El Contrato que cambió al Ceo

Capitulo 2

El aroma a pintura de agua, galletas horneadas y plastilina fresca impregnaba el salón principal del Centro Infantil Pequeños Pasos. Era un espacio amplio, bañado por la luz natural que filtraba el ventanal del jardín, decorado con dibujos de colores pegados en las paredes y alfombras de goma con forma de rompecabezas. En medio de ese desorden coordinado, Sofía Morales se encontraba de rodillas, con las mangas de su blusa de lino arremangadas hasta los codos y una mancha de témpera amarilla en la mejilla derecha.

​—Mira, Sofi, un árbol azul —dijo una niña de trenzas, mostrándole una hoja empapada.

​—Es el árbol azul más bonito que he visto en toda mi vida, Clara —respondió Sofía con una sonrisa cálida, acomodándole un mechón de pelo detrás de la oreja—. Ponlo a secar cerca de la ventana para que el sol le dé brillo.

​A sus veinticinco años, Sofía poseía una paciencia casi infinita, moldeada por la crianza en el campo y el trabajo diario con más de quince niños que dependían de su cuidado. Sin embargo, detrás de la expresión serena y la risa fácil que regalaba a sus alumnos, llevaba semanas arrastrando un peso insoportable sobre las espaldas. Esa misma mañana había recibido la tercera carta de advertencia de la entidad bancaria: si no saldaba el atraso de tres cuotas consecutivas de la hipoteca de la finca familiar antes de que terminara el mes, el banco iniciaría el proceso de remate. La casa de sus padres, el terreno donde su familia había trabajado durante décadas, estaba al borde de la pérdida definitiva.

​Sofía suspiró en silencio, ajustándose la pulsera de hilo que le había tejido su madre, y se puso de pie para recorrer con la mirada el salón. En el rincón más tranquilo, sobre una pequeña alfombra circular, un niño de cabello castaño jugaba en solitario con un tren de madera.

​Era Leo.

​A diferencia del infierno de gritos y llanto que solía desencadenar en su casa o en la oficina de su tío, allí el pequeño parecía transformarse. En Pequeños Pasos no había muebles de caoba imposibles de tocar ni adultos con prisa revisando informes millonarios. Estaba Sofía. Ella había sido la única capaz de entender que detrás de las pataletas de Leo no había malicia, sino el duelo desgarrador de un niño de cuatro años que no comprendía por qué sus padres ya no volvían a buscarlo.

​Sofía caminó a pasos lentos y se sentó en el suelo, cruzando las piernas frente a él.

​—El tren va muy rápido hoy, Leo —comentó con suavidad, sin invadir su espacio.

​El niño detuvo la locomotora, levantó sus enormes ojos marrones y, por primera vez en todo el día, una ligera sonrisa asomó en sus labios.

​—Va a la finca de los abuelos —dijo Leo con su voz infantil—. Donde hay caballos y no hay ordenadores rotos.

​Sofía soltó una pequeña risa y le revolvió el cabello con ternura.

​—Un gran destino. ¿Puedo subir un vagón de carga?

​—Solo si lleva manzanas —concedió el niño, entregándole una pieza de madera.

​Durante casi dos horas, el tiempo pareció detenerse. Leo se mostró tranquilo, atento y colaborativo, algo que las demás educadoras consideraban un milagro dada la reputación de "niño difícil" que le habían colgado tras el trágico accidente de sus padres. Sofía sabía que Leo no necesitaba disciplina militar; necesitaba contención, mirada fija y respuestas sinceras.

​El reloj de pared marcaba casi las cinco de la tarde. Los demás niños ya habían sido recogidos por sus padres, y las luces del pasillo central empezaban a apagarse. Leo permanecía junto a Sofía, ayudándola a guardar los bloques de madera en sus cajas correspondientes, cuando el rugido metálico de un motor de alta gama retumbó en la entrada del establecimiento.

​Segundos después, la puerta de madera del salón se abrió de golpe, estrellándose ligeramente contra el tope de goma.

​Damián Vaughn cruzó el umbral.

​Aún vestía el impecable traje oscuro de la mañana, aunque la chaqueta estaba desabotonada y la corbata ligeramente torcida, el único indicio del caos que había consumido su día tras la citación judicial. Su postura era rígida, dominante, y sus ojos oscuros escanearon la habitación con una impaciencia feroz que hizo que el ambiente cálido del salón se enfriara al instante.

​Leo, al ver a su tío, soltó el bloque de madera que tenía en la mano y se encogió instintivamente detrás de las piernas de Sofía, sujetando con fuerza la tela de su pantalón.

​Damián avanzó con pasos largos y firmes, haciendo crujir las suelas de sus zapatos sobre el piso de goma.

​—Nos vamos, Leo. Ahora —ordenó Damián, sin molestarse en saludar ni en bajar el volumen de su voz ejecutiva—. Tu equipaje. No tengo tiempo para retrasos.

​El niño apretó la cara contra la espalda de Sofía y negó con la cabeza en silencio.

​Sofía sintió un chispazo de indignación que le recorrió la espina dorsal. Se levantó con calma, protegiendo al niño a sus espaldas, y miró al hombre directamente a los ojos. Se encontró con una mirada dura, acostumbrada a mandar sin ser cuestionada, pero no dio un solo paso atrás.

​—Buenas tardes para usted también —dijo Sofía, manteniendo un tono helado pero educado—. La guardería exige que los tutores se identifiquen y firmen el libro de salida antes de retirar a cualquier menor.

​Damián la miró de arriba abajo. Reparó en la mancha de pintura en la mejilla de la joven, en su ropa sencilla y en la audacia con la que sostenía su mirada. Para un hombre acostumbrado a que los directores de banco sudaran en su presencia, la actitud de esa mujer resultaba sencillamente insolente.

​—Sé perfectamente quién soy y de quién es la custodia de este niño —contestó Damián, sacando un bolígrafo de su bolsillo interior con un gesto brusco—. No necesito un sermón sobre protocolos escolares. Firmo lo que tenga que firmar y nos marchamos. Tengo una reunión de emergencia en veinte minutos.

​—Pues me temo que su reunión tendrá que esperar un minuto, señor Vaughn —repuso Sofía, cruzándose de brazos—. Leo ha tenido un día estupendo. Ha estado tranquilo, ha comido su merienda y ha jugado sin ningún problema. Sin embargo, basta con que usted ponga un pie en esta habitación con esa actitud de sargento para que el niño vuelva a aterrorizarse.




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