El contrato del Odio

Capítulo 2:Dieciocho meses de infierno (primer mes)

El primer día en Castell Creative fue una ejecución pública disfrazada de reunión de integración.

Leonardo me asignó un cubículo. Un maldito cubículo, después de haber tenido una esquina con vista al parque. Lo hizo delante de todo el equipo creativo, con un tono casual que no engañaba a nadie.

—Ríos, tienes experiencia, pero aquí las reglas son otras. Empiezas desde abajo. Gánate el respeto de tu equipo y quizá… —me miró por encima del hombro, con esa maldita media sonrisa— …quizá te devuelva una silla con respaldo.

Los susurros comenzaron de inmediato. La que estuvo en la lista de los 30 under 30. La que le ganó tres premios a Castell. Ahora está aquí, debajo de él. Humillación. Eso era. Un hombre acostumbrado a ganar, asegurándose de que todos supieran quién había perdido.

Pero lo que Leonardo no esperaba era que yo no solo iba a aguantar. Iba a hacer que cada día fuera una batalla.

A la semana, presenté una campaña para un cliente clave que él llevaba años intentando retener. Mi propuesta era tan brillante que el cliente la aprobó en veinte minutos, ignorando por completo la opción que el equipo de Castell había preparado durante meses.

Leonardo me llamó a su oficina al final del día.

Cerró la puerta con un golpe seco.

—Esa campaña —dijo, apoyando las manos en su escritorio, con los nudillos blancos— la presentaste sin mi autorización.

—La presenté en tiempo y forma. Si usted no estaba enterado, tal vez debería revisar sus sistemas de comunicación interna.

—No te hagas la ingenua. —Se acercó, y esta vez no había distancia profesional. Me tenía contra la puerta, su cuerpo bloqueando cualquier salida, el calor de él envolviéndome como un puño—. Querías humillarme. Querías que todos vieran que la que tú llamas “mediocre” tiene que recurrir a la mujer a la que destruyó para salvar su propia cuenta.

Levanté la barbilla. Nuestras caras estaban a centímetros.

—No te humillé, Castell. Solo te recordé por qué me odias. —Mi voz salió más baja de lo que pretendía, más íntima—. Porque sabes que soy tan buena como tú. O mejor.

Su mandíbula se tensó. Pero en sus ojos —esos verdes que ahora estaban oscurecidos por algo que no era solo ira— vi algo más. Algo que se retorcía en su pecho, que intentaba sofocar.

—Te voy a vigilar cada segundo —susurró—. Vas a pedir permiso para respirar. Y cuando cometas un error, te echaré con tal estrépito que ninguna agencia en este país volverá a mirarte.

—Entonces tendrás que estar muy cerca —respondí, sin pestañear—. Porque yo no cometo errores.

El silencio se hizo eléctrico. Tan denso que podía sentir el pulso de él, o quizá era el mío, golpeando en mi garganta. Leonardo no se movió. Yo tampoco. Algo en el aire cambió, algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a nombrar.

Finalmente, él se apartó. Dio un paso atrás, pasándose una mano por el cabello, desordenando esa perfección calculada.

—Vete de mi oficina —dijo, con la voz rota en algún lugar entre la furia y algo mucho más peligroso.

Salí. Mis piernas temblaban. Pero no de miedo. No.




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