El contrato del Odio

Capítulo 3: La jaula de oro

Todo cambió un viernes por la noche.

Un escándalo falso pero viral lo acusó de acoso laboral. Las acciones de Castell Creative cayeron en picada. La junta directiva, presa del pánico, exigió una solución inmediata. Y la solución, como descubrí al ser convocada a una reunión de emergencia, era yo.

—Necesitamos reconstruir su imagen —dijo el presidente de la junta, un hombre de sesenta años que me miraba como si fuera una pieza en un tablero—. Y la mejor manera es mostrar estabilidad. Compromiso. Familia.

Leonardo, sentado al otro lado de la mesa, tenía el rostro pétreo.

—No vamos a hacer eso.

—Ya lo decidimos. —El presidente deslizó un documento hacia él—. Valentina aceptará un contrato de relación pública. Vivirán juntos durante seis meses. Aparecerán en eventos. Harán creíble que están enamorados. Y cuando la tormenta pase, terminan el acuerdo con un “mutuo acuerdo” y nadie sale lastimado.

Me quedé helada.

—¿Me está pidiendo que finja estar enamorada de él?

—Se lo estamos pidiendo, señorita Ríos, a cambio de un aumento del trescientos por ciento de su salario, la propiedad de su antigua empresa de vuelta, y el puesto de directora creativa global que siempre mereció.

Mi cabeza daba vueltas. Todo lo que había perdido, de vuelta. Pero a cambio de…

Miré a Leonardo. Él ya me estaba mirando. Y en sus ojos no vi el odio que esperaba. Vi algo que me heló la sangre: estaba considerándolo. Porque también a él le ofrecían algo que no podía rechazar: salvar su imperio.

—Esto es demencial —dije, pero mi voz no sonó tan firme como quería.

—Es el negocio —respondió él, levantándose de su silla con esa lentitud felina—. Y en los negocios, Ríos, tú y yo siempre hemos sido los mejores. —Se acercó a mí, ofreciéndome la mano—. ¿Qué dices? ¿Seis meses de infierno fingido a cambio de todo lo que siempre quisiste?

Su palma estaba abierta. Cálida. Un pacto que olía a peligro, a tentación, a la línea más delgada que jamás había caminado.

Lo tomé.

Y sentí su pulso acelerarse. O quizá fue el mío.




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