El Contrato del Deseo

CAPÍTULO 2 Una noche sin reglas

La lluvia había convertido las calles de Buenos Aires en un espejo de luces.

Renata permanecía sentada en el asiento trasero del automóvil, mirando por la ventana sin decir una palabra.

Damián estaba a su lado.

No la tocaba.

No hablaba.

Pero su presencia llenaba todo el espacio.

Después de lo ocurrido en el Hotel Mirador, había demasiadas preguntas flotando entre ambos.

Y demasiadas respuestas que todavía no habían llegado.

Renata cerró los ojos.

La imagen del video seguía repitiéndose en su cabeza.

Su padre.

Damián.

Aquella conversación.

La amenaza.

Y aquella frase que no conseguía olvidar:

Si realmente la amas, tendrás que hacer que Renata te odie.

Abrió los ojos.

—¿Por qué?

Damián miró hacia el frente.

—¿Por qué qué?

—¿Por qué nunca me dijiste la verdad?

Él permaneció callado.

—Seis años, Damián.

Su voz se quebró ligeramente.

—Seis años odiándote.

Damián giró lentamente hacia ella.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Renata lo enfrentó.

—Tú no sabes lo que fue despertar cada mañana pensando que la persona que amabas te había reemplazado por otra.

Damián apretó la mandíbula.

—Yo tampoco tuve una vida precisamente fácil.

—Pero estabas vivo.

—¿Y crees que eso significa que estaba bien?

Renata guardó silencio.

Damián miró nuevamente hacia la calle.

—Cada día que estuve lejos de ti pensé en regresar.

—¿Entonces por qué no lo hiciste?

—Porque tu padre cumplió su amenaza.

Renata sintió un escalofrío.

—¿Qué amenaza?

Damián no respondió.

—Damián.

—No puedo decírtelo todavía.

Ella soltó una risa amarga.

—Siempre lo mismo.

—Renata…

—No.

Se apartó.

—No vuelvas a decirme que lo haces para protegerme.

Damián la observó.

—¿Por qué?

—Porque estoy cansada de que todos decidan qué verdad puedo soportar.

El automóvil se detuvo.

Renata miró por la ventana.

No estaban frente a su departamento.

—¿Dónde estamos?

Damián bajó primero.

—En mi casa.

—Yo no acepté venir aquí.

—Lo sé.

—Entonces llévame a mi departamento.

Damián abrió la puerta.

—Después de los disparos de esta noche, no vas a dormir sola.

Renata salió.

Frente a ella se levantaba una enorme residencia ubicada en una zona privada de la ciudad. Piedra oscura, enormes ventanales, jardines iluminados y una entrada que parecía pertenecer a un hotel de lujo.

—¿Vives aquí?

—Desde hace tres años.

Renata observó la casa.

—No parece un hogar.

Damián la miró.

—Nunca dije que lo fuera.

Entraron.

Una mujer de unos cincuenta años apareció en el vestíbulo.

Cabello plateado recogido, traje impecable y una expresión que parecía capaz de atravesar cualquier mentira.

—Señor Ferraro.

—Elena.

Damián señaló a Renata.

—Ella se quedará aquí.

La mujer la observó.

Durante unos segundos no dijo nada.

Después sonrió.

—Bienvenida, señora Ferraro.

Renata quedó sorprendida.

—Todavía no soy su esposa.

Elena miró a Damián.

—Eso puede solucionarse en diez días.

Damián casi sonrió.

—Prepara la habitación azul.

—Ya está preparada.

Renata frunció el ceño.

—¿Cómo que ya está preparada?

Elena no respondió.

Damián intervino.

—Mandé preparar varias habitaciones esta semana.

Renata lo miró con sospecha.

—¿Esperabas que viniera?

—Esperaba que estuvieras a salvo.

Ella no contestó.

Subió las escaleras.

Pero antes de desaparecer en el pasillo, se volvió.

—Damián.

Él levantó la mirada.

—¿Qué?

—No vuelvas a entrar en mi habitación.

Él sostuvo su mirada.

—No lo haré.

Renata se marchó.

Elena esperó hasta que desapareció.

—Todavía la amas.

Damián no respondió.

—Se nota.

—No es asunto tuyo.

Elena suspiró.

—Entonces será mejor que aprendas a ocultarlo.

Damián miró hacia las escaleras.

—Es demasiado tarde para eso.

Renata cerró la puerta de la habitación.

Se apoyó contra ella.

Por primera vez desde que había salido del hotel, permitió que las lágrimas cayeran.

Se llevó una mano al pecho.

No entendía qué estaba pasando.

Había regresado a la vida de Damián convencida de que se trataba de una negociación.

Un matrimonio por contrato.

Una venganza.

Una alianza temporal.

Ahora todo parecía diferente.

Su padre estaba involucrado.

Damián había ocultado algo.

Mara había desaparecido.

Gael parecía conocer secretos que podían destruirlos.

Y alguien había intentado matarlos.

Renata caminó hasta el ventanal.

La ciudad brillaba frente a ella.

Entonces vio algo.

Una figura al otro lado del jardín.

Un hombre.

Estaba inmóvil bajo la lluvia.

Renata se acercó al cristal.

La figura levantó la cabeza.

Ella retrocedió.

Las luces exteriores se apagaron.

Renata sintió miedo.

Tomó su teléfono.

No tenía señal.

La puerta se abrió de golpe.

Damián entró.

—¿Qué pasó?

Renata señaló el jardín.

—Había alguien allí.

Damián miró hacia afuera.

—Quédate aquí.

—¿Adónde vas?

—A comprobarlo.

—Damián…

Él se acercó.

—Cierra la puerta.

Renata lo sujetó del brazo.

—No vayas.

Damián se detuvo.

Los dos quedaron muy cerca.

Demasiado cerca.

Renata sintió el calor de su cuerpo.

Durante unos segundos ninguno habló.

Los ojos de Damián bajaron hasta sus labios.

Ella lo notó.

Y él también.

—Esto no estaba en el contrato —susurró Renata.

—Lo sé.

—Entonces aléjate.




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