PALACIO DE HIERRO, KAELUM
Narra Karina
Hay una belleza cruel en el engaño cuando se viste de etiqueta. En Veridion, aprendí que las palabras más letales se pronuncian con una sonrisa y que el veneno más efectivo es aquel que se sirve en una copa de cristal tallado. Organizar un baile en honor a las mujeres que amenazaban mi cordura y mi trono no era un acto de generosidad; era una invitación a un campo de ejecución donde las armas eran la música, el vino y la observación.
—Un poco más a la izquierda, Gala —dije, mirando mi reflejo.
Gala, cuyas manos ya no temblaban al tocar las joyas de la corona, ajustó el broche de mi capa. Había elegido un atuendo que gritaba soberanía. El vestido era de un
negro azabache profundo, pero tejido con hilos de plata que, bajo la luz de las velas, parecían relámpagos atrapados en una tormenta de seda. El escote, velado por la malla transparente, estaba adornado con cristales oscuros que destellaban con una agresividad gélida. Era un vestido diseñado no para gustar, sino para eclipsar. Frente a la belleza pálida y suave de Isolde, yo quería parecer la noche que devora a las estrellas.
—Pareces una diosa de la guerra, hermana —susurró Gala. Sus ojos ya no tenían el brillo de la inocencia, sino la agudeza de quien empieza a ver los hilos que mueven el mundo.
—Hoy no soy una diosa, Gala. Soy un halcón —respondí, colocándome la corona de hierro—. Y necesito que tú seas mis ojos donde yo no pueda mirar. Recuerda tus lecciones. El silencio es tu mejor disfraz.
Gala asintió con una seriedad que me heló la sangre. Ver a mi hermanita transformarse en una espía era el precio que Kaelum nos cobraba a ambas.
Mientras el servicio del palacio terminaba de encender las tres mil velas del Gran Salón, Gala ejecutó su primera misión. Aprovechando que la Princesa Lyra se encontraba en los baños reales preparándose para la velada, mi hermana se deslizó por los pasadizos de servicio que conectaban con el ala de invitados.
Gala no era una ladrona común; era una sombra educada. Entró en los aposentos de Lyra con la ligereza de un copo de nieve. No se detuvo ante los cofres de joyas ni los vestidos de seda. Fue directa al escritorio, y cuando no encontró nada allí, recordó las palabras del Maestre Haldor: *"El secreto más valioso siempre se esconde donde el ojo se aburre de mirar"*.
Debajo de un joyero aparentemente vacío, oculto en un doble fondo que solo alguien que supiera de mecanismos de seguridad del Sur podría detectar, Gala encontró un sobre pequeño. El sello era una rosa deformada, el emblema de una facción disidente de la frontera que servía como mano derecha de mi padre.
Con manos rápidas, Gala rompió el sello, leyó el contenido y sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima de Kaelum. La carta, escrita de puño y letra por un consejero de Veridion, era clara:
> *"Princesa Lyra, el oro ha sido depositado. Aseguraos de que la distracción sea absoluta. El Príncipe Caleb debe estar tan consumido por el regreso de Isolde que no vea la llegada de la flota a la bahía. La Reina Karina es volátil; usad sus celos para que cometa una imprudencia política. Si ella ataca a Isolde, Veridion tendrá la excusa perfecta para intervenir y 'proteger' a los perseguidos. Mantened a la Rosa de Hierro ocupada con su corazón, mientras nosotros tomamos sus minas."*
>
Gala guardó la carta en su corpiño y salió de la habitación justo cuando escuchaba las risas de las damas de compañía de Lyra acercándose por el pasillo.
**El Baile de las Máscaras**
El Gran Salón era un espectáculo de opulencia sombría. La orquesta tocaba melodías de Veridion, pero los tambores del Norte marcaban el compás, dándole a la música un aire de marcha fúnebre disfrazada de fiesta. El olor a pino fresco se mezclaba con el perfume caro y el aroma metálico del acero que los guardias, ocultos tras las columnas, portaban.
Bajé las escaleras del brazo de Caleb. Él vestía su uniforme negro de gala, pero su mente no estaba en el salón. Noté cómo sus ojos plateados recorrieron la multitud hasta detenerse en una figura vestida de azul pálido que destacaba como un jirón de cielo en medio de una cueva. Isolde.
Ella estaba hermosa, de una forma que dolía mirar. Su vestido era sencillo, de una elegancia que sugería vulnerabilidad, y su cabello rubio brillaba bajo los candelabros. A su lado, la Princesa Lyra sonreía con la satisfacción de quien ha colocado una trampa perfecta.
—Sonríe, Caleb —le susurré, mis dedos apretando su brazo con una fuerza que probablemente le dejaría marca—. Todo el salón nos observa. No les des el placer de ver que tu mente está en otro lugar.
—Estoy aquí, Karina —respondió él, aunque su voz sonó distante.
Comenzamos el baile oficial. Mientras girábamos por la pista, mis ojos se movían con la precisión de un halcón. Vi al Conde Silas, el embajador de mi padre, moviéndose entre los nobles. Lo observé acercarse a Isolde cuando Caleb fue reclamado por otros lores. La familiaridad con la que Silas le habló, la inclinación de la cabeza de Isolde... no eran los gestos de una refugiada y un diplomático que no se conocían. Eran los gestos de dos actores repasando su guion.
**El Vals de los Secretos**
El protocolo exigía que el Rey bailara con las invitadas de honor. Observé con el corazón apretado cómo Caleb se acercaba a Isolde. Ella le dio la mano con una timidez fingida que me dio náuseas. Se movieron por la pista con una gracia que solo los años de intimidad pueden otorgar. Ella le susurraba algo al oído, y vi cómo el rostro de Caleb pasaba de la rigidez a una suavidad peligrosa.
En ese momento, Gala se acercó a mí, fingiendo traerme una copa de vino. Al entregármela, deslizó la nota pequeña en mi mano.
—Léela cuando estés sola, hermana —murmuró Gala, sus ojos llenos de una advertencia silenciosa—. El invierno no es lo único que nos rodea.
Me retiré a un rincón sombreado, protegida por el cuerpo de dos guardias de la Guardia de Escarcha. Desdoblé el papel. A medida que leía las palabras de la traición de Lyra, el fuego de los celos que me consumía se transformó en algo mucho más útil: una furia glacial y calculadora.
No se trataba solo de un antiguo amor. Se trataba de una operación de sabotaje. Mi padre no solo quería mis minas; quería mi cordura. Quería que yo, la "volátil" Karina, estallara en un ataque de celos contra la "inocente" Isolde para que el mundo viera a Kaelum como un reino de tiranos y locos.
**La Jaula de Cristal**
Esperé a que el vals terminara. Cuando Caleb e Isolde se detuvieron, me acerqué a ellos con una sonrisa que habría congelado el mar. El Conde Silas y Lyra se unieron al grupo, esperando el estallido, esperando que la Rosa de Hierro mostrara sus espinas de forma imprudente.
—Una danza maravillosa —dije, y mi voz proyectó una calma que hizo que Silas frunciera el ceño, confundido—. Isolde, vuestra llegada ha traído una luz inesperada a este palacio tan oscuro.
Isolde bajó la mirada, fingiendo modestia.
—Solo busco paz, Majestad. Kaelum es... imponente.
—Lo es. Y como Reina, es mi deber asegurar que vuestra estancia sea recordada —hice una señal y Gala se acercó con una pequeña caja de terciopelo—. Como regalo de bienvenida, quiero entregaros este broche. Es una reliquia de mi propia familia en Veridion.
Abrí la caja, revelando un broche de plata en forma de rosa, pero con un rubí en el centro que parecía una gota de sangre. Era una joya hermosa, pero Silas palideció al verla. Él sabía, y yo sabía que él sabía, que ese broche estaba marcado con un mineral específico que mis rastreadores de la Guardia de Escarcha podían detectar a kilómetros de distancia mediante el reflejo de la luz lunar.
—Es... es demasiado, Majestad —susurró Isolde, retrocediendo un paso.
—Insisto —le coloqué el broche en el pecho con mis propias manos, mis dedos rozando su piel fría—. Llevadlo siempre cerca del corazón, Isolde. Así, sin importar dónde os encontréis en este palacio o fuera de sus muros, mis guardias siempre sabrán dónde estáis... para protegeros, por supuesto.
Miré a Lyra y luego a Silas. El mensaje fue entregado: sé lo que sois, sé por qué estáis aquí, y ahora sois mis prisioneras en una jaula de cristal y diamantes.
**El Pacto de la Alcoba**
Cuando el baile terminó y las últimas luces se apagaron, Caleb y yo nos retiramos a nuestra alcoba. Él se sentó en el borde de la cama, frotándose las sienes. El peso de la noche parecía haberlo envejecido años.
—Ha sido una noche larga —dijo él—. Karina, lo que Isolde me dijo en la pista... ella cree que Lyra la está usando. Teme por su vida.
Caminé hacia él y, sin decir palabra, le entregué la carta que Gala había encontrado. Caleb la tomó, sus ojos recorriendo las líneas de la traición de su propia prima y el plan de mi padre. Vi cómo su rostro se transformaba: la suavidad desapareció, reemplazada por una dureza de piedra negra. Sus manos temblaron de rabia mientras arrugaba el pergamino.
—Me usaron —siseó Caleb, su voz era el sonido de una avalancha—. Usaron mis recuerdos, mi dolor... para intentar derribarte a ti. Para tomar mi reino.
—Lo hicieron, Caleb —me senté a su lado, tomando su mano—. Pero han cometido un error. Han olvidado que yo conozco el juego de Veridion mejor que ellos. Creen que soy débil porque te amo, y creen que tú eres débil porque la amaste a ella.
Caleb me miró, y por primera vez en toda la noche, la neblina del pasado desapareció de sus ojos plateados. Me tomó del rostro con una urgencia que me cortó el aliento.
—Karina... perdóname. Por dudar, por dejar que su sombra entrara en este palacio.
—No pidas perdón, Caleb. Pide venganza —respondí, acercándome a sus labios—. Silas cree que su flota llegará mañana a una bahía desprotegida porque nosotros estamos ocupados con nuestros corazones rotos.
—Mañana no encontrarán a un príncipe distraído —dijo Caleb, su voz cargada de una promesa de muerte—. Encontrarán a la Guardia de Escarcha lista para el festín.
Apagué la última vela de la habitación. En la oscuridad, mientras el viento del invierno aullaba fuera de los muros del palacio, el pacto entre nosotros se sintió más sólido que nunca. La presencia de Isolde ya no era una amenaza para mi matrimonio, sino el combustible para nuestra guerra.
—La próxima vez que ella te susurre al oído, Caleb —dije antes de fundirme con él en las sombras—, recuerda que cada una de sus palabras ha sido pagada con el oro de mi padre. Y recuerda que en este reino, el oro no vale nada comparado con el acero que estamos a punto de desatar.
Afuera, en el ala de invitados, el broche de rubí brillaba en la oscuridad de la habitación de Isolde, marcando su posición exacta para los ojos que nunca cerraban en Kaelum. La trampa estaba cerrada, y el vals de los venenos apenas acababa de comenzar.
**¿Qué te ha parecido la inteligencia de Gala y el regalo "envenenado" de Karina?** ¿Quieres que en el **Capítulo 28** narremos la emboscada en la Bahía de los Suspiros, donde Caleb y Karina lideran a la Guardia de Escarcha para hundir la flota de Veridion, mientras Isolde intenta una huida desesperada solo para ser interceptada por la propia Karina? RUL-GUIDE-FOLLOWUP