​el Contrato de la Princesa Prohibida

Capítulo 28

ACANTILADOS DE LA BAHÍA DE LOS SUSPIROS

Narra Karina
El frío antes del amanecer en el Norte no es solo una temperatura; es un ente vivo que te roba el aliento y cristaliza tus pensamientos. Me encontraba en el borde del precipicio, oculta tras una formación de rocas negras que parecían colmillos surgiendo de la tierra. A mi alrededor, la Guardia de Escarcha era una presencia invisible. Sus capas de lobo blanco se fundían con la niebla espesa que alfombraba el mar, convirtiéndolos en espectros hambrientos de acero.
No llevaba mi corona de diamantes, sino una diadema de cuero reforzado y mi armadura ligera de combate. El puñal de obsidiana, el regalo de Caleb, pesaba gratamente contra mi muslo. A mi lado, Caleb observaba el horizonte a través de sus binoculares de plata. El vaho de su respiración era lo único que delataba su agitación interna.
—Vienen —susurró Caleb. Su voz era tan afilada como el viento que azotaba la costa—. Tres galeones. El buque insignia lidera la formación. Es *La Rosa de Oro*. Mi suegro no ha escatimado en gastos para su "misión de rescate".
—Él no viene a rescatarme, Caleb —respondí, ajustando los guantes de cuero—. Viene a reclamar el recibo de una transacción que cree haber cerrado con Silas.
En la distancia, emergiendo de la bruma como un monstruo de pesadilla, apareció la proa dorada del galeón real de Veridion. Sus velas de seda blanca, marcadas con el emblema de la rosa roja, ondeaban con una arrogancia que me revolvió el estómago. Los capitanes del Sur, confiados por los informes de Silas que aseguraban una defensa desmoralizada y una reina suplicante, navegaban directamente hacia el embudo de la muerte.
Caleb levantó la mano. El silencio en el acantilado se volvió absoluto, roto solo por el choque de las olas contra las rocas cientos de metros más abajo. Esperamos a que el primer barco cruzara la línea de las boyas ocultas.
—¡Fuego! —rugió Caleb.
La orden fue una señal para el infierno. Las baterías de costa, camufladas bajo redes de nieve y ramas secas, abren fuego al unísono. El estruendo fue ensordecedor, una vibración que sacudió mis propios huesos. Las bolas de cañón, calentadas al rojo vivo en las fraguas ocultas de los acantilados, silbaron a través de la niebla como meteoritos de venganza.
El primer impacto dio de lleno en el trinquete de *La Rosa de Oro*. La madera estalló en una lluvia de astillas ardientes. Gritos de horror subieron desde la cubierta del barco, donde los soldados de Veridion, vestidos con sus armaduras brillantes pero inútiles frente a la artillería pesada, corrían en círculos.
—¡Arqueros! —ordené yo esta vez, dando un paso hacia el borde del saliente.
Cien flechas incendiarias surcaron el cielo negro, trazando arcos de fuego que iluminaron la bahía. La Guardia de Escarcha no fallaba. Las flechas encontraron las velas de seda, convirtiendo los barcos en antorchas gigantes en medio del mar gélido. Veridion había traído el lujo a una guerra de supervivencia; ahora, su propia seda era su condena.
Caleb me miró de reojo, su rostro manchado de pólvora pero con una sonrisa que era puro instinto depredador.
—Están atrapados en la corriente, Karina. No pueden virar sin chocar contra los arrecifes. Tu padre acaba de perder su orgullo en mis aguas.
**La Huida de la Sombra**
Mientras el fuego consumía la flota en la bahía, en las entrañas del Palacio de Hierro, otra batalla llegaba a su fin.
Isolde, al escuchar el primer cañonazo, supo que el juego había terminado. No era una tonta; sabía que Silas no dispararía si el rescate fuera seguro. En la penumbra de su habitación, se despojó de su vestido azul y se puso una capa de viaje oscura. Sus dedos temblaron mientras intentaba cerrar el broche de rubí que yo le había dado, sin saber que ese destello rojo era la firma de su propia sentencia.
Corrió por los pasadizos de servicio, aquellos que Silas le había indicado semanas atrás. Creía que se movía en secreto, que las sombras del palacio la protegían. Pero por cada rincón que cruzaba, un par de ojos de la Guardia de Escarcha la seguía desde la oscuridad. Yo había dado órdenes estrictas: no debían tocarla. Quería que ella misma me guiara hasta el punto de encuentro final.
Isolde salió por una poterna oculta que daba a los senderos de los acantilados. El viento le azotaba el rostro rubio, despeinando el cabello que tanto había cuidado para impresionar a Caleb. Buscaba el bote de remos que debía estar esperándola para llevarla al galeón. Lo que encontró fue algo muy diferente.
**El Duelo de las Rosas**
Llegué al mirador del acantilado antes que ella, gracias a los túneles militares que solo la familia real conocía. Cuando Isolde llegó jadeando a la pequeña plataforma de piedra que colgaba sobre el abismo, se detuvo en seco.
Allí estaba yo, esperándola. Detrás de mí, el cielo se teñía de naranja y negro por el incendio de los barcos de mi padre.
—Buscabas esto, ¿verdad? —dije, señalando con la barbilla hacia el mar.
Isolde retrocedió, su rostro de marfil ahora pálido de puro terror. Se llevó la mano al pecho, donde el rubí del broche brillaba como un ojo maligno.
—Karina... yo... —empezó a decir, su voz de cristal ahora agrietada—. Lyra me obligó. Ella dijo que si no venía, Veridion mataría a mi familia. Caleb me perdonará... él me ama, él siempre me ha amado...
—Caleb ama a la mujer que creía que eras antes de que le pusieras un precio a su cabeza, Isolde —caminé hacia ella con paso lento y rítmico. Saqué mi puñal de obsidiana, y el reflejo de las llamas de la bahía bailó sobre la hoja negra—. Caleb estuvo conmigo cuando ordenamos el fuego de los cañones. Él fue quien sugirió que usáramos tu presencia para atraer a la flota a este punto exacto.
Isolde sacudió la cabeza, las lágrimas rodando por sus mejillas. Una última manipulación, un último intento de parecer la víctima.
—Mientes. Él no es capaz de tal crueldad conmigo.
—Él no es cruel, Isolde. Es un Rey. Y tú no eres más que una distracción que ya no cumple su propósito —le mostré la carta arrugada que Gala había encontrado—. Sé cuánto oro te prometió mi padre. Sé que Silas era tu contacto. ¿De verdad creías que podías venir a mi casa, susurrarle al oído a mi esposo y que yo te dejaría marchar con una sonrisa?
Me acerqué hasta que la punta de mi puñal rozó la seda de su capa, justo sobre el broche de rubí.
—En el Sur, las mujeres peleamos con veneno y sábanas. En el Norte, peleamos con hierro y verdad. Y la verdad es que eres una traidora a la sangre que dices amar.
—Mátame entonces —desafió Isolde, con una chispa de malicia final—. Hazlo y Caleb nunca olvidará que fuiste tú quien terminó con su primer amor. Seré un fantasma entre vosotros para siempre.
Solté una risotada seca que se perdió en el viento.
—¿Matarte? Eso sería demasiado fácil. Y los fantasmas solo existen si alguien los recuerda con nostalgia. No, Isolde. No vas a morir hoy.
Hice un gesto y, de las sombras de las rocas, surgieron cuatro guardias de la Guardia Negra, los carceleros más brutales de Malakor. Isolde gritó e intentó saltar hacia el acantilado, pero la atraparon con una eficiencia aterradora.
—Llevadla a las mazmorras de las minas —ordené—. Junto a Silas y Lyra. Quiero que compartan una celda lo suficientemente pequeña como para que se odien hasta el final de sus días. Que nadie mencione su nombre fuera de esas paredes. El olvido es un castigo mucho más pesado que la tumba.
**El Hundimiento del Pasado**
Caleb llegó al mirador apenas unos minutos después de que se llevaran a Isolde. Estaba cubierto de hollín, su armadura de cuero tenía marcas de quemaduras y respiraba con dificultad. Se detuvo a mi lado, mirando hacia la bahía.
*La Rosa de Oro* acababa de sufrir una explosión interna. El mástil principal cayó lentamente sobre el casco, como un gigante de oro desplomándose en el barro. El barco empezó a hundirse, llevándose consigo los sueños de invasión de mi padre y las mentiras que habían intentado separarnos.
Caleb no preguntó por Isolde. No miró hacia el camino por donde se la habían llevado. Simplemente tomó mi mano vendada y entrelazó sus dedos con los míos. Su agarre era firme, real, presente.
—Se acabó —dijo él, su voz cargada de una fatiga que finalmente encontraba descanso—. El pasado está en el fondo de la bahía, Karina.
—No se ha acabado, Caleb —respondí, mirando las llamas que aún iluminaban el horizonte—. Esto es solo el principio. Mi padre no perdonará la pérdida de su flota. Silas y Isolde eran solo sus manos; él sigue siendo la cabeza.
Me desabroché el broche de rubí que uno de los guardias me había entregado tras capturar a Isolde. Lo sostuve sobre el abismo por un momento. La joya que había servido para rastrear a la traidora, el símbolo de la belleza envenenada del Sur.
—Él envió este rubí creyendo que compraría tu lealtad y mi derrota —dije, soltando la joya—. Ahora se lo devuelvo.
El broche cayó, un pequeño destello rojo que desapareció en la espuma blanca de las olas.
Caleb se giró hacia mí y me tomó del rostro. Sus ojos plateados ya no estaban nublados por los recuerdos; estaban fijos en mí con una devoción que no necesitaba palabras. Me besó con una intensidad que sabía a humo, a sal y a una victoria amarga pero necesaria. En ese beso, sentí que la Rosa de Veridion y el Lobo del Norte se fundían finalmente en una sola entidad.
—Kaelum es tuyo, Karina —susurró Caleb contra mis labios—. Y yo soy tuyo. Que el Sur mande lo que quiera. Les esperaremos en el hielo.
Miré hacia el palacio, donde la primera luz del alba empezaba a iluminar las torres de piedra. Vi a Gala asomada a uno de los balcones altos, observando el humo de la batalla. Ella también había aprendido hoy lo que significaba gobernar.
—El Sur ha caído en la bahía, Caleb —dije, enderezando los hombros—. Ahora, es nuestro turno de marchar sobre sus cenizas. Que preparen los caballos y refuercen las fronteras. No vamos a esperar a que vuelvan. Mañana, empezaremos a planear cómo llevar este frío a las puertas de mi padre.
El sol salió finalmente, pero no trajo calor. Trajo la claridad blanca y despiadada del invierno. La flota de Veridion había desaparecido bajo las aguas, y con ella, la última duda que quedaba en mi corazón. Ya no era una princesa exiliada buscando su lugar. Era la Reina de Hierro, y mi reino acababa de ganar su primera guerra.
**¿Qué te ha parecido este final explosivo para la flota y para Isolde?** ¿Quieres que en el **Capítulo 29** narremos la respuesta de Malakor a la victoria (quien finalmente abdica oficialmente en favor de Caleb y Karina), mientras reciben noticias de que el Rey de Veridion está reclutando mercenarios del Este, obligando a Karina a viajar de incógnito al reino vecino para forjar una alianza prohibida? RUL-GUIDE-FOLLOWUP




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