El Corazón Del Coronel

VII

Después de varios minutos en los que Aria intentó controlar la temperatura, llegaron con el té. Aria dio un sorbo, asegurándose de que lo hubieran preparado correctamente.

—¿Nos faltó algo? —preguntó la mujer al ver la mueca en su rostro.

—No, lo hicieron bien. Solo está más caliente de lo que esperaba —comentó ella mientras se había quemado el labio superior—. Señor Lion, ayúdeme a levantarlo para que lo tome.

—Por supuesto —contestó, acercándose para ayudarla, no sin antes enfriar un poco el té para que el coronel pudiera beberlo.

Poco a poco fueron dándoselo. El coronel parecía estar más o menos consciente por momentos, y en esos instantes se negaba a tomarlo, pero Aria siguió insistiendo hasta conseguir que bebiera casi todo.

Continuaron con las compresas un rato más hasta que la fiebre por fin empezó a ceder.

—Gracias a Dios, la fiebre está bajando —comentó la mujer con alivio.

—Sí —afirmó Aria, sintiendo también el pulso del coronel, que ya estaba más estable—. No significa que no vuelva a subir, así que hay que mantenerse pendientes durante la noche.

Ambos asintieron.

—Dijeron que mi maleta está en la habitación de al lado. ¿Esa será mi habitación? —preguntó.

—S... sí —contestó la mujer—. El coronel indicó que esa sería su habitación, señora.

—De acuerdo. Iré un momento a cambiarme. Ya regreso.

Salió de la habitación antes de que alguno pudiera decir algo.

En la habitación, su ropa seguía sobre la cama, tan cuidadosamente doblada como había quedado dentro de la maleta. Aria recordó entonces la poca ropa que poseía.

Además de los dos vestidos que doña Leticia le había comprado por puro compromiso, y que además le quedaban pequeños, tenía otros tres ya bastante viejos. Elizabeth, por su parte, la había sorprendido con uno más. Según sus palabras, era para que no la olvidara, aunque Aria no necesitaba un vestido para recordarla.

Ellas habían sido las únicas personas amables que había conocido desde que llegó a la casa de su tío.

Cambió el vestido de novia, que se había ensuciado con la sangre y otros fluidos de la herida del coronel, por uno de los vestidos nuevos, acomodándolo de la mejor manera para que no se notara demasiado que no estaba hecho para su cuerpo.

Después regresó a la habitación para continuar cuidando del coronel.

El resto de la noche permaneció junto a él acompañada por la señora que, más tarde, le dijo llamarse Julian. Era la ama de llaves de la casa y también la dama de compañía de la madre del coronel.

Aria pasó la noche en vela vigilando su temperatura, asegurándose de que la fiebre no regresara y acomodándolo cada vez que el dolor lo hacía moverse incómodo. Julian permaneció con ella por si necesitaba cualquier cosa. En varias ocasiones le ofreció quedarse al cuidado del coronel para que pudiera descansar un poco, pero Aria siempre se negó alegando que no estaba cansada.

En algún momento de la madrugada, Julian terminó quedándose dormida.

Despertó cuando los primeros rayos de sol comenzaron a filtrarse entre las cortinas.

Su mirada fue directamente hacia el coronel, que seguía dormido con una expresión tranquila como no la había visto en muchos meses.

A su lado, sentada en una silla que había acercado a la cama, permanecía Aria.

Observaba en silencio cada leve movimiento de su pecho al respirar.

Aria giró la cabeza al notar que Julian había despertado.

—Ah, buenos días —la saludó con una amable sonrisa—. ¿Podría indicarme dónde está la cocina, por favor? Quiero prepararle un caldo al coronel.

—¿Un caldo?

—Sí. El coronel necesita algo nutritivo para recuperar fuerzas, pero que no sea demasiado pesado para su estómago.

—Puedo llamar a una de las chicas para que lo prepare. Solo díganos qué...

—Quiero prepararlo personalmente —respondió Aria con calma—. No es que desconfíe de las personas que trabajan aquí. Simplemente quiero hacerlo yo misma.

Luego volvió a preguntar:

—¿Me lleva a la cocina?

—Sí, como usted quiera, señora.

Aunque seguía muy sorprendida por aquella petición.

Salieron de la habitación en silencio.

Aria la siguió escaleras abajo hasta el primer piso, atravesando varios pasillos e impresionándose por la inmensidad y la elegancia de la mansión.

Aquel lugar era todo lo que la mansión Valdez aspiraba a ser, pero nunca había tenido los recursos suficientes para conseguirlo.

En la cocina, los empleados ya trabajaban preparando todo para el día. Apenas ambas entraron, todos se detuvieron con expresión preocupada, temiendo que algo hubiera ocurrido con el coronel.

—El coronel está bien. Sigue descansando —anunció Julian.

Un suspiro colectivo recorrió la cocina.

—¿Necesita algo, señora? No comió nada ayer —preguntó una de las jóvenes que el día anterior le había llevado los paños.

—No, gracias. No tengo hambre. Vine porque quiero prepararle un caldo al coronel para cuando despierte.

Los presentes intercambiaron miradas de sorpresa.

Hasta donde sabían, Aria pertenecía a una buena familia. Mujeres como ella no solían conocer el trabajo de una cocina, mucho menos saber tratar heridas o mantener la serenidad frente a una lesión tan grave como la del coronel.

—¿Dónde están los delantales? —preguntó Aria.

El silencio se prolongó apenas unos segundos antes de que una de las mujeres reaccionara.

—Aquí tiene, señora.

—Gracias.

Se lo ató a la cintura.

—Por favor, continúen con su trabajo. Solo necesito que me indiquen dónde está la despensa.

Mientras buscaba los ingredientes, la cocina recuperó poco a poco su actividad. Sin embargo, más de uno seguía observándola de reojo, incapaz de comprender cómo una joven criada entre comodidades podía desenvolverse allí con tanta naturalidad.

—Señora Julian —dijo Aria—, regrese con el coronel por si necesita algo.

—Sí, por supuesto.




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