El Contrato del Deseo

CAPÍTULO 5 El hombre que debía estar muerto

Renata dejó caer el teléfono.

No escuchó el golpe contra el suelo.

No escuchó a Irene llamarla.

Ni siquiera escuchó a Damián cuando pronunció su nombre.

Solo podía mirar aquella fotografía.

Una y otra vez.

El hombre que aparecía junto a Mateo era imposible.

Su padre.

Esteban Salvatierra.

Muerto.

Enterrado.

Llorado.

Convertido en recuerdo.

Pero allí estaba.

Vivo.

De pie.

Junto al niño que Renata había creído muerto durante seis años.

—No… —susurró.

Damián recogió el teléfono.

Amplió la fotografía.

Su rostro se endureció.

—Es él.

Renata negó con la cabeza.

—No puede ser.

—Lo es.

—Mi padre murió.

—Renata…

—¡Mi padre murió!

Su voz se quebró.

Irene bajó la mirada.

Damián se acercó.

—Tenemos que salir de aquí.

Renata lo miró.

—¿Por qué?

—Porque si Esteban está vivo, todo lo que creíamos saber acaba de cambiar.

—¿Y Mateo?

—Vamos a encontrarlo.

—¿Y mi padre?

Damián la miró fijamente.

—También.

Renata respiró profundamente.

—No quiero que lo mates.

Damián se quedó inmóvil.

—Nunca dije que fuera a hacerlo.

—Pero lo estás pensando.

Él desvió la mirada.

Renata se acercó.

—Prométemelo.

Damián tardó en responder.

—Te lo prometo.

Ella asintió.

Pero ninguno de los dos sabía cuánto iba a costar cumplir aquella promesa.

Regresaron a Buenos Aires esa misma noche.

Durante el vuelo, Renata permaneció en silencio.

Damián la observaba desde el otro extremo de la cabina.

Había algo diferente en ella.

Ya no era solamente la mujer que había regresado a su vida.

Ahora era una madre que acababa de descubrir que su hijo estaba vivo.

Una hija que acababa de descubrir que su padre había fingido su muerte.

Y una mujer que comenzaba a comprender que toda su historia podía haber sido construida sobre mentiras.

Damián se levantó.

Se sentó frente a ella.

—Tienes que dormir.

—No puedo.

—Lo sé.

—Cada vez que cierro los ojos veo la fotografía.

Damián permaneció callado.

—¿Por qué me mintieron?

—Porque alguien necesitaba que creyeras que Mateo había muerto.

—¿Quién?

—Todavía no lo sabemos.

—Mara dijo que Bruno lo tenía.

—Quizás Bruno solo sea una pieza.

Renata levantó la mirada.

—¿Y mi padre?

—También puede ser una pieza.

—No.

Damián negó.

—Puede ser el hombre detrás de todo.

Renata sintió una punzada.

—No quiero creer eso.

—Lo sé.

—Era mi padre.

—También era mi enemigo.

—No para mí.

Damián la observó.

—Eso es lo que él utilizó para destruirte.

Renata bajó la mirada.

—¿Por qué tú?

—¿Qué?

—¿Por qué te eligió a ti para protegerme?

Damián respiró profundamente.

—Porque sabía que yo moriría antes de permitir que te hicieran daño.

Renata sintió que su corazón se aceleraba.

—¿Todavía lo harías?

Damián sostuvo sus ojos.

—Sin pensarlo.

El silencio cambió.

Renata extendió lentamente la mano.

Damián la tomó.

No dijeron nada.

Pero aquel contacto fue suficiente.

Durante seis años habían vivido separados.

Ahora estaban sentados a pocos centímetros.

Y aunque todo había cambiado, la atracción seguía allí.

Más fuerte.

Más peligrosa.

Renata se acercó.

Damián no se movió.

Sus labios estuvieron a punto de encontrarse.

Pero el piloto anunció el descenso.

Ambos se apartaron.

Renata sonrió débilmente.

—El destino tiene mal sentido del humor.

Damián respondió:

—O demasiado buen sentido.

Apenas llegaron a la residencia, Damián recibió una llamada.

—¿Sí?

Era Nicolás Arce, jefe de seguridad de Ferraro Holdings.

—Señor Ferraro, encontramos algo.

—Habla.

—Revisamos las cámaras del hotel y las de los últimos movimientos de Mara.

—¿Y?

—No fue Bruno quien organizó el encuentro.

Damián frunció el ceño.

—¿Entonces quién?

—Alguien de su propia empresa.

Damián se quedó inmóvil.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Quién?

—Necesito que venga personalmente.

—Voy para allá.

Renata lo miró.

—¿Qué sucede?

—Tenemos un infiltrado.

—¿En Ferraro Holdings?

Damián asintió.

—Alguien está trabajando para ellos desde dentro.

—¿Y si sabe dónde está Mateo?

—Entonces tenemos que encontrarlo antes que ellos.

La sede de Ferraro Holdings estaba casi vacía.

Era pasada la medianoche.

Los ascensores funcionaban en silencio.

Damián y Renata entraron al piso ejecutivo.

Nicolás los esperaba.

—Señor.

—¿Qué encontraste?

Nicolás colocó una computadora portátil sobre la mesa.

—Estas son las grabaciones.

Reprodujo un video.

Un hombre caminaba por uno de los pasillos.

Damián frunció el ceño.

—Acércalo.

Nicolás amplió la imagen.

Renata reconoció el rostro.

—Yo conozco a ese hombre.

Damián la miró.

—¿Quién es?

Iván Soria.

—¿De dónde?

—Trabajaba para mi padre.

Nicolás intervino:

—Ahora trabaja aquí.

Damián se quedó helado.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace cuatro años.

Renata comprendió.

—Cuatro años…

Damián la miró.

—¿Qué?

—Mi padre murió hace tres años.

—Exactamente.

Renata sintió un escalofrío.

—Entonces Iván comenzó a trabajar aquí un año antes de la muerte de mi padre.

Nicolás asintió.

—Y durante todo este tiempo tuvo acceso a información privada de la empresa.

Damián cerró la computadora.

—Encuéntrenlo.

Pero Iván ya sabía que lo buscaban.




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