REINO DE ORIENTE, CIUDAD DE AMARANTO
Narra Karina
El calor de Oriente es una bofetada de realidad que te recuerda lo lejos que estás de casa. Mientras mi caballo cruzaba las puertas de Amaranto, el aire denso y perfumado con sándalo y especias pesaba en mis pulmones. Acostumbrada al aire puro y gélido de Kaelum, aquí me sentía sofocada, como si la propia atmósfera intentara asfixiar mis secretos.
Me había despojado de toda insignia real. Mi largo cabello rubio, ese que Caleb solía acariciar junto al fuego, estaba ahora oculto bajo una peluca de seda negra azabache, corta y austera. Vestía las ropas de una comerciante de especias: cuero curtido, telas de lino color arena y un manto que ocultaba mis facciones. No era la Reina de Hierro; era una sombra entre millones en la ciudad más ruidosa del continente.
Me alojé en La Gruta del Escorpión, una posada de mala muerte cerca del distrito de los embajadores. Allí, frente a un espejo de bronce empañado, me preparé para la noche. El Baile de Máscaras de la Reina Elara era la única oportunidad de acercarme a ella sin pasar por los filtros de sus consejeros, muchos de los cuales estaban en la nómina de mi padre.
—El oro compra lealtades, pero el pasado compra verdades —susurré para mí misma mientras ajustaba un antifaz de encaje negro sobre mis ojos.
Mi vestido para el baile era una pieza de seda líquida color medianoche, diseñado para fundirse en las sombras de los pasillos del palacio de Oriente. Guardé un pequeño estilete en mi liga y salí a la calle. El sol se ponía sobre Amaranto, tiñendo las cúpulas de oro de un naranja sangriento. Era hora de jugar a ser otra persona para salvar lo que realmente amaba.
EL PALACIO DE HIERRO, KAELUM
Narra Gala
El palacio se sentía vacío sin Karina. Aunque Caleb intentaba sonreírme cuando nos cruzábamos en el Gran Salón, yo veía el cansancio en sus ojos plateados. Él pasaba las noches en la sala de mapas, y yo... yo pasaba las mías en los pasadizos.
Karina me había dicho que fuera sus ojos. Y mis ojos de niña, pequeños y acostumbrados a la oscuridad, veían cosas que los soldados ignoraban.
Estaba oculta tras una rejilla de ventilación en el ala de invitados, cerca de la habitación donde la Princesa Lyra estaba recluida bajo "confinamiento noble". Escuché el susurro de seda y el tintineo de monedas.
—Lleva esto al puesto de avanzada del Este —susurró la voz de Lyra. Estaba pálida y sus manos temblaban—. Hay un hombre llamado Varek. Él sabrá qué hacer. Dile que la muralla norte tiene una fisura en el drenaje del sector cuatro. Si los Solis atacan allí, Kaelum caerá en una hora.
Vi cómo Lyra le entregaba un pergamino pequeño y enrollado a un guardia joven, uno de los reclutas nuevos que no conocía la lealtad de la vieja guardia. El chico guardó el papel en su bota y asintió, saliendo de la habitación con paso rápido.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que Lyra podría oírlo. Tenía solo seis años, y el miedo me hacía querer correr a mi cama y taparme con las mantas, pero recordé la mirada de mi hermana antes de irse. “Eres la Rosa que vigila las espinas”.
Salí del pasadizo y corrí por las escaleras de servicio. Mis pies pequeños apenas hacían ruido sobre la piedra. No podía detener al guardia yo sola; él era grande y tenía una espada. Necesitaba al Lobo.
Llegué a la sala de mapas jadeando. Los generales de Caleb estaban allí, discutiendo sobre suministros de grano.
—¡Caleb! —grité, entrando sin llamar.
Él se giró de inmediato, su rostro endurecido por la guerra se suavizó al verme. Se arrodilló para estar a mi altura.
—Gala, ¿qué sucede? ¿Has tenido una pesadilla?
—No es una pesadilla —dije, tirando de su capa—. El guardia rubio del ala de invitados... lleva un papel en su bota. Lyra se lo dio. Dice cómo romper la muralla. Va hacia los establos. ¡Corre, Caleb! ¡Karina dijo que vigilara!
Caleb no hizo preguntas. Su mirada se volvió de acero puro. Se puso en pie y miró a sus generales.
—Cerrad todas las salidas. Ahora.
Lo vi salir de la sala como una exhalación, su capa negra ondeando tras él. Me quedé allí, pequeña y temblorosa, sabiendo que la traición acababa de ser interceptada por las garras del Rey.
EL BAILE DE MÁSCARAS, ORIENTE
**Narra Karina**
El salón de baile de la Reina Elara era un laberinto de espejos, música estridente y máscaras de animales hechas de piedras preciosas. El calor era sofocante, incrementado por las miles de lámparas de aceite que colgaban del techo.
Me movía con cautela, evitando a los hombres vestidos con los colores de Veridion. Mi padre tenía al menos tres espías de alto rango en esta sala; si me reconocían, mi cabeza estaría en una pica antes del amanecer.
Finalmente, la vi. Elara estaba sentada en un trono de marfil, rodeada de pretendientes. Su máscara era una lechuza de oro blanco. Se veía aburrida, atrapada en la misma danza política que yo tanto odiaba. Esperé a que la música cambiara a un vals lento y me acerqué.
—¿Me concedería esta pieza, Majestad? —pregunté, alterando el tono de mi voz para que sonara más bajo y rasposo.
Elara arqueó una ceja. En Oriente, no era común que una mujer invitara a otra a bailar, pero la excentricidad se permitía en el Baile de Máscaras. Se puso de pie y me dio la mano. Sus dedos estaban llenos de anillos, pero su pulso era firme.
Mientras girábamos por la pista, rodeadas de extraños, me acerqué a su oído.
—*“Las rosas blancas siempre mueren primero si no tienen el frío del norte para endurecer sus pétalos”*.
Elara se tensó tanto que casi tropezamos. Era una frase de un poema que solíamos recitar juntas cuando jugábamos en los jardines de Veridion, antes de que el mundo se volviera oscuro.
—¿Karina? —susurró ella, sus ojos buscándome tras el antifaz negro.
—No digas mi nombre —respondí, guiándola hacia una de las balconadas que daban a los jardines colgantes—. Hay ojos de mi padre en cada rincón. He venido a ofrecerte un trato que salvará tu reino de ser el próximo en la lista de Veridion.
**ESTABLOS DEL PALACIO DE HIERRO**
**Narra Caleb**
Llegué a los establos justo cuando el guardia terminaba de ensillar un caballo rápido. El chico se giró, su rostro palideciendo al ver la furia contenida en mis ojos. Intentó llevarse la mano a la espada, pero yo fui más rápido. Lo estampé contra la pared de madera, mi brazo presionando su garganta.
—Gala dice que llevas algo en la bota —dije, mi voz era un rugido bajo—. Si me obligas a agacharme para buscarlo, te cortaré la pierna antes de que el papel toque el suelo.
El guardia empezó a temblar. No era un traidor por convicción, solo un cobarde comprado con el oro de Lyra. Sacó el pergamino con dedos torpes y me lo entregó.
Lo leí rápidamente. Mi sangre hirvió. Lyra no solo estaba vendiendo secretos; estaba dando instrucciones para una masacre. Miré hacia las ventanas del ala noble, donde mi propia prima esperaba el éxito de su plan. La misericordia que Karina me había pedido tener con ella se evaporó en ese instante.
—Llevadlo a las mazmorras —ordené a los guardias que llegaban tras de mí—. Y que nadie se acerque a la habitación de la Princesa Lyra. A partir de ahora, su confinamiento ya no será "noble". Será absoluto.
Caminé de regreso al palacio. Gala me esperaba en el pasillo, pequeña y frágil. Me agaché y la abracé con una fuerza que me sorprendió a mí mismo. Ella era el único vínculo que me quedaba con Karina en este momento.
—Lo has hecho muy bien, pequeña loba —le dije al oído—. Has salvado a Kaelum hoy. Tu hermana estará muy orgullosa de ti.
Gala se aferró a mi cuello.
—¿Karina volverá pronto, Caleb? Tengo miedo de que en Oriente haya serpientes como Lyra.
—Tu hermana es la serpiente más lista de todas, Gala. Ella sabe cómo encantar a los que intentan morderla.
**PALACIO DE ORIENTE: EL TRATO**
**Narra Karina**
Elara y yo estábamos en su estudio privado, un santuario de libros y mapas lejos del ruido del baile. Ella se había quitado la máscara de lechuza, revelando un rostro cansado pero inteligente.
—Estás loca, Karina —dijo, sirviéndose una copa de vino fuerte—. Venir aquí sola, con una recompensa por tu cabeza que podría comprar la mitad de mi ciudad... ¿Qué te ha hecho el Norte?
—Me ha hecho libre, Elara —respondí, quitándome la peluca negra. Mi **cabello rubio** cayó sobre mis hombros, brillando bajo las lámparas de aceite—. Mi padre ha contratado a los Mercenarios de Solis. Si Kaelum cae, Oriente será su próximo objetivo. Él quiere el control total de las rutas comerciales.
—Lo sé —suspiró Elara—. Pero mis consejeros dicen que Veridion es demasiado fuerte para oponerse.
—Veridion es fuerte porque tiene oro. Pero los mercenarios no luchan por lealtad, luchan por comida y suministros. Si cierras tus puertos a los barcos de Veridion y bloqueas los pasos del Este, los Solis se morirán de hambre en las montañas antes de ver la muralla de Kaelum.
—¿Y qué gano yo, además de la enemistad de tu padre?
—El monopolio del hierro —dije, apoyando mis manos sobre su mesa de mapas—. Kaelum tiene las minas más ricas del continente. Si me ayudas a hundir a mi padre, Oriente será el único socio comercial de Kaelum. Tendrás todo el acero que necesites para armar a tus propios ejércitos y dejar de temerle a Veridion.
Elara se quedó en silencio, mirando su copa. El riesgo era inmenso. Si mi padre descubría la alianza, arrasaría Oriente. Pero si no lo hacía, Oriente languidecería bajo la bota de Veridion de todos modos.
—Has ganado, Karina —dijo finalmente, levantando su copa—. Has perdido tu alma de princesa, pero has ganado una mente de conquistadora. Kaelum te ha cambiado... ya no veo a la niña que lloraba por las rosas. Veo a alguien que es capaz de quemar el jardín entero para sobrevivir.
—El jardín ya está ardiendo, Elara —respondí, chocando mi copa con la suya—. Yo solo me estoy asegurando de que las cenizas no caigan sobre mi hogar.
**EL FINAL DEL DÍA**
El capítulo termina con dos imágenes paralelas. En Oriente, Karina observa desde la ventana del palacio cómo los barcos mercantes empiezan a recibir órdenes de no zarpar hacia el sur. Ha ganado la primera batalla diplomática, pero sabe que su regreso será aún más peligroso.
En Kaelum, Caleb entra en la habitación de Lyra. No hay gritos, solo el sonido de una cerradura pesada cerrándose por fuera. Lyra queda en la oscuridad total. Caleb sale al balcón y mira hacia el este, apretando el sello de la corona que Karina le dejó.
—Vuelve pronto, mi reina —susurra Caleb al viento—. Porque el Lobo tiene hambre de justicia, y la nieve está empezando a teñirse de rojo.
Gala, en su habitación, se queda dormida abrazada a la daga de plata. Ya no sueña con flores; sueña con muros que resisten y con una hermana de cabellos rubios que cabalga sobre una tormenta para salvarlos a todos. La red se ha cerrado, y el Rey de Veridion no sabe que su propia hija acaba de cortarle los suministros vitales. La guerra total es inevitable, pero ahora, por primera vez, el Norte tiene una oportunidad.