PALACIO DE HIERRO, KAELUM
Narra Karina
La mañana de mi coronación no trajo el canto de las aves, sino el sonido rítmico de los martillos reconstruyendo las almenas y el soplido de un viento del norte que parecía aullar mi nombre. En mis aposentos, el aire estaba cargado de una solemnidad eléctrica. Ya no había rastro de las sedas color pastel ni de los perfumes florales de mi infancia; el palacio olía a incienso antiguo, a cera de vela y al frío persistente del basalto.
Olivia trabajaba en silencio, sus manos moviéndose con una reverencia casi religiosa mientras me ayudaba con la pieza final de mi transformación. Theron, el sastre real, había superado cualquier expectativa. Ante mí, reflejado en el espejo de cuerpo entero, no estaba la joven que cruzó la frontera con miedo. Estaba una deidad de la sombra.
El vestido era una obra maestra de negro obsidiana absoluto. El corpiño, un corsé que se ajustaba a mi talle como una armadura, presentaba un escote pronunciado pero elegantemente cubierto por una malla de transparencia negra, sobre la cual descansaba una intrincada filigrana de cuentas y cristales azabache que imitaban escarcha petrificada. Las mangas eran largas, ajustadas, terminando en puntas delicadas sobre mis manos vendadas. Pero era la falda la que reclamaba el espacio: un volumen arquitectónico de capas y capas de balasto negro, cubierto por bordados de cuentas que dibujaban raíces retorcidas, simbolizando cómo mi linaje se hundía ahora en la tierra de Kaelum.
—Parecéis... una reina de las leyendas antiguas, Alteza —susurró Olivia, colocando el velo negro que se extendía varios metros tras de mí.
Tomé la pieza final: la corona. Ya no era el círculo de oro delicado de Veridion. Era un aro de hierro negro, pesado y frío, incrustado con los diamantes que yo misma había ordenado extraer de la joya original. Los diamantes brillaban como estrellas solitarias atrapadas en una noche de tormenta. Cuando la coloqué sobre mi cabeza, sentí el peso de Kaelum sobre mis hombros.
—Hoy —dije, mirando mis ojos en el espejo, ahora más oscuros y decididos—, el Sur aprenderá que el negro es el color de mi poder.
Caleb me esperaba frente a las puertas del Gran Salón. Al verme, su respiración se detuvo por un segundo. Él vestía su uniforme de gala de la Guardia de Élite: un jubón de cuero negro con hombreras de plata grabadas con el lobo de su casa. Su capa de piel oscura le daba una presencia imponente, pero era su mirada lo que me sostenía; en sus ojos plateados vi una admiración que rozaba la devoción.
—Karina —murmuró, tomando mi mano y besando los dedos que asomaban por la seda negra—. Has traído la noche al palacio, y nunca ha habido un amanecer tan hermoso.
—La luz nos traicionó, Caleb —respondí, entrelazando mis dedos con los suyos—. Es en la oscuridad donde de verdad vemos quiénes somos.
Las puertas se abrieron de par en par. El Gran Salón estaba a rebosar. Miles de antorchas proyectaban sombras alargadas sobre las paredes de piedra. Al entrar, el silencio fue absoluto, roto solo por el susurro de mi falda de balasto arrastrándose sobre el mármol negro. Los nobles de Kaelum, aquellos que me habían mirado con desconfianza semanas atrás, se arrodillaron a nuestro paso, bajando la cabeza ante la majestad gélida que emanaba de nosotros.
Al pie del estrado, el Rey Malakor nos esperaba. Su rostro, surcado por las cicatrices de mil batallas, mostraba una expresión que nunca le había visto: respeto.
—El Sur te envió como un cordero para que lo sacrificáramos —murmuró Malakor para que solo nosotros lo oyéramos—, y ahora eres la dueña de la manada. Sube a tu trono, Reina del Invierno.
**La Llegada de la Serpiente**
Justo cuando el Sumo Sacerdote levantaba el cetro para dar inicio a la bendición final, un estruendo metálico resonó en la entrada principal del salón. Un heraldo anunció con voz potente:
—¡El Conde Silas de Veridion, Embajador Extraordinario de Su Majestad el Rey Basulto!
Un escalofrío recorrió mi espalda, pero no de miedo, sino de una furia gélida. Me giré lentamente desde lo alto del estrado. Silas entró con una pompa que resultaba grotesca en la sobriedad del Norte. Vestía los colores de la Rosa: un jubón rosa pálido y una capa de plata que brillaba bajo las antorchas. Su sonrisa era almibarada, la de un hombre que cree que está tratando con una niña asustada.
—¡Majestades! —exclamó Silas, avanzando con una reverencia exagerada—. Traigo las más profundas felicitaciones de vuestro padre, Karina. Su corazón se rompió al conocer el asalto de Julian, y me ha enviado para asegurar vuestro bienestar y ofreceros regalos que os recordarán el calor del hogar.
Silas hizo un gesto y sus criados desplegaron sedas finas, perfumes de jazmín y joyas de oro amarillo. Eran regalos que gritaban "debilidad". Silas buscaba en mis ojos el brillo de las lágrimas, el anhelo de volver a Veridion. No sabía que yo llevaba la carta de Cassian grabada en mi mente como una sentencia de muerte.
—¿Bienestar, Conde Silas? —mi voz cortó el aire como una cuchilla de hielo—. Mi bienestar fue asegurado por el acero de mi esposo y por mi propio puñal mientras Julian intentaba quemar esta catedral. Decidle a mi padre que el calor de Veridion ya no me llega; aquí, en Kaelum, hemos aprendido a amar el frío.
La sonrisa de Silas flaqueó. Miró mi vestido negro, mi corona de hierro y la sangre que, aunque lavada, parecía seguir manchando el altar tras de mí.
**La Coronación de la Noche**
—Continuad con el rito —ordenó Caleb, su voz un rugido que hizo que Silas retrocediera hacia las sombras de las columnas.
Nos arrodillamos sobre cojines de piel de lobo. El Sacerdote tomó las coronas. Primero la de Caleb, el Lobo del Norte, y luego la mía. Cuando el círculo de hierro negro se asentó sobre mi frente de forma definitiva, sentí una conexión telúrica con el suelo bajo mis pies.
—Yo os declaro Soberanos de Kaelum, Guardianes del Invierno y Señores de la Nieve —proclamó el Sacerdote—. Que vuestro juicio sea tan firme como el basalto y vuestra justicia tan afilada como la escarcha.
Nos pusimos de pie y nos sentamos en los tronos de hierro. Caleb tomó mi mano con firmeza. Desde mi posición elevada, miré a Silas directamente a los ojos. El embajador estaba pálido; por fin comprendía que la niña que jugaba en los jardines de rosas había sido devorada por la reina que ahora lo observaba.
—Kaelum no olvida, Conde Silas —dije, proyectando mi voz para que todos los presentes la oyeran—. Ni tampoco perdona. Decidle a mi padre que he recibido sus "regalos" y que pronto, muy pronto, Kaelum le enviará los suyos de vuelta.
Silas hizo una reverencia apresurada, su seguridad completamente rota. Él había venido a espiar a una víctima y se había encontrado con una estratega que ya conocía su juego.
**El Pacto Silencioso**
Horas después, tras un banquete donde el vino fluyó pero la tensión nunca disminuyó, Caleb y yo nos retiramos a nuestros aposentos privados. El palacio estaba en silencio, salvo por el viento que golpeaba las ventanas.
Caleb se acercó a mí y, con una ternura infinita, me ayudó a quitarme la pesada corona de hierro. Sus dedos rozaron mi frente, allí donde el metal había dejado una ligera marca roja.
—Has estado magnífica, Karina —dijo, su voz suave—. El rostro de Silas cuando le has hablado... creo que nunca ha corrido tan rápido el miedo por la sangre de un hombre de Veridion.
Caminé hacia la chimenea y saqué del escondite de mi escritorio la carta de Cassian. La observé por última vez: el sello de la rosa, la caligrafía apresurada, la prueba de que mi propio padre me había vendido. La lancé a las brasas. Observé cómo el fuego lamía el papel, cómo el nombre de mi familia se convertía en ceniza negra y ascendía por el cañón de la chimenea.
—Mañana empezaremos a mover nuestras piezas, Caleb —dije, dándome la vuelta para enfrentarlo. El vestido negro parecía absorber la luz del fuego—. Silas cree que informará sobre un reino debilitado. Dejaremos que informe lo que nosotros queramos que sepa. Mientras tanto, tus generales y yo empezaremos a trazar las rutas comerciales del Este que mi padre no puede bloquear.
Caleb se acercó y me rodeó con sus brazos, su cuerpo dándome el calor que ya no necesitaba del sol.
—Me enviaron aquí para que el invierno me matara —continué, apoyando mi cabeza en su hombro—. Ahora van a descubrir que yo soy el invierno. Y cuando llegue el momento, no marcharemos hacia Veridion para pedir perdón, Caleb. Marcharemos para reclamar lo que nos pertenece.
Caleb me besó con una pasión que era a la vez un sello y un juramento. De pie frente al mapa del mundo que colgaba en la pared, con los restos de mi corona de hierro brillando sobre la mesa, supimos que la coronación no era el final de nuestra historia, sino el prólogo de una conquista. La Rosa de Veridion había muerto, y en su lugar, la Reina de Kaelum estaba lista para helar el corazón de todo aquel que se atreviera a traicionarla.