​el Contrato de la Princesa Prohibida

Capítulo 26

PALACIO DE HIERRO, KAELUM
Narra Karina
El invierno tiene muchas formas de matar. Algunas son rápidas, como el acero de una espada en el cuello; otras son lentas, como el frío que se filtra en los huesos hasta que el corazón se detiene. Pero la forma más cruel de morir en el Norte es a través del pasado, cuando los fantasmas que creías enterrados bajo la nieve deciden regresar para reclamar lo que alguna vez fue suyo.
La mañana había comenzado con una extraña calma en la biblioteca real. Me detuve en el umbral, observando a Gala a través de la puerta entreabierta. Estaba sentada frente a una mesa de roble macizo, rodeada de pergaminos antiguos que hablaban de conquistas, traiciones y la sangre que fundó Kaelum. El **Maestre Haldor**, un hombre cuya piel parecía papel de papiro arrugado, señalaba con un dedo huesudo un mapa de las Tierras Fronterizas.
—...y así, pequeña loba, aprendemos que en Kaelum no se hereda la paz, se hereda la vigilancia —decía el Maestre con voz cascajosa—. La Alianza de Sangre que selló vuestra hermana no es solo un papel; es un compromiso de que cada gota de sangre derramada en este suelo tiene un precio.
Gala escuchaba con una intensidad que me oprimía el pecho. Ya no era la niña que pedía cuentos sobre hadas de las flores. Sus manos, ahora sin los guantes de seda de Veridion, sostenían una pluma con firmeza, anotando las tácticas de defensa de los antiguos reyes. Me alejé en silencio, sabiendo que su educación estaba en manos de la historia, mientras la mía estaba a punto de enfrentarse a un presente que amenazaba con devorarme.
El cuerno de la puerta principal resonó tres veces. Era la señal de que visitantes de alto rango buscaban refugio. Me encontraba en el Salón del Trono, revisando los últimos informes de la Guardia de Escarcha con Caleb, cuando un guardia irrumpió, su respiración agitada creando nubes de vapor en el aire frío.
—¡Majestades! —exclamó, arrodillándose—. La Princesa Lyra, vuestra prima, Señor, ha llegado a las puertas. No viene sola. Pide asilo urgente por la seguridad de su vida y la de su acompañante.
Caleb se tensó a mi lado. Sus ojos plateados, usualmente gélidos y calculadores, mostraron un destello de una emoción que no pude identificar de inmediato.
—¿Lyra? —murmuró—. Debería estar en el Bastión de Oriente.
—Traedlas de inmediato —ordené, sentándome en mi trono de hierro negro. Me aseguré de que mi vestido de balasto negro cayera en pliegues perfectos y que mi corona de hierro y diamantes brillara con una autoridad incuestionable.
Las puertas se abrieron y dos figuras envueltas en pieles entraron en el salón. La primera era Lyra, una mujer de facciones duras y cabello ceniza, típicamente norteña. Caminaba con una cojera leve, su capa desgarrada y manchada de barro. Pero fue la segunda figura la que detuvo mi corazón.
Se quitó la capucha de piel de zorro blanco con un movimiento grácil, revelando un rostro que parecía esculpido en marfil por los propios dioses. Tenía una belleza etérea, suave, de esa que no necesita joyas para destacar. Sus ojos eran de un azul profundo, como el mar antes de una tormenta, y su cabello rubio pálido caía en ondas perfectas sobre sus hombros.
Era Isolde.
No necesité que nadie me lo dijera. Lo supe por la forma en que el aire pareció abandonar los pulmones de Caleb. Lo supe por la manera en que los dedos de él se cerraron sobre el pomo de su espada, no para pelear, sino para contener un temblor. Aquella era la mujer que Caleb había amado antes de que yo fuera siquiera un nombre en un contrato matrimonial. El gran amor del Príncipe del Norte, la mujer que, según los rumores de palacio, lo había dejado destrozado cuando ella desapareció años atrás.
—Caleb —la voz de Isolde era una melodía de cristal rompiéndose. Dio un paso hacia adelante, ignorando mi presencia en el trono—. Pensamos que no llegaríamos vivas. Los mercenarios de Veridion... han quemado todo en la frontera.
Caleb bajó los escalones del estrado en tres zancadas. No la abrazó, pero se detuvo frente a ella con una intensidad que me hizo sentir como una intrusa en mi propio salón.
—Estás a salvo aquí, Isolde —dijo Caleb, su voz era un susurro ronco que nunca antes le había escuchado usar con nadie, ni siquiera conmigo.
Sentí un fuego gélido subir por mi garganta. Mis manos se aferraron a los reposabrazos de hierro del trono hasta que los nudillos me dolieron. Isolde finalmente levantó la vista hacia mí. No fue una mirada de desafío, sino algo mucho peor: fue una mirada de lástima. Como si ella supiera que, a pesar de mi corona y mi vestido de seda negra, yo era solo una ocupante temporal de un lugar que ella había reclamado hace mucho tiempo.
—Majestad —dijo Isolde, haciendo una reverencia perfecta, tan fluida que parecía que sus huesos fueran de seda—. Perdonad nuestra intrusión. Lyra me trajo aquí porque sabía que el Príncipe... vuestro esposo... nunca daría la espalda a una vieja amiga en desgracia.
—Kaelum es un reino de asilo para los que huyen de la tiranía de mi padre —respondí, y mi voz sonó como el crujido de la madera bajo el hielo—. Princesa Lyra, seréis atendida de inmediato por los médicos. Isolde, se os asignará un aposento en el ala de invitados.
—¿En el ala de invitados? —intervino Caleb, girándose hacia mí. Sus ojos plateados estaban nublados por el pasado—. Karina, ella está herida y exhausta. Debería estar más cerca, en el ala noble, donde podamos vigilar su seguridad.
—He tomado una decisión, Caleb —le espeté, sosteniéndole la mirada. Mis celos no eran una debilidad en ese momento, eran mi armadura—. Silas está en este palacio. El ala de invitados está bajo vigilancia constante de la Guardia de Escarcha. Si de verdad han sido perseguidas por Veridion, no hay lugar más seguro.
Caleb apretó la mandíbula, pero no discutió más frente a los guardias. Sin embargo, la brecha ya estaba abierta. Observé cómo ayudaba a Isolde a caminar, cómo su mano se posaba en el brazo de ella con una familiaridad que me quemaba la piel. Ella le susurró algo al oído mientras salían del salón, y vi cómo Caleb bajaba la cabeza para escucharla, una inclinación que sugería una intimidad que yo aún no terminaba de descifrar entre nosotros.
Esa noche, el silencio en nuestra alcoba era más pesado que una tormenta de nieve. Me encontraba frente al espejo, quitándome la corona de hierro. Mis manos temblaban ligeramente. Caleb entró poco después, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.
—¿Qué ha sido eso en el salón, Karina? —preguntó, quitándose la túnica de gala. Sus hombros estaban tensos—. Has tratado a Isolde como si fuera una prisionera de guerra en lugar de una refugiada.
—La trato como lo que es: una amenaza —me giré hacia él, con el pelo rojo borgoña cayendo sobre mis hombros como sangre sobre la nieve—. ¿Crees que soy estúpida, Caleb? He visto cómo la mirabas. He oído las historias. Ella es la mujer que amabas.
Caleb suspiró, pasándose una mano por el cabello con frustración.
—Eso fue hace años, Karina. Éramos jóvenes. Isolde desapareció cuando mi padre prohibió nuestra unión. Creí que estaba muerta. Verla hoy... ha sido un golpe, lo admito. Pero eso no cambia lo que somos ahora. Tú eres mi esposa. Tú eres la Reina.
—¿Y qué soy para tu corazón, Caleb? —me acerqué a él, invadiendo su espacio—. ¿Soy solo el pacto de sangre que hiciste para salvar tu reino? ¿Soy el premio de consolación porque ella no estaba? Porque hoy, cuando entró en ese salón, no vi a un rey mirando a una refugiada. Vi a un hombre mirando a su primer amor como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
Caleb me tomó por los hombros, sus ojos plateados buscando los míos con una urgencia desesperada.
—Karina, escúchame. Mi historia con ella es parte de lo que fui, pero tú eres lo que soy. Ella no tiene nada. Ha perdido su hogar, su familia... ha llegado aquí rota.
—¿Y por qué ahora? —pregunté, soltándome de su agarre—. ¿Por qué justo cuando estamos jugando este doble juego con Silas? ¿Por qué cuando mi padre está enviando espías? ¿No te parece demasiada coincidencia que tu "gran amor" aparezca justo cuando Veridion intenta desestabilizarnos?
Caleb frunció el ceño.
—¿Estás diciendo que Isolde es una espía? ¿Que Lyra, mi propia sangre, traería a una enemiga a mi casa? Eso es paranoia, Karina. Tus celos te están nublando el juicio estratégico.
—Mi juicio estratégico nunca ha sido más claro —dije, retrocediendo hacia la ventana—. Voy a vigilarla, Caleb. Voy a vigilar cada palabra que diga y cada paso que dé. Y si descubro que su "amor" por ti es solo una herramienta de mi padre para destruirnos desde adentro, no me importará que sea tu pasado. La borraré de tu futuro.
Caleb no respondió. Se quedó en medio de la habitación, un hombre atrapado entre la lealtad que le debía a la mujer que alguna vez amó y la pasión oscura y complicada que compartía conmigo. Esa noche, por primera vez, dormimos en la misma cama pero en mundos diferentes, separados por el fantasma de una mujer rubia que no necesitaba una corona para reinar en los recuerdos de mi esposo.
Al día siguiente, mientras caminaba por los pasillos hacia la sala de mapas, me detuve al ver a Gala saliendo de la biblioteca. Se veía cansada, pero sus ojos tenían una chispa de conocimiento que antes no estaba allí.
—Karina... —me llamó, acercándose con cautela—. He visto a las mujeres que llegaron ayer. La Princesa Lyra es muy amable, pero la otra... Isolde... me ha estado preguntando cosas.
Me puse en guardia de inmediato.
—¿Qué tipo de cosas, Gala?
—Preguntó sobre nuestra madre —dijo Gala en voz baja—. Preguntó si era cierto que estaba encerrada por traición. Y preguntó... preguntó si Caleb y tú dormíais en la misma habitación o si el matrimonio era solo "para el pueblo". Dijo que Caleb siempre odió los compromisos políticos y que seguramente tú estarías muy sola aquí.
Apreté los puños bajo las mangas de mi vestido. Isolde no solo estaba buscando asilo; estaba sembrando cizaña, midiendo las grietas de mi relación con la precisión de un cirujano.
—¿Y qué le dijiste, Gala?
—Le dije que Caleb te mira como si fueras la única luz en todo el Norte —respondió la niña con una sonrisa mínima—, y que si seguía haciendo preguntas estúpidas, le pediría al Maestre que le diera lecciones sobre lo que les pasa a los que molestan a las lobas.
A pesar de la amargura en mi pecho, dejé escapar una risa corta. Besé la frente de mi hermana.
—Sigue con tus estudios, pequeña. Necesito que aprendas todo sobre las casas nobles del este. Si Lyra ha venido de la frontera, tenemos que saber qué facciones están de su lado.
Más tarde, desde el balcón superior que daba al patio de entrenamiento, vi lo que más temía. Caleb estaba abajo, terminando de supervisar a la Guardia de Escarcha. Isolde estaba allí, de pie bajo un arco de piedra, envuelta en su capa blanca. Se acercó a él cuando los soldados se retiraron. No podía oír lo que decían, pero vi cómo Caleb se detenía, cómo su postura se relajaba y cómo, por un momento, le ponía una mano en el hombro de forma protectora mientras ella parecía llorar.
No era solo asilo. Era una reconquista. Isolde estaba reclamando su territorio, usando su vulnerabilidad como un arma más poderosa que cualquier ejército de mi padre.
Entré en mis aposentos y busqué el puñal de obsidiana que Caleb me había regalado. Lo acaricié, sintiendo el filo negro. Mi padre pensaba que enviando a Silas me destruiría políticamente. Lo que no esperaba era que el pasado de Caleb sería el que intentara destruirme emocionalmente.
—Silas cree que soy la víctima —susurré para mí misma, mirando el reflejo de mi corona en el cristal de la ventana—. Isolde cree que soy la usurpadora. Pero ambas se equivocan. Soy la Reina de Kaelum, y este invierno no tiene espacio para dos rosas.
El juego había cambiado. Ya no solo tenía que luchar por la supervivencia de mi reino, sino por el alma del hombre que amaba. Y mientras observaba a Isolde mirar hacia mi balcón con una sonrisa imperceptible antes de seguir a Caleb hacia el interior del palacio, supe que la verdadera batalla por el Norte acababa de empezar, y esta vez, la sangre no se derramaría en el campo, sino en los pasillos de mi propio hogar.




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