El Contrato del Deseo

CAPÍTULO 3 El secreto que nadie debía conocer

El teléfono seguía en la mano de Damián.

Renata no podía apartar los ojos de la pantalla.

Una sola frase había conseguido cambiarlo todo.

“No confíes en Damián. Él sabe quién es el padre de tu hijo.”

La habitación parecía haberse quedado sin aire.

Renata volvió a leer el mensaje.

Una vez.

Dos.

Tres.

Como si las palabras pudieran cambiar.

Como si al mirarlas durante suficiente tiempo fueran a convertirse en otra cosa.

Pero seguían allí.

Tu hijo.

Renata levantó lentamente la mirada.

Damián permanecía inmóvil.

Su rostro había perdido cualquier rastro de aquella seguridad que siempre parecía acompañarlo.

—¿Qué significa esto?

Él no contestó.

—Damián.

Silencio.

—Te pregunté qué significa.

Él respiró profundamente.

—No lo sé.

Renata soltó una risa nerviosa.

—¿No lo sabes?

—No.

—Entonces explícame por qué alguien te escribiría algo así.

—Porque quiere enfrentarnos.

—¿Quién?

Damián miró nuevamente el teléfono.

—No lo sé.

Renata se acercó.

—¿Sabes cuántas veces escuché esa respuesta durante estos últimos días?

—Renata…

—“No lo sé”. “Todavía no puedo decírtelo”. “Lo hago para protegerte”.

Su voz se quebró.

—Estoy cansada.

Damián dio un paso hacia ella.

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

—Sí lo sé.

—Entonces dime la verdad.

Damián la observó.

Durante unos segundos pareció estar a punto de hacerlo.

Pero finalmente negó con la cabeza.

—No puedo.

Renata sintió que algo dentro de ella se rompía.

—Entonces terminamos.

Damián frunció el ceño.

—¿Qué?

—El contrato.

—No.

—Todavía no estamos casados. Podemos romperlo.

—No puedes.

—¿Por qué?

Damián se acercó.

—Porque ya es demasiado tarde.

—¿Para qué?

Él guardó silencio.

Renata lo miró con desesperación.

—¿Qué sabes de mí?

Damián cerró los ojos.

—Más de lo que debería.

—¿Sabes algo sobre un embarazo?

Él no respondió.

Renata sintió un escalofrío.

—Damián…

Él abrió los ojos.

—No quiero hablar de esto ahora.

—Entonces es verdad.

—No dije eso.

—No necesitabas decirlo.

Renata retrocedió.

—¿Quién es el padre?

Damián quedó completamente inmóvil.

Aquella pregunta parecía haberle atravesado el pecho.

—Renata…

—¿Quién es?

—No puedo decírtelo.

Ella lo miró con lágrimas en los ojos.

—¿Porque no sabes?

—Porque sé demasiado.

Seis años antes.

Una pequeña clínica privada en Bariloche.

Renata despertó sobresaltada.

La luz blanca del techo le lastimaba los ojos.

Intentó incorporarse.

Una enfermera se acercó inmediatamente.

—Tranquila.

—¿Dónde estoy?

—En una clínica.

Renata llevó una mano a su cabeza.

—¿Qué pasó?

La enfermera intercambió una mirada con el médico.

—Tuviste un desmayo.

—¿Damián?

Nadie respondió.

—¿Dónde está Damián?

El médico se acercó.

—Necesitamos hablar contigo.

Renata sintió miedo.

—¿Qué sucede?

El médico dejó una carpeta sobre la cama.

—Los análisis indican que estás embarazada.

El mundo se detuvo.

Renata miró al hombre sin comprender.

—¿Qué?

—Tienes aproximadamente ocho semanas.

Renata llevó lentamente una mano a su abdomen.

No sabía qué decir.

Una mezcla de miedo y felicidad la atravesó.

Damián.

La primera persona en quien pensó fue él.

Sonrió entre lágrimas.

—Tengo que llamarlo.

El médico bajó la mirada.

—Renata…

—¿Qué?

—Hay un problema.

Presente.

Renata miraba a Damián.

—¿Qué ocurrió con mi embarazo?

Él no respondió.

—Damián, mírame.

Él la miró.

—¿Estuve embarazada?

La pregunta salió apenas como un susurro.

Damián cerró los ojos.

—Sí.

Renata retrocedió.

Todo su cuerpo comenzó a temblar.

—¿Cómo sabes?

—Porque estuve allí.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué?

—Estuve allí.

Renata negó con la cabeza.

—Eso es imposible.

—No.

—Yo desperté sola.

—Porque tu padre me obligó a irme.

—¿Y mi embarazo?

Damián tragó saliva.

—No lo sé.

—¡No me mientas!

—¡No estoy mintiendo!

El grito hizo eco en la habitación.

Ambos quedaron inmóviles.

Damián respiró profundamente.

—Me dijeron que habías perdido al bebé.

Renata sintió que las lágrimas comenzaban a caer.

—¿Quién te lo dijo?

—Tu padre.

—¿Y tú le creíste?

—No tuve opción.

—Siempre tienes una opción.

Damián se acercó.

—No cuando la amenaza es tu vida.

Renata levantó la mirada.

—¿Qué te dijo?

Damián permaneció callado.

—¿Qué te dijo mi padre?

—Que si intentaba buscarte, te matarían.

—¿Quiénes?

—Personas que estaban detrás de él.

—¿Y qué ocurrió con mi bebé?

Damián no respondió.

Renata lo empujó.

—¡Dímelo!

Él dejó que lo hiciera.

—No lo sé.

Renata comenzó a llorar.

—Seis años…

Se llevó las manos al rostro.

—Seis años creyendo que estaba sola.

Damián sintió que algo dentro de él se quebraba.

Se acercó.

Esta vez Renata no se apartó.

Él la abrazó.

Ella permaneció rígida durante unos segundos.

Después se aferró a su camisa.

Lloró contra su pecho.

Damián cerró los ojos.

Aquella era la mujer que había amado durante toda su vida.

La misma que había intentado olvidar.

La misma que ahora volvía a sus brazos.

—Perdóname —susurró.

Renata levantó el rostro.

—No sé si puedo.

—No te estoy pidiendo que lo hagas.




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