PALACIO DE HIERRO, KAELUM
Narra Karina
El día después de la batalla no trajo el sol, sino una luz grisácea y mortecina que parecía filtrar las cenizas de la flota de mi padre sobre la nieve. Desde las murallas más altas de Kaelum, observé el horizonte. El mar, antes una amenaza de seda y madera dorada, ahora escupía los restos de *La Rosa de Oro* contra los acantilados. El triunfo sabía a pólvora y a salitre, pero sobre todo, sabía a un cambio de era que ya era irreversible.
Bajé a las entrañas del palacio, donde el aire se volvía denso y el olor a piedra húmeda sustituía al del incienso real. Había una última tarea que cumplir antes de cerrar el libro del pasado.
En las mazmorras de cristal, llamadas así por las vetas de cuarzo que brillaban en sus muros, Silas e Isolde esperaban su destino. Al verme aparecer, Silas se abalanzó contra los barrotes. Sus ropas de seda estaban desgarradas y su rostro, antes impecable, era una máscara de desesperación.
—¡Karina! —gritó, su voz rompiéndose—. Tienes que escucharme. Soy un embajador. Mi muerte significará la guerra total. ¡Vuestro padre vendrá por mi cabeza!
—Mi padre no vendrá por nada que ya no le sea útil, Silas —respondí, deteniéndome frente a su celda con una frialdad que me sorprendió a mí misma—. He interceptado sus comunicaciones. No hay barcos de rescate para ti. Para Veridion, ya eres un mártir. Tu "muerte" a manos de los "bárbaros del norte" es la propaganda que él está usando ahora mismo para reclutar mercenarios. Te ha dado por muerto antes de que tuvieras la oportunidad de suplicar.
Silas se desplomó en el suelo de piedra, el entendimiento de su propia insignificancia rompiéndolo más que cualquier tortura.
Caminé hacia la siguiente celda. Allí, en un rincón sombreado, estaba Isolde. No gritó. No suplicó. Simplemente me miró con sus ojos azules, ahora vacíos de la falsa luz que había usado para cautivar a Caleb. Me quité un guante y toqué los fríos barrotes de hierro.
—Caleb no vendrá a verte, Isolde —dije en un susurro—. No porque te odie, sino porque ya no existes en su mundo. Para él, eres solo un eco que el viento se llevó en la bahía. Mañana partiréis hacia las minas profundas. Allí, el oro de Veridion no sirve para nada, y el único sol que veréis será el de los faroles de los mineros.
Isolde no respondió, pero vi cómo sus manos se cerraban con fuerza sobre su capa sucia. Ya no era una rosa; era solo una sombra atrapada en el hielo.
A mediodía, fuimos convocados al Salón de los Ancestros. Es el lugar más sagrado de Kaelum, donde las cenizas de los reyes pasados descansan en urnas de basalto bajo la mirada de estatuas de lobos gigantes talladas en granito. El Rey Malakor nos esperaba sentado en una silla de piedra, no en su trono oficial. Parecía haber envejecido diez años en una noche. La victoria sobre la flota le había dado la paz que necesitaba para admitir que su tiempo de luchar con la espada había terminado.
—Caleb. Karina —dijo Malakor, su voz resonando en la inmensidad del salón—. Ayer vi algo que no esperaba ver en mi vida. Vi el fuego del sur convertido en humo por la mente de una mujer que llamábamos "invitada".
Malakor se puso de pie con dificultad y tomó de una mesa cercana el **Cetro de Invierno**, una vara de hierro negro con una joya de escarcha pura en la punta. Se lo entregó a Caleb.
—Hijo, has liderado a la Guardia con el valor de nuestra sangre. Pero un reino no solo necesita un escudo.
Luego, se giró hacia mí. De su propio cuello, se quitó el pesado medallón con el **Sello de la Corona de Kaelum**, el objeto que legalizaba cada decreto, cada ley y cada sentencia. Me lo puso alrededor del cuello. El metal estaba frío, pero pesaba con la autoridad de siglos.
—Karina de Kaelum —dijo Malakor, y por primera vez usó mi nuevo título sin rastro de duda—. Has demostrado que tu mente es tan afilada como cualquier acero que hayamos forjado. Has salvado a mi hijo de su pasado y a mi reino de su destrucción. Hoy, el viejo lobo se retira a las sombras. A partir de este momento, Caleb y Karina son los únicos soberanos de este suelo. Lo que ellos firmen, es ley. Lo que ellos ordenen, es destino.
Nos arrodillamos ante él, no como hijos, sino como sucesores. El traspaso de poder fue silencioso y absoluto. Malakor salió del salón sin mirar atrás, dejándonos solos bajo la mirada de los ancestros. Éramos los Reyes de Hierro.
La paz duró apenas una hora. En el primer consejo oficial como soberanos absolutos, los informes de nuestros espías en el Sur cayeron sobre la mesa como sentencias de muerte.
—Mi padre no se ha detenido —dije, señalando los informes—. La pérdida de la flota lo ha enfurecido, no lo ha acobardado. Ha vaciado el tesoro real para contratar a los **Mercenarios de Solis**.
Caleb apretó el puño sobre el cetro.
—Los Solis... son jinetes de fuego. Su caballería pesada es legendaria. Si logran cruzar los pasos de montaña antes de que las nieves profundas los bloqueen, Kaelum se convertirá en un cementerio. Nuestra Guardia de Escarcha es buena para la guerrilla, pero no contra cinco mil caballos entrenados para cargar a través de los muros.
—Necesitamos aliados —intervine, mirando el mapa—. El Reino de Oriente, el de los Comerciantes de la Seda, siempre ha sido neutral. Pero ellos controlan las rutas de suministro que los mercenarios necesitan. Si logramos que cierren sus fronteras a Veridion, mi padre se quedará sin suministros y los mercenarios desertarán antes de ver el primer copo de nieve.
—Oriente no se aliará con nosotros por diplomacia —dijo Caleb con amargura—. Ellos solo entienden el lenguaje del beneficio y el chantaje.
—Exacto —respondí, y una sonrisa peligrosa se dibujó en mis labios—. Por eso no enviaremos un embajador. Iré yo misma.
Caleb se puso de pie de un salto, sus ojos plateados encendiéndose.
—¡De ninguna manera! Acabamos de asegurar este palacio. El camino al Este está lleno de bandidos y espías de tu padre. No voy a dejar que te arriesgues así.
—Caleb, mírame —me acerqué a él, poniendo mis manos sobre su pecho—. Conozco los secretos de la corte de Oriente. Conozco a su Reina, fuimos educadas juntas en la infancia. Ella nunca escuchará a un guerrero del Norte, pero escuchará a la mujer que ha humillado al Rey de Veridion. Viajaré de incógnito, como una mercader.
—Es un suicidio —susurró él, pero vi en su mirada que empezaba a ceder ante la lógica aplastante de mi plan.
—Es nuestra única oportunidad de evitar una guerra de desgaste que Kaelum no puede ganar. Tú te quedarás aquí para preparar las defensas y vigilar a los nobles que aún dudan. Yo traeré la alianza que ahogará a mi padre sin disparar una sola flecha.
Antes de mi partida secreta, busqué a Gala. La encontré en el ala de las rosas, donde ella intentaba cuidar las últimas flores que no habían muerto por el frío. Se había convertido en una niña con mirada de mujer, una transformación que me dolía ver pero que era necesaria.
—Me voy por un tiempo, Gala —dije, sentándome a su lado.
Ella no se sorprendió. Simplemente asintió, apretando sus manos pequeñas.
—Vas a buscar la forma de que papá no llegue aquí, ¿verdad?
—Voy a hacer que Kaelum sea intocable. Pero necesito que hagas algo por mí. Necesito que seas mis ojos en el palacio. Caleb es un gran guerrero, pero a veces su corazón es demasiado noble para ver las serpientes que se arrastran por los pasillos. Tú has aprendido a ver los hilos. Si algo cambia, si alguien sospecha de mi ausencia... encárgate de que el rumor muera antes de nacer.
Gala se puso de pie y me abrazó con una fuerza que me sorprendió.
—Tú eres la Rosa que va a la guerra, Karina. Yo seré la Rosa que vigila las espinas. Te juro que cuando vuelvas, este palacio será tan seguro como el día que te fuiste.
Le entregué una pequeña daga de plata, el emblema de nuestra familia que yo ya no quería llevar.
—Úsala solo si el silencio no es suficiente.