierro lista para matar. No me sujetó; me dio el espacio para que Julian viera que yo no era una cautiva.
—Julian, detén esto —dije, y mi voz resonó en las bóvedas con una autoridad que hizo que los caballeros de Oakhaven vacilaran—. Detén esta masacre antes de que Kaelum se convierta en la tumba de todos tus hombres.
—¡He venido a salvarte, mi vida! —Julian dio un paso adelante, su espada temblando ligeramente—. Mi padre... tus padres... todos estamos aquí para llevarte a casa. Ese monstruo te ha obligado a esto, ¿verdad? Te ha drogado, te ha amenazado... ¡Miradla! ¡Está manchada de sangre!
Caminé hacia adelante, separándome de Caleb lo suficiente para que la luz de las llamas iluminara mi rostro y mi palma herida.
—Nadie me ha obligado, Julian —le espeté, elevando mi mano para que viera el corte ritual que me unía a Caleb—. Esta sangre es mía. La derramé por voluntad propia en este altar para sellar un pacto que tu mente romántica no puede comprender. Viniste a buscar a una rosa, Julian, pero las rosas mueren en el invierno. Solo queda la espina.
Julian retrocedió como si le hubiera dado una bofetada física. Su rostro, antes lleno de determinación heroica, se desmoronó en una máscara de incredulidad y asco.
—No... tú no eres mi Karina —susurró—. Él te ha corrompido. Te ha convertido en uno de ellos. ¡Maldito seas, Caleb de Kaelum! ¡Pagarás por lo que le has hecho a su alma!
Caleb dio un paso al frente, desenvainando su pesada espada del norte con un sonido lento y deliberado que silenció los sollozos de mi madre al fondo de la nave.
—Ella nunca fue tuya, Julian —dijo Caleb, su voz era el hielo que cruje bajo los pies—. Tú amabas un reflejo en un estanque. Yo amo a la mujer que ha empuñado el acero para defender mi casa mientras tú quemabas a civiles en el puerto. Si quieres "salvarla", tendrás que pasar sobre mi cadáver. Pero te advierto: en Kaelum, los caballeros de plata se vuelven rojos muy rápido.
El Choque de Príncipes
Julian rugió, un sonido de rabia pura y desengaño, y se lanzó hacia adelante. El choque de sus espadas fue como un rayo golpeando la piedra.
Era un duelo de contrastes absolutos. Julian peleaba con la elegancia técnica de las academias de Oakhaven; sus movimientos eran fluidos, sus estocadas precisas, buscando desarmar o herir con honor. Era un bailarín del acero. Caleb, por el contrario, era un carnicero de élite. Peleaba con una ferocidad pragmática, usando su fuerza bruta, el peso de su espada y movimientos sucios que buscaban terminar el combate en el menor tiempo posible.
Se movieron por el pasillo central, derribando los bancos de madera tallada. El fuego que yo había provocado con los candelabros se extendía, creando una barrera de llamas que los rodeaba como una arena de gladiadores. Julian logró rozar el hombro de Caleb, rasgando el cuero de su uniforme de gala, pero Caleb ni siquiera parpadeó. Respondió con un golpe de pomo en el rostro de Julian que le partió el labio y lo hizo retroceder escupiendo sangre.
—¡Es un animal! —gritó Julian, recuperando el equilibrio, su armadura de plata ahora manchada de hollín—. ¡Karina, mírale! ¡No tiene honor!
—¡El honor no gana guerras, Julian! —le grité desde el estrado del altar, con el corazón martilleando contra mis costillas—. ¡Vete ahora! ¡No dejes que esto termine así!
Pero Julian ya no escuchaba. Estaba cegado por la idea de ser el salvador de una historia que ya no existía. Se lanzó en una estocada final, buscando el corazón de Caleb, pero el Príncipe del Norte hizo algo que Julian no esperaba: soltó una de las manos de su espada, atrapó la hoja de Julian con su antebrazo protegido por metal y lo atrajo hacia sí, dejándolo vulnerable.
Caleb levantó su espada para el golpe de gracia.
El Intervencionismo de Malakor
—¡BASTA!
La voz no era mía. El Rey Malakor irrumpió desde la sacristía lateral, seguido por una falange de arqueros de la Guardia Negra. Sus rostros estaban cubiertos por yelmos cerrados y sus ballestas estaban cargadas y apuntando directamente al centro del pasillo.
Malakor no buscaba un duelo de honor. Buscaba una ejecución política.
—Caleb, apártate —ordenó el Rey, su voz cortando el aire como un hacha—. No perderemos más tiempo con juegos de caballeros. Arqueros, preparaos para disparar. Quiero la cabeza del Príncipe de Oakhaven antes de que el sol termine de salir. Con su muerte, Veridion se arrodillará y Oakhaven huirá como los perros que son.
Caleb se detuvo, con su espada a centímetros del cuello de un Julian que jadeaba en el suelo, desarmado por el impacto anterior. Caleb miró a su padre, y vi la duda en sus ojos. Él quería matar a Julian por sí mismo, por posesión, pero el Rey buscaba la aniquilación estratégica.
—¡No disparéis! —grité, bajando del estrado del altar. El oro de mi falda se arrastraba sobre los escombros—. ¡Si matáis a Julian de esta forma, estaréis firmando la sentencia de muerte de Kaelum! Veridion nunca perdonará este asesinato en suelo sagrado bajo bandera de tregua interrumpida. ¡Uniréis a todos los reinos del sur contra nosotros!
Malakor se giró hacia mí, sus ojos brillando con un desprecio absoluto hacia mi género y mi origen.
—Cállate, pequeña rosa. Ya has cumplido tu función. Has firmado el pacto de sangre, el heredero está asegurado en los papeles. Ahora deja que los hombres terminemos la guerra que tú provocaste con tu sola existencia.
—¡He dicho que bajéis las armas! —mi voz sonó tan poderosa que incluso los arqueros vacilaron, mirando a Caleb en busca de confirmación.
La Sentencia de la Reina
Me interpuse entre los arqueros de Malakor y los dos príncipes que estaban en el suelo. Me coloqué frente a Julian, dándole la espalda a Caleb. Julian me miró desde el suelo, con el rostro ensangrentado y los ojos llenos de una esperanza patética.
—¿Ves? —susurró Julian—. Sabía que me protegerías... sabía que me amabas...
Me giré hacia él con una expresión tan gélida que Julian pareció encogerse.
—No te estoy protegiendo a ti, Julian —dije, y mis palabras fueron dagas—. Estoy protegiendo el reino del que ahora soy reina. Estoy protegiendo a Kaelum de las consecuencias de tu estupidez.
Miré a Malakor, desafiando su autoridad frente a toda su guardia.
—Rey Malakor, si sus arqueros disparan, yo seré la primera en caer. Y Caleb no le perdonará que haya matado a su esposa en su noche de bodas. ¿Quiere una guerra civil además de una invasión?
Malakor apretó los dientes, su mano temblando sobre el pomo de su espada. Luego miré a Caleb. Él me observaba con una mezcla de respeto y una posesión oscura que me decía que, en ese momento, él aceptaba mi liderazgo sobre la situación.
Finalmente, me giré hacia Julian. Le puse la punta del puñal de obsidiana bajo la barbilla, obligándolo a mirarme. El cristal negro brillaba con el reflejo de los incendios.
—Escúchame bien, Príncipe de Oakhaven —dije, cada palabra cargada de una sentencia definitiva—. Mira este altar. Mira la sangre de Caleb mezclada con la mía. No soy una víctima. Soy la mujer que ha decidido que su lugar está en el norte. Si no ordenas la retirada inmediata de tus tropas, si no reconoces este matrimonio ante tus caballeros ahora mismo... yo misma te cortaré la garganta con este puñal ritual. Y te juro que no habrá ni una lágrima en mis ojos cuando lo haga.
Julian me miró, y por fin, por primera vez desde que cruzó esas puertas, vio la verdad. No vio a la rosa. Vio a la mujer que Caleb había forjado en el fuego del invierno. Vio que su amor era una cadena que yo ya no estaba dispuesta a llevar.
—Estás... estás perdida —murmuró Julian, las lágrimas mezclándose con la sangre de su labio—. Él te ha destruido.
—Él me ha despertado —respondí—. Vete, Julian. Llévale a mis padres el mensaje de que Karina de Veridion ha muerto. Solo queda la Reina de Kaelum.
Julian cerró los ojos, derrotado. Se levantó con dificultad, apoyándose en su espada. Sus caballeros se acercaron para sostenerlo. Con un gesto de la mano, Julian dio la orden de retirada.
—Retiraos —dijo Julian, su voz quebrada—. La misión ha fracasado. No hay nada que salvar aquí.
El Pacto de las Ruinas
Observé en silencio cómo los caballeros de Oakhaven se llevaban a su príncipe por el pasillo central, dejando tras de sí un rastro de sangre y decepción. La catedral empezó a vaciarse de soldados enemigos, dejando solo el crepitar de las llamas y la respiración pesada de la Guardia Negra de Malakor.
El Rey me miró con una furia contenida, pero no dijo nada. Guardó su espada y salió de la catedral sin una palabra, seguido por sus arqueros. Sabía que hoy había nacido una fuerza que él no podía controlar fácilmente.
Me quedé a solas con Caleb entre las ruinas.
Él se acercó lentamente. Estaba herido, cansado, cubierto de la mugre de la batalla, pero cuando me tomó de las manos, su tacto fue de una ternura que me desarmó. Miró el puñal de obsidiana que yo aún sostenía y luego me miró a los ojos.
—Lo has dejado ir —dijo, pero no era una acusación, sino una observación.
—Lo he dejado vivir para que Kaelum no arda —respondí—. Pero mi vida con él se ha ido por esas puertas para siempre, Caleb. Ya no hay vuelta atrás.
Caleb me atrajo hacia su pecho, rodeándome con sus brazos. El oro de mi vestido chocó contra el acero de su armadura, un sonido que definía nuestra unión. Me besó en la frente, sobre la diadema de diamantes que de alguna forma había permanecido en su lugar.
—No hay vuelta atrás —repitió él—. Ahora somos tú y yo contra el mundo que intenta separarnos. Has ganado tu corona hoy, Karina. No por derecho de nacimiento, sino por derecho de fuego.
Miré hacia las puertas abiertas, donde el primer rayo de un sol gris empezaba a iluminar las montañas nevadas. La guerra exterior había terminado, pero sabía que la lucha por el alma de Kaelum y por el control de nuestro propio destino apenas comenzaba. Pero mientras sentía el latido del corazón de Caleb contra el mío, supe que no importaba cuántos ejércitos enviara el sur. El invierno había encontrado su reina, y las rosas nunca volverían a florecer en mi jardín sin el permiso del lobo.




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