El contrato de los recién casados (y otras catástrofes)

Recién casados (técnicamente)

Haruto Asahina salió corriendo de la oficina sin mirar atrás. Cruzó por la sala de espera donde más jóvenes aspirantes esperaban nerviosos a la siguiente entrevista. Él llegó al ascensor y presionó desesperadamente el botón para ir al primer piso.

—Asahina, detente. — La voz aguda y cortante de Ayane Kisaragi, la editora en jefe de la agencia de Publicidad Mangetsu, que también maneja la editorial donde trabajaba Haruto, resonó bajo en los oídos del chico. Él trataba de sacar una cajetilla de cigarrillos del bolsillo de su pantalón.

—¡No te atrevas a ignorarme, Haruto! —Ayane tomó del brazo a Haruto y lo metió a una oficina vacía para hablar. Su voz ya no era la de una editora, sino la de una furia implacable.

—¿Qué demonios fue eso? —Lo regañó mientras golpeaba la carpeta contra su muslo. —¡Te dije que esta era la oportunidad de tu vida! Te di un año, Haruto. Un año para escribir algo y probarte. ¡¿Y cuál fue tu respuesta a Kaito Yashiro es "no lo sé"?!

—Lo… siento, Ayane-san. Simplemente… me congelé —murmuró, mirando la puerta.

—¿Te congelaste? ¡Te desmoronaste! Incluso la joven promesa que tú recomendaste, Akari Minase te hizo una pregunta que cualquier autor, incluso uno mediocre, habría resuelto con imaginación. ¡Pero tú no tienes nada! Yashiro-sensei te vio, y vio a un fantasma.

Ayane suspiró pesadamente y tomó del hombro a Haruto. Miró el techo un momento y se llevó las manos a la cintura. Sabía que regañarlo en privado era la norma en Tokio y estuvo a nada de una escena que hubiera puesto la atención en ellos, más de lo que ya lo había hecho.

Haruto Asahina estaba cubriendo su rostro con sus manos pálidas y delgadas. Ayane observaba el corto cabello negro de Haruto, arreglado con cera, sus anteojos en el suelo. Ella volvió a soltar el aire pesadamente.

—Tranquilo, lo hiciste bien… solo no te vayas a ocultar de mí, otra vez. —le dijo Ayane al colocarle tímidamente la mano sobre el hombro de manera incómoda. —Tienes suerte de tenerme como tu editora. Recuerda que tienes tu compromiso saliendo de aquí, así que, levántate, lávate la cara y cuando te sientas mejor, hablamos, ¿sí? —finalmente ella se fue y dejó al chico adentro a que se calmara.

Haruto seguía en la misma posición cuando la puerta se abrió de nueva cuenta.

—Senpai… —la voz de una chica hizo que al cuerpo de Haruto tuviera un fuerte escalofrío. —Disculpa la interrupción mientras te lamentas, senpai, pero debemos irnos. Recuerda que tenemos la conferencia de prensa donde Kisaragi-san nos va a presentar como pareja… —Haruto levantó un poco la vista. —No es que me guste la idea, pero… esta vez no lo vayas a arruinar como tu entrevista de ahorita, senpai. —dijo la chica, saliendo de la oficina.

Haruto pensaba en muchas cosas. Su trabajo nocturno que le ayudaba al pago de la renta del mes, en la oportunidad perdida frente a una de las mentes maestras más grandes del Japón contemporáneo. Recordaba a su hermana y a su mejor amiga cuando eran niños.

Levantó un poco la mirada y observó la oficina: frente a él, una gran mesa ovalada de madera pulida, patas negras. La oficina estaba alfombrada y las sillas nuevas de oficina tenían relleno suave. En dicho escritorio había un par de documentos a firmar. Con sus ojos rojos los tomó y los leyó. Sonrió irónicamente y salió del lugar, guardando dichos papeles en su mochila.

Nadie supo cuándo salió del lugar. Él vagaba por las concurridas calles de Tokio al mediodía. Turistas que tomaban fotos e incomodaban a los locales. Restaurantes y cafeterías llenas, puestos callejeros, el tráfico que aguardaba a que el semáforo se pusiera en verde para seguir atorados un tiempo más.

Haruto apretaba las asas de su mochila con fuerza. Se detuvo a medio camino de golpe. Observó una mezcla en el cielo: entre grisáceo y azul. El sol se mostraba tímidamente. Estaba cerca de la estación del metro de Shibuya que lo dejaría en su casa. Se limpió los ojos y regresó por donde venía.

Caminó por mucho tiempo y mucha distancia. Sentía que eso le alejaba los pensamientos de hacía un rato atrás. No había sido su semana. Primero, se enteró de que su madre estaba enferma y necesitaba una operación. Ese mismo día perdió su trabajo nocturno y le llegó un aviso de que lo iban a correr de su departamento por atraso en el pago de la renta. Se llevó su mano a la nuca. A pesar de todo lo que le había pasado últimamente, estaba el tema de las cartas de admiración que recibía de una fan. Al principio se sorprendió de que alguien ajeno a su círculo cercano lo leyera. De hecho, recibía primero una carta al mes. El tiempo de recepción de los mensajes se fue acortando hasta llegar a una o dos al día. Se empezó a sentir algo incómodo al respecto y habló con su editora, Ayane Kisaragi, para buscar una solución. Además de que las cartas venían acompañadas de flores, libros, chocolates y otros regalos que Haruto terminaba por tirar en la basura.

“Solo debes de casarte y listo. Problema solucionado”, le dijo Ayane de forma tranquila mientras revisaba, dentro de su oficina y con un Haruto muy incómodo y con la cabeza agachada, un borrador de otro escritor.

Haruto lució confundido ante tal respuesta. Quería ir a las autoridades pero se preguntaba si estaría bien que un hombre denunciara acoso. Creía que se burlarían de él, tanto la policía como las redes sociales si se enteraban de eso.

La voz de hacía un rato atrás lo interrumpió.

—¡Senpai, por aquí! —una chica de larga y suelta cabellera oscura, usando un traje sastre color gris, brilloso y pulcro. Sobre el pecho llevaba un pequeño botón con una flor blanca. su rostro lucía molesto e incómodo. Sus ojos negros observaron a Haruto. Aquel chico que iba vestido con jeans y camisa de vestir desaliñada. Su chaleco gris estaba desabotonado. Su cabello, casi siempre lleno de cera, lo hacía ver como si se acabara de despertar.




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