Las puertas corredizas del elevador se abrieron. El “ding” fue lo único que se escuchó a lo largo del pasillo del Hospital General de Tokio. El reloj analógico de la pared marcaba las siete con treinta minutos de la noche. Tenían media hora antes del cierre de visitas para ver a Haruto. Akari se apresuró en llegar a donde estaba el chico recostado. Ella llevaba una maleta con ropa limpia de él que fue a recoger al Daikanyama cuando Haruto cayó desmayado, golpeándose fuertemente la cabeza. Hablaron de emergencia al número 119 pidiendo una ambulancia.
Akari estaba cabizbaja, evitando algunas enfermeras y algunos visitantes. Cuando entró al cuarto de Haruto, Yui Fujimoto y Ren Olvia salieron para darles privacidad.
—Idiota-senpai… ¿por qué no dijiste nada? —reprochaba Akari casi lanzándole la maleta al cuerpo inconsciente de Haruto.
El interior de la habitación de Haruto se encontraba bajo una luz azul clara de descanso. La cortina médica de color beige rodeaba la cama del chico, aislaba su fragilidad del resto de las camas. Al deslizarse el riel con un siseo metálico, el sonido del monitor cardíaco. Era un pulso electrónico, constante y tibio que llenó el espacio. Haruto dormía bajo las sábanas blancas del hospital, con el rostro cubierto por la mascarilla de oxígeno, aún sonrojado de la fiebre pero sereno.
Akari se sentó en una silla y tomó de las manos a Haruto. Recostó su cabeza en la cama y parecía estar sollozando.
—Idiota-senpai… siempre te sobresfuerzas…
La puerta corrediza se abrió haciendo que Akari se sobresaltara. Era una enfermera que iba a revisar a otros pacientes.
—Disculpe, señorita. La hora de visitas casi acaba. Puede venir a ver a su esposo mañana temprano.
—Se lo agradezco… —respondió Akari limpiándose los ojos. Apretó una vez más la mano de Haruto y salió. Ahí la esperaban Ren Olvia y Yui Fujimoto.
—¿Estás bien, Akanari-sensei?
—No puedo creer que haya quedado así en estos días. ¿Qué llevan, tres días de casados y ya lo agotaste sexualmente que cayó en cama?
—¡Ren, no seas imprudente!
—Yo… —interrumpió Akari. —Yo nunca quise casarme con él… nunca quise ser su pareja… —se alejó con la cabeza agachada haciendo que Ren y Yui se vieran muy incómodos.
Akari sacó su teléfono e hizo una llamada.
—¿Hola?, Saito-dono, lo siento, no voy a poder mandar esta semana mi borrador… no sé qué inventas, pero esta semana no… sí, te lo encargo… —colgó y apagó el teléfono.
La puerta corrediza del hospital se abrió dejando que el aire caliente de la noche del verano le pagara en el rostro a Akari. De inmediato, sus ojos se humedecieron y se mezcló con el sudor de su frente. La lluvia tenía rato de haber cesado.
Tomó un taxi y se fue en dirección desconocida, dejando a Yui y a Ren en la calle.
Cruzaron la Shuto Expressway hacia el norte hacia Saitama City. Los rascacielos y luces neón de Tokio fueron reemplazados poco a poco por bajos y humildes edificios. Al llegar a la prefectura de Saitama, los espacios verdes fueron grandes. El tráfico de la carretera fue disminuyendo gradualmente hasta dejar un camino muy tranquilo.
Eventualmente llegaron a la capital de dicha prefectura, Saitama City, un centro urbano ganado por derecho propio, pero menos caótico que Tokio. El taxi se detuvo cerca del centro de Saitama City, en un barrio de clase media/media alta, donde vivían los padres de Akari.
Tras pagar y dirigirse al departamento, el corazón de la chica latía fuertemente. El calor era menos intenso que en Tokio, pero las cigarras daban un fuerte concierto en los parques cercanos.
Se detuvo frente a una puerta y tocó con una falsa seguridad que hacía mucho tiempo no sentía. Unos pasos se escucharon y la puerta se abrió dejando ver a un adolescente confundido.
—¿Akari-onee-chan?
—Hola, Yuta-kun. —dijo Akari sonriendo y saludando con la mano.
—¡Akari-onee-chan! —él se lanzó a abrazarla, rompiendo todo protocolo japonés. —¡Akari-onee-chan, qué bueno que regresaste!, ¡te extraño mucho!
Akari acarició el cabello de su hermano menor con mucha nostalgia.
—¡Jamás creí esa mentira de que te casaste! Tú no harías eso. —Un fuerte escalofrío le recorrió la medula a Akari, fingiendo demencia y tranquilizando a su hermano. —Sé que esa noticia es falsa y esa revista de poca monta no hace más que inventar chismes… —dijo Yuta levantando su rostro a su hermana, quien trataba de evitar mirarlo, sin dejar de acariciarle el cabello.
—¿Yuta, con quién estás hablando?, cuántas veces te he dicho que no dejes la… —Hana Minase tiró un plato por la sorpresa de ver a Akari en el pasillo abrazando a su hermano.
—Ho… hola, mamá… —dijo Akari algo incómoda.
Akari cenó devorando los platillos de su madre. Cuando terminó, solo quedaron los platos con restos de salsa y grasa y la promesa de la hija de lavarlos en un momento. Yuta Minase hablaba muy emocionado con su hermana. Le contaba cosas de su escuela y juró irla a visitar cuando entre a la universidad en Tokio. Hana, amablemente, le pidió a su hijo irse a dormir porque se levantaba temprano para ir a la escuela el lunes. Yuta no quería por querer estar con su hermana más tiempo, pero el sueño le ganó y se quedó dormido en las piernas de Akari. Ella, con cuidado, lo fue a llevar a su cuarto a recostarlo. Al salir, vio a su madre lavando el plato que la propia Akari había abandonado en la mesa; no le reprochó nada, solo hizo cara de “ya qué”.