La convivencia comenzó con reglas absurdas escritas en una pizarra de la cocina: Nada de tocar, nada de insinuaciones, nada de entrar al baño del otro sin avisar. La primera noche, Leonardo ocupó la habitación principal y yo la de invitados, separados por un pasillo que parecía un campo de batalla.
Pero las batallas, cuando vives con tu enemigo, cambian de forma.
Ya no eran reuniones o campañas. Eran él preparándome café antes de que yo bajara, con la medida exacta que tomaba, sin que yo nunca se lo hubiera dicho. Era yo dejándole post-its en su maletín con correcciones a sus discursos, y él usándolos palabra por palabra en sus conferencias. Era la risa que se me escapó una noche viéndolo intentar arreglar la cafetera y terminar empapado, y su mirada al oírme reír, tan genuina que por un segundo se olvidó de odiarme.
El primer beso no fue planeado.
Fue en un evento benéfico, bajo las luces de los flashes, con las manos de él en mi cintura y mi vestido rojo rozando sus piernas. Era parte del guion: la pareja perfecta. Pero cuando sus labios bajaron a mi oído para susurrarme “sonríe, nos están mirando”, su aliento quemó mi piel y algo se rompió dentro de mí.
—Vámonos —dije, con la voz ronca.
—Todavía no —respondió él, pero sus dedos apretaron mi cadera, y su mirada ya no era parte de la actuación.
En el coche, de regreso, no hablamos. El silencio era una cuerda tensa. Subimos al apartamento, caminamos hasta el pasillo que dividía nuestras habitaciones, y allí nos detuvimos. Frente a frente.
—Buenas noches —dijo él, pero no se movió.
—Buenas noches —respondí, y tampoco me moví.
Entonces él levantó una mano, lentamente, como si se acercara a un animal salvaje, y rozó mi mejilla con sus nudillos. El contacto duró un segundo. Un segundo en el que el mundo entero se redujo a la electricidad entre su piel y la mía.
—Esto no es real —susurró, pero sus ojos decían lo contrario.
—No —mentí.
Y él, maldito sea, me creyó.
Editado: 27.03.2026