​el Contrato de la Princesa Prohibida

Capítulo 23

PALACIO DE HIERRO, KAELUM

Narra Karina
El luto y la victoria tienen un aroma similar en Kaelum: una mezcla de ozono, nieve fresca y el humo persistente que se niega a abandonar las vigas del Gran Salón. Tres días habían pasado desde que Julian de Oakhaven se retirara con su orgullo sangrando, y el palacio bullía ahora con una actividad que no era militar, sino ceremonial.
La coronación de los nuevos Reyes —Caleb y yo— se había adelantado por decreto de Malakor. El viejo rey sabía que el pueblo necesitaba un símbolo de estabilidad antes de que el invierno cerrara definitivamente los pasos de montaña, y qué mejor símbolo que la mujer que había defendido el altar con sus propias manos.
Me encontraba en la antecámara de los soberanos, rodeada de sastres que se movían como sombras a mi alrededor. Sobre un maniquí de madera descansaba el que sería mi atuendo de coronación. Ya no era el blanco virginal de Veridion. Había ordenado un vestido de terciopelo negro tan profundo que absorbía la luz, con hombreras de plata que imitaban las alas de un halcón y un corpiño bordado con hilos de hierro.
—Alteza, los diamantes para la corona han llegado del Sur —anunció el joyero real, extendiendo un estuche de terciopelo.
Observé las gemas. Eran perfectas, claras como el agua de los manantiales de mi infancia. Las toqué con mis dedos vendados, sintiendo su frío.
—Son hermosos —dije, y el joyero sonrió, pero mi voz se volvió gélida al continuar—. Quitad la mitad. En su lugar, quiero incrustaciones de hierro negro extraído de las minas profundas de Kaelum. No quiero que esta corona brille con la luz del sur; quiero que pese con la fuerza del norte. Que todos vean que mi cabeza no sostiene solo joyas, sino la tierra que ahora gobierno.
El joyero palideció, pero asintió con una reverencia profunda. Caleb, que observaba desde el umbral de la puerta con los brazos cruzados, dejó escapar una risa corta y cargada de orgullo.
—Estás asustando a los artesanos, Karina —dijo, acercándose—. A este paso, creerán que planeas forjar una espada en lugar de una corona.
—Una corona es solo una espada que se lleva de forma diferente, Caleb —respondí, girándome hacia él. Sus ojos plateados recorrieron mi figura con una intensidad que aún me hacía arder—. Y necesito que ambos estemos listos para lo que viene después de la ceremonia.
Esa tarde, presidí mi primer consejo civil. No fue en el Salón del Trono, bajo la mirada opresiva de Malakor, sino en la Sala de Mapas. Caleb se sentó a mi derecha, pero se mantuvo en silencio, cediéndome el escenario. Frente a nosotros, los lores de las casas menores y los representantes de los gremios de Kaelum nos miraban con una mezcla de sospecha y fascinación.
—Lores de Kaelum —comencé, extendiendo sobre la mesa un documento sellado con cera roja—. El asedio ha terminado, pero el hambre no sabe de tratados de paz. Los almacenes de grano del puerto fueron destruidos por el fuego de Julian. Si no actuamos hoy, la primavera solo encontrará cadáveres en nuestras calles.
—Las arcas están vacías por los gastos de la guerra, Alteza —intervino Lord Varick, un hombre con rostro de piedra—. Siempre ha sido así en el norte. El invierno se lleva a los débiles. Es la ley de los Ancestros.
—Entonces la ley de los Ancestros acaba de cambiar —golpeé la mesa con la palma de la mano, haciendo que los tinteros vibraran—. He decidido donar la totalidad de mi dote personal, depositada en el Banco de Veridion, para crear el "Fondo de Reconstrucción de Kaelum". Comprarémos grano a las ciudades libres del Este antes de que los puertos se congelen.
Un murmullo de shock recorrió la sala. Mi dote era una fortuna inmensa, destinada originalmente a mi comodidad y lujos personales.
—¿Vuestra dote? —preguntó Varick, incrédulo—. Eso es vuestro patrimonio, señora. ¿Por qué lo entregaríais a los campesinos?
—Porque un reino de campesinos muertos no tiene reina —respondí, inclinándome hacia adelante—. Y porque quiero que cada hombre y mujer en este palacio y en las minas sepa que su lealtad no se compra solo con miedo, sino con pan. Mi dote no es para joyas; es para los cimientos de mi trono. Quien se oponga a este decreto, se opone a la supervivencia de Kaelum.
Miré a Caleb. Él asintió lentamente, su mano buscando la mía bajo la mesa y apretándola con fuerza. Los nobles, viendo la unión entre el Lobo y la Rosa, bajaron la cabeza uno a uno. En ese momento, dejé de ser la invitada de Veridion; empecé a ser la arquitecta de Kaelum.
Al terminar el consejo, me dirigí a los jardines de invierno. Allí, bajo un cielo de plomo, encontré a mi madre. La Reina Elena estaba bajo arresto domiciliario, vigilada por dos guardias de la Guardia Negra. Llevaba una capa de pieles que parecía demasiado pesada para sus hombros, y sus ojos estaban hinchados de tanto llorar.
—Karina —dijo, intentando acercarse, pero los guardias cruzaron sus lanzas—. Diles que me dejen pasar. Soy tu madre.
—Fuiste la mujer que abrió la puerta lateral a los hombres de Julian —dije, deteniéndome a tres metros de ella. Mi voz no tenía rastro de odio, solo una fatiga infinita—. Fuiste la mujer que puso un puñal en mi espalda mientras yo intentaba salvar este reino.
—¡Lo hice por ti! —chilló Elena—. ¡Julian te habría llevado a la luz! ¡Aquí solo hay oscuridad y sangre! Mira tus manos... ¡están manchadas!
—Están manchadas porque tú me obligaste a usarlas —respondí con frialdad—. Has sido juzgada por traición, madre. Malakor quería tu cabeza. Solo la intervención de Caleb y la mía te ha mantenido con vida.
—¿Me perdonas, entonces? —preguntó con una esperanza patética.
—No. El perdón es para los errores; la traición es una elección. Te exilio al Ala Oeste del palacio. No saldrás de allí sin escolta, y no volverás a ver la luz del sol fuera de los muros de Kaelum. Vivirás en el lujo, pero morirás en el olvido. No vuelvas a llamarme hija. La hija que conocías murió defendiendo el altar que tú intentaste profanar.
Me giré sin esperar respuesta, dejando atrás sus gritos y sus súplicas. Al caminar por el pasillo, sentí que una parte de mi corazón se convertía finalmente en hielo, y curiosamente, el peso en mi pecho se hizo más ligero.
**La Carta del Infiltrado: La Traición de la Rosa**
Esa noche, mientras las brasas morían en mi chimenea y Caleb terminaba de revisar los informes de las patrullas fronterizas, Gala entró en mi habitación. Parecía pálida, como si hubiera visto a un fantasma.
—Alteza... —susurró, cerrando la puerta con cerrojo—. Un mensajero llegó con las raciones del mercado. Me entregó esto. Dijo que era de vida o muerte.
Me entregó un sobre pequeño, lacrado con cera azul. Mi corazón dio un vuelco al reconocer el sello: una rosa entrelazada con una espada. Era el sello secreto de **Sir Cassian**, el capitán de la guardia que me había enseñado a montar y que siempre había sido mi aliado más leal en Veridion.
Rompí el sello con dedos temblorosos. La letra de Cassian era rápida, apresurada, cargada de una urgencia que me heló la sangre.
> *"Karina, pequeña flor del sur.*
> *Si estás leyendo esto, es porque has sobrevivido al asedio, algo que pocos en la corte de tu padre esperaban. Debo ser breve: la traición no empezó con Julian. Julian es solo un peón ciego de su propia pasión. El ataque coordinado al puerto y la filtración de los mapas de la catedral no fueron obra de espías de Oakhaven.*
> *Fue tu padre, el Rey de Veridion. Él mismo entregó las rutas de suministro a Julian para asegurar que el ataque fuera devastador. Su plan nunca fue que fueras feliz en el Norte. Su plan era que Julian te 'rescatara' tras un baño de sangre que dejara a Kaelum lo suficientemente debilitado para que Veridion interviniera como 'fuerza de paz' y tomara el control de las minas de hierro.*
> *Te enviaron aquí como un cordero al matadero, Karina. Tu muerte o tu captura eran la excusa legal que Veridion necesitaba para anexionar el Norte. No confíes en las cartas de tu familia. Te han vendido por el precio del metal.*
> *Tu fiel servidor, Cassian."*
>
La carta cayó de mis manos como si quemara. Me apoyé en la mesa, sintiendo que el mundo daba vueltas. Toda mi vida en Veridion, cada palabra de amor de mi padre, cada abrazo... todo había sido una mentira. No era una alianza matrimonial; era una invasión disfrazada de seda.
Caleb entró en ese momento, notando mi palidez de inmediato.
—¿Karina? ¿Qué pasa?
Sin decir palabra, le señalé el papel en el suelo. Caleb lo recogió y lo leyó rápidamente. A medida que avanzaba, vi cómo sus nudillos se volvían blancos y cómo la vena de su cuello empezaba a latir con una furia contenida.
—Ese bastardo... —siseó Caleb, su voz era un rugido bajo—. Tu propio padre te usó como cebo. Envió a Julian a morir y a ti a ser capturada solo para poner sus manos en nuestras minas.
Caleb se acercó a mí, sus manos grandes rodeando mis hombros para sostenerme.
—Prepararé a la caballería. Marcharemos al amanecer. Veridion arderá por esto, te lo juro por mi vida.
—No —dije, levantando la vista. Mis ojos, antes llenos de lágrimas, ahora brillaban con un fuego oscuro y calculador—. No vamos a marchar a la guerra todavía, Caleb. Eso es exactamente lo que mi padre quiere: una confrontación abierta que le dé una razón para movilizar a sus aliados.
—¿Entonces qué haremos? —preguntó él, su rostro a centímetros del mío.
Tomé la carta y la acerqué a la llama de una vela. Observé cómo el papel se consumía, cómo el sello de Veridion se convertía en ceniza negra.
—Vamos a usarlo —susurré—. Mi padre cree que soy su hija obediente y asustada. Dejaremos que lo crea. Seguiremos enviando cartas fingiendo que estoy sufriendo, que Kaelum está al borde del colapso. Haremos que se confíe, que baje la guardia... y mientras tanto, usaremos mi dote para armar a cada hombre, mujer y niño de este reino con el mejor acero que nuestras minas puedan producir.
Miré a Caleb con una determinación que lo hizo sonreír de esa forma lobuna que tanto me gustaba.
—Él me envió aquí para que el invierno me matara —continué—. Ahora va a descubrir lo que pasa cuando el invierno decide marchar hacia el sur. No solo vamos a defender Kaelum, Caleb. Vamos a desmantelar Veridion desde adentro. Mi padre quería mi herencia; ahora yo voy a reclamar la suya.
Caleb me tomó del rostro y me besó, un beso que ya no era de consuelo, sino un pacto de guerra. En ese momento, en la penumbra de nuestra alcoba, se selló la verdadera alianza. No era una unión de reinos, sino una unión de dos lobos hambrientos de justicia.
La coronación del día siguiente ya no era un simple rito de paso. Era la preparación para una conquista. Al cerrar los ojos esa noche, ya no vi los jardines de rosas de mi infancia. Vi las ciudades de Veridion cubiertas por la nieve de Kaelum, y a mí misma, vestida de hierro y oro, reclamando el trono que mi propio padre me había negado al venderme.
El invierno no solo estaba llegando; el invierno acababa de encontrar su propósito.




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