El Contrato del Deseo

CAPÍTULO 4 El precio de la verdad

El mensaje permanecía en la pantalla.

“Si quieren volver a verlo, tendrán que cancelar la boda.”

Renata lo leyó tantas veces que las palabras comenzaron a perder significado.

Solo una permanecía clavada en su mente.

Mateo.

El nombre del niño que podía ser suyo.

El hijo que había llorado durante seis años sin saber siquiera si alguna vez había existido.

El hijo que su padre le había hecho creer que había perdido.

El hijo que Damián había creído muerto.

Y ahora estaba vivo.

Renata levantó los ojos.

—Tenemos que ir por él.

Damián asintió.

—Sí.

—Ahora.

—Sí.

—Entonces cancela la boda.

Damián se quedó inmóvil.

Aquella frase cayó entre ambos como una bomba.

—Renata…

—El mensaje es claro.

—También puede ser una trampa.

—¿Y si no lo es?

—No voy a poner tu vida en riesgo.

Renata se acercó.

—Ya pusiste mi vida en riesgo hace seis años.

Damián bajó la mirada.

—Lo sé.

—Esta vez no vas a decidir por mí.

—No estoy decidiendo por ti.

—Entonces dime que cancelaremos la boda.

Damián no respondió.

Renata comprendió.

—No quieres hacerlo.

—No es tan sencillo.

—¿Por qué?

—Porque el contrato matrimonial no fue creado únicamente para nosotros.

—¿Qué significa eso?

Damián caminó hacia el ventanal.

La ciudad comenzaba a despertar.

—Hay una cláusula de sucesión.

Renata frunció el ceño.

—¿Qué clase de cláusula?

—Si cancelo el matrimonio antes de la fecha establecida, pierdo el control de una parte de la empresa.

—¿Y eso qué importa?

—Importa porque quien controle esas acciones controlará también los documentos que pueden demostrar quién estuvo detrás de lo ocurrido hace seis años.

Renata se quedó callada.

—Entonces todo esto…

—No es solamente un matrimonio.

—Es una batalla empresarial.

—Y familiar.

Renata sintió un escalofrío.

—Bruno.

Damián asintió.

—Bruno.

Dos horas después, un avión privado esperaba en un pequeño aeródromo al norte de Buenos Aires.

Renata descendió del automóvil.

El viento levantó ligeramente su cabello.

Damián caminaba detrás de ella.

—¿A dónde vamos exactamente?

—Montevideo.

—¿La doctora está allí?

—Sí.

—¿Y Mateo?

—También.

Renata se detuvo.

—Quiero hablar con ella antes de verlo.

—No sabemos si podremos.

—Entonces quiero intentarlo.

Damián la miró.

—Si ese niño es tu hijo…

Renata cerró los ojos.

No necesitaba escuchar el resto.

—No digas nada.

—Renata…

—No quiero imaginarlo todavía.

—¿Por qué?

—Porque si lo imagino y después descubro que no es él…

La voz se le quebró.

Damián se acercó.

—No voy a dejar que vuelvas a pasar por eso sola.

Ella lo miró.

—Eso es lo que dijiste hace seis años.

Damián recibió aquellas palabras como una herida.

—Esta vez es diferente.

—¿Por qué?

—Porque esta vez sé que te amo.

Renata quedó inmóvil.

Damián también pareció sorprenderse de haberlo dicho.

Durante unos segundos, ninguno habló.

El viento pasó entre ellos.

—Sube al avión —dijo él finalmente.

Renata lo siguió.

Durante el vuelo, Renata permaneció junto a la ventana.

Damián estaba frente a ella.

Los dos evitaban mirarse.

Pero el silencio estaba lleno de cosas que ninguno se atrevía a pronunciar.

Finalmente Renata habló.

—¿Cómo era?

—¿Quién?

—Mateo.

Damián la observó.

—No lo sé.

—Lo viste.

—Una sola vez.

—¿Cómo era?

Damián recordó.

—Tenía los ojos claros.

Renata sintió un nudo en la garganta.

—¿Como los míos?

—Sí.

Ella bajó la mirada.

—¿Y el cabello?

—Oscuro.

Renata se tocó el suyo.

—Como el mío.

Damián asintió.

—También tenía una pequeña marca junto a la oreja izquierda.

Renata levantó la cabeza.

—Yo tengo una igual.

Damián la miró fijamente.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Porque cuando eras niña tu padre me mostró una fotografía tuya.

Renata sintió un escalofrío.

—¿Por qué haría eso?

—Porque quería que entendiera cuánto podía perder si no obedecía.

Ella cerró los ojos.

—Mi padre estaba enfermo.

—No.

Damián negó.

—Tu padre era peligroso.

—Era mi padre.

—Y también fue el hombre que destruyó nuestras vidas.

Renata lo miró.

—No quiero odiarlo.

—No tienes que hacerlo.

—Pero necesito entenderlo.

Damián extendió la mano sobre la mesa.

No la tocó.

—Lo entenderemos juntos.

Renata miró su mano.

Después la tomó.

Fue un gesto pequeño.

Pero para ambos significó demasiado.

Montevideo los recibió con un cielo gris.

Un automóvil los esperaba.

El conductor era un hombre de unos cuarenta años, de rostro serio.

—Señor Ferraro.

—¿Quién eres?

Santiago Ledesma.

Damián frunció el ceño.

—No esperaba un conductor.

—La doctora Valdés pidió que los recogiera.

Renata miró a Damián.

—¿Podemos confiar en él?

Santiago respondió:

—No deberían confiar en nadie.

Damián abrió la puerta trasera.

—Suban.

Durante el trayecto, Renata observó las calles.

Santiago conducía sin hablar.

Finalmente Damián preguntó:

—¿Cuánto falta?

—Veinticinco minutos.

—¿Dónde está la doctora?

—En una casa cerca de Punta Ballena.

Renata frunció el ceño.

—¿Vive allí?

—Desde hace cuatro años.

—¿Y Mateo?

Santiago miró por el espejo.

—También.

Renata sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.

—¿Usted lo conoce?




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