El Contrato del Deseo

CAPÍTULO 1 La firma de la mentira

La firma todavía estaba fresca.

Renata Salvatierra contempló su nombre estampado al pie del contrato mientras una sensación extraña le recorría el cuerpo.

No había temblado cuando tomó la pluma.

No había dudado.

Al menos, no delante de él.

Ahora, sin embargo, sentía que acababa de firmar algo mucho más peligroso que un simple acuerdo matrimonial.

Había firmado su propia sentencia.

Levantó lentamente la mirada.

Damián Ferraro seguía frente a ella.

Impecable.

Oscuro.

Inalcanzable.

El hombre que seis años atrás había conseguido destruir la única parte de ella que jamás había pensado que podía romperse.

Su confianza.

—Ya está —dijo Renata.

Damián tomó el contrato y lo cerró con absoluta tranquilidad.

—Ya está.

Dos palabras.

Nada más.

Pero aquellas dos palabras parecieron sellar una vida que ninguno de los dos había elegido realmente.

Afuera, Buenos Aires seguía brillando bajo la lluvia.

Desde el piso treinta y siete de la torre Ferraro, la ciudad parecía un océano de luces. Miles de personas caminaban, conducían, discutían, se besaban, se despedían y comenzaban historias que jamás llegarían a conocerse.

Renata pensó que, entre todas aquellas personas, probablemente era la única que acababa de casarse sin sentir felicidad.

—¿Cuándo será la boda? —preguntó.

Damián se sirvió otra copa.

—En diez días.

Renata frunció el ceño.

—¿Diez días?

—Es tiempo suficiente.

—Para organizar una boda, quizás.

Damián bebió un sorbo.

—No habrá una boda tradicional.

—¿Entonces?

—Una ceremonia privada. Prensa seleccionada. Familiares imprescindibles. Algunos socios. Nada más.

Renata soltó una risa amarga.

—Qué romántico.

—Nunca prometí romance.

Aquella respuesta dolió más de lo que debería.

Renata tomó su bolso.

—Perfecto. Entonces no tenemos nada más que hablar.

Caminó hacia la puerta.

—Renata.

Se detuvo.

No quería hacerlo.

Pero lo hizo.

—¿Qué?

Damián dejó la copa sobre la mesa.

—Hay una condición que todavía no mencionamos.

Ella giró lentamente.

—¿Cuál?

Damián la observó durante unos segundos.

—No puedes abandonar la ciudad durante el primer año del contrato sin mi autorización.

Renata sintió que la sangre se le enfriaba.

—Eso no estaba en lo que firmé.

—Página nueve.

—¿Qué?

—Párrafo cuatro.

Renata regresó al escritorio, abrió el contrato y buscó la cláusula.

Allí estaba.

La leyó dos veces.

Después levantó los ojos.

—¿Me estás diciendo que tengo que pedirte permiso para viajar?

—Mientras dure el acuerdo.

—Esto no es un matrimonio.

—Nunca dije que lo fuera.

—Es una prisión.

Por primera vez, algo cambió en la expresión de Damián.

No fue culpa.

Tampoco arrepentimiento.

Fue algo más oscuro.

—Las prisiones tienen puertas.

Renata sostuvo su mirada.

—Y siempre existe una manera de escapar.

—No de esta.

El silencio cayó entre ambos.

Renata sintió una punzada de rabia.

—¿Esto es parte de tu venganza?

Damián no respondió.

Y su silencio fue suficiente.

Ella tomó el contrato.

—Entonces dime una cosa.

—Pregunta.

—¿Qué quieres realmente de mí?

Damián se acercó.

Cada paso parecía calculado.

Renata permaneció inmóvil, aunque su corazón comenzaba a traicionarla.

Cuando quedó frente a ella, Damián habló en voz baja.

—Quiero que durante un año seas mi esposa.

—Eso ya lo sé.

—No. No lo sabes.

Sus ojos se clavaron en los de ella.

—Quiero que todos crean que eres feliz conmigo.

Renata tragó saliva.

—¿Y por qué?

—Porque hay personas que necesitan creerlo.

—¿Quiénes?

Damián no respondió.

Se apartó.

—Mañana recibirás los detalles.

Renata quiso insistir.

Pero algo en su expresión la detuvo.

Se marchó.

Y cuando las puertas del ascensor se cerraron, Damián permaneció inmóvil frente al ventanal.

Solo entonces permitió que la máscara desapareciera.

Sacó su teléfono.

Marcó un número.

—Ya firmó.

Al otro lado hubo silencio.

Damián cerró los ojos.

—Sí. Va a casarse conmigo.

Una voz masculina respondió.

Damián apretó la mandíbula.

—No, todavía no sabe nada.

Escuchó.

Después respondió:

—Porque si descubre la verdad antes de tiempo, todo se arruina.

Renata salió del edificio bajo la lluvia.

El chofer que Damián había enviado la esperaba junto a la acera.

—Señorita Salvatierra.

—No necesito que me lleven.

—El señor Ferraro indicó que debía acompañarla.

—Pues dígale al señor Ferraro que puede meterse sus indicaciones donde quiera.

El hombre bajó la mirada para ocultar una sonrisa.

—¿Dirección?

Renata suspiró.

—Recoleta.

Subió.

El automóvil se incorporó al tráfico.

Durante varios minutos no dijo una palabra.

Miraba por la ventana.

Las luces se deslizaban sobre el vidrio mojado.

Entonces su teléfono vibró.

Un mensaje.

Número desconocido.

Renata abrió la conversación.

Solo había una fotografía.

Ella.

Damián.

Seis años atrás.

Ambos abrazados frente al lago de San Martín de los Andes.

Renata sintió un nudo en el estómago.

Debajo de la fotografía había una frase:

“Antes de casarte con él, deberías saber quién destruyó realmente tu vida.”

Renata dejó de respirar durante unos segundos.

Escribió:

¿Quién eres?

La respuesta llegó inmediatamente.

“Alguien que estuvo allí aquella noche.”

Renata sintió frío.

Aquella noche.

La noche de la traición.




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