Honoka Asahina estaba sentada en una banca en un parquecito cercano a Kita-Senju. Solo recordaba de oídas cuando su hermano le comentaba de “aquel departamento de ensueño en Kita-Senju”, pero nunca le había dicho dónde estaba. Salió por impulso sin pensar mucho en lo que iba a hacer cuando se encontrara con la esposa de Haruto.
Ella miró al cielo casi despejado. Las cigarras hacían su espera un poco más amena. Un ligero viento cálido la hizo abrir los ojos de golpe, haciéndola toser por el aumento repentino de temperatura. Se limpió el sudor de la frente y acomodó un poco su cabellera y su ropa, yendo a un pequeño local de comida para refrescarse.
Apenas entró el ruido de los platos contra los utensilios y el ligeramente refrescante aire acondicionado le devolvieron a la vida.
Sacó el teléfono. La pantalla indicaba: sábado 1º de julio, 13:34 de la tarde. Llevaba más de una hora desde que se bajó del tren de Kita-Senju, sin pistas y con mucha hambre. Pidió algo para refrescarse en lo que decidía qué hacer.
Hizo una llamada, sin importarle importunar a los demás clientes.
—Haruto no contesta… por cómo estaba vestido ni ha de haber tomado su celular… ¿a quién le marco? —tras unos segundos de duda, le llevaron su platillo y su bebida, abrió los ojos e hizo otra llamada. —¿Sí, hola?, soy yo… sí, trato de contactar a mi hermano… pero… ok, te encargo.
Al salir del local, a las dos de la tarde, el calor la golpeó de nuevo, pero esta vez lo notó distinto. Se abanicó un poco con la mano, sintiendo cómo la tela suelta de su vestido negro de una sola pieza, sencillo, sin marca ni adorno particular, solo cómodo, se pegaba levemente a su espalda por el sudor. Las calles de Kita-Senju eran más estrechas de lo recordaba. Los cables de los postes eléctricos se entrecruzaban sobre su cabeza como una telaraña gris contra el cielo despejado. Los edificios, bajos y funcionales, se repetían uno tras otro sin ninguna intención de distinguirse; ni un toque de diseño, ni una fachada que llamara la atención. Eso dificultaba a Honoka reconocer cuál podría ser el que buscaba.
El aire olía a una mezcla de algo a la parrilla desde algún puesto cercano, mezclado con el humo de un cigarro ajeno y el polvo caliente del asfalto. Un grupo de señoras conversaba animadamente frente a una pequeña tienda, sin importarles el calor. Un niño pasó en bicicleta cuando una de las señoras dio un paso atrás; el pequeño la esquivó por poco sin que nadie se disculpara.
Honoka se detuvo un momento a acomodarse la falda del vestido, el único gesto vanidoso que se permitió en todo el trayecto, antes de seguir caminando sin rumbo claro.
A cada paso que daba, el sol le caía a plomo sobre su rostro blanco. Caminaba entre callejones que parecían repetirse. Giraba en las esquinas con la ligera esperanza de que alguno de los edificios se asemejara a lo que recordaba ella de las pláticas de su hermano de años atrás. En su recorrido se limpiaba el sudor y tenía la frente con sudor seco. Sus mechones se le pegaban al rostro. Por más que se los acomodara, siempre regresaban a incomodarla. Veía las cortinas de algunas tiendas cerradas por la hora. Los porches de las casas con algunas plantas resecas y algunas marchitas junto al zumbido de los aires acondicionados.
Revisó su teléfono. Marcaban las tres y media de la tarde. Se preguntaba cómo es que no le había dado un golpe de calor si había estado caminando por mucho tiempo bajo el sol. Respiraba secamente por la boca. Tenía la garganta roja. Trató de dar media vuelta y regresar por donde venía, pero no recordaba el camino a la estación. De pura casualidad vio un oxidado mapa del lugar para ubicarse, pero había llegado a Nishi-Arai, al oeste de Kita-Senju. Sus ojos se pusieron como platos por la sorpresa de haber caminado tanto.
Vio que había un parque cercano y se dirigió ahí, no sin antes tomarle una foto con su celular. Al llegar, se sentó en una banca debajo de un árbol. Los pies le ardían y le habían salido algunas ampollas en la planta del pie y en el talón. Había cerca una máquina expendedora con agua y latas para refrescarse. Arrastrando sus pies, se dirigió ahí y compró muchas botellas de agua y bebidas rehidratantes y regresó a la banca. Tomó las botellas de agua con muchísima desesperación. Al terminar, empezó a dormitar por el calor. Sacó su celular y trató de hacer una llamada, pero no tenía señal. No le tomó importancia y permaneció ahí un rato. Sus ojos se cerraban poco a poco y su cabeza le pesaba, cayendo hacia adelante. Finalmente, cerró los ojos por “unos cinco o diez minutos”, según ella se dijo.
Un fuerte ventarrón la hizo despertar de golpe. Desorientada, miró a sus alrededores con los ojos somnolientos. La sensación de ir al baño también la atacó, levantándose de golpe y buscando unos baños públicos. En su desesperado trayecto, los pies le ardían a cada paso que daba, pero trataba de no pensar en nada para ganarle a la sensación de orinar. Finalmente, tras algunos minutos encontró un baño y entró, sin importarle lo oscuro y en mal estado que estaban.
El olor a humedad, desinfectante industrial y el concreto caliente la recibió apenas cruzó la puerta. Aguantando la respiración, entró a una cabina que apenas cerraba.
Al salir, escuchó que algunas moscas revoloteaban sobre los lavabos manchados y la luz LED tintineante que se escuchaba el zumbido eléctrico. Sacó su teléfono y vio que eran las ocho de la noche y su alma casi se salía por la boca.
—¡Haruto-nii-sama, ayúdame!