La lluvia arreciaba a cada minuto que pasaba, mojando a Akari quien seguía corriendo sin rumbo. Sus pasos eran torpes, resbalosos. Un par de veces casi se caía sobre los charcos.
La ropa, empapada y pegada incómodamente a su cuerpo, le pesaba demasiado hasta que su pie se dobló y cayó al piso. Se quedó ahí un momento, inmóvil. Apretó los puños y quiso levantarse pero resbaló con un charco que ya se había formado a su alrededor.
Respiraba profundamente por la nariz con mucha dificultad. Su cabello mojado se pegaba a su rostro. Hizo un segundo intento de pararse. Primero ponerse de rodillas apoyada con sus puños pero su cuerpo falló, cayendo más pesada que antes. Sonrió resignada. Parecía que, por un momento, vio el rostro sonriente de Haruto. Esa estúpida sonrisa que siempre lo acompañaba junto a un cigarro en su boca.
Akari cerró los ojos. La lluvia le caía como alfileres sobre su espalda. De pronto sintió cómo se detenía. Abrió sus ojos. Con su mirada perdida alzó un poco la vista y vio a un hombre que parecía ser alto, con posible porte aristocrático sosteniendo un paraguas sobre ella. Su cabello teñido de plateado estaba dividido en mechones largos y desordenados que le llegaban debajo de la nuca. Sus facciones parecían finas, marcadas. Su mirada era serena y penetrante.
—¿Está bien? —le preguntó el chico serenamente pero con algo de autoridad calmada. Como si esa situación le resultara familiar. El cabello del chico de inmediato se le pegó a su frente.
Akari movió la cabeza un poco más, aún tirada en el piso. Su corazón dio un vuelco y entrecerró sus ojos para ubicarse. Su voz se le hacía conocida, pero no recordaba de dónde.
—¿No quiere que le hablemos a alguien para que venga por usted? —preguntó él, interrumpiendo los pensamientos de Akari. Ella negó con la cabeza.
Él le extendió la mano para ayudarla a levantarse. Ella aceptó con algo de dudas. Tomó el paraguas con el que el chico la había cubierto y se vieron a los ojos. Akari creyó que lo había visto antes, pero no le prestó mucha importancia. Un ligero mareo le llegó a Akari por un repentino pensamiento que no pudo identificar sobre el chico frente a ella.
—Qué bueno que esté bien. Si no, la hubiera tenido que acompañar al hospital. ¿Está segura de que no quiere llamarle a alguien, a su novio, sus padres, su esposo?
Akari agachó la mirada, observando los zapatos de marca del chico. Él estaba completamente bañado por la lluvia, tratando de cubrirse con su mano para verla mejor. Al verlo a los ojos pareció que Akari lo reconoció, pero no estaba muy segura.
En cambio, él parecía reconocerla perfectamente. Le sonreía amablemente. Para disimular le dijo: —Déjeme acompañarla a la estación de policía, al menos ahí se podrá resguardar de la lluvia, ¿Qué le parece, Aka… ups, digo, onee-san?
Akari, con sus dudas de ir con un extraño, aceptó la oferta.
—No me he presentado. Soy… —se aclaró la garganta tras unos segundos de duda. —Soy… Iori… Nagato. Mucho gusto.
—¿Nagato-san? Yo… soy… Akari… Asa… Minase… —el nombre se le hizo extrañamente conocido, pero empezó a temblar por el frío.
—Asaminase-san, mucho gusto. Debe de ser una deportista muy enfocada como para querer salir a correr bajo esta lluvia. —Iori se quitó su abrigo impermeable y lo colocó sobre los hombros de la chica. Ella se sonrojó un poco.
No tardaron mucho en llegar a la estación de policía. Tras unos pequeños trámites que hizo Iori, él se despidió de Akari.
—Asaminase-san, cuídese. —le dijo él antes de desaparecer bajo la lluvia.
Akari estaba dentro de la estación de policía con una taza de café entre sus manos y una muda de ropa vieja pero caliente para que no pasara frío. Cerró los ojos una vez más, pensando en dónde lo había visto. Finalmente suspiró, pidiendo que le ayudaran a conseguir un taxi para ir a Saitama.
Iori se subió a un taxi que pasaba por ahí. Su rostro no podía contener la emoción de haberla visto. Quiso festejar, levantar los brazos al cielo, conteniéndose. El chofer le pasó un termo con té caliente.
—Veo que fue una buena noche, señor.
—Sí que lo fue, Garo-san. Sí que lo fue. Llévame a casa, por favor.
—Como ordene.
El trayecto fue largo. Iori observaba cómo la ciudad poco a poco revivía después de llover toda la tarde y parte de la noche.
Se bajó en un edificio de líneas limpias y fachada de concreto en Ebisu. Por los alrededores, tiendas y cafeterías cerradas por la tormenta del tifón. Ahí había dejado de llover desde hacía rato.
—Que descanse, señor.
—Descansa, Garo-san.
Al bajar del taxi, su aliento se veía por el frío que hacía. Se apresuró a subir al octavo piso hasta su departamento. Al abrir y encender la luz, el gran departamento tenía algunos muebles minimalistas. No había fotos ni cuadros en las paredes, los sillones eran de un blanco tan puro y sencillo que parecía nunca habían sido usados. La mesita de centro de vidrio, baja tenía un florero con algunas rosas azules. Se quitó en la entrada sus zapatos, dejándolos bajo la calefacción que apenas era perceptible. A su lado, un par de botas militares negras.
Se quitó su ropa mojada y entró al baño. En su espalda, llena de cicatrices sobresalía un tatuaje de una rama de olivo color azul. Alzó los brazos levantando el rostro con alegría y satisfacción.