La habitación frente a ella era tan grande como la habitación del coronel, pero con colores más cálidos y con todas las ventanas abiertas, dejando que toda la luz entrara. Cerca de una de las grandes ventanas, sentada en un pequeño desayunador, estaba una mujer mayor, con los mismos ojos que el coronel, que la miraban con amabilidad.
—Buenos días, señora Salazar —saludó Aria, cortés y con la mirada baja.
—Ahhh, por favor, no seas tan formal —le dijo ella con voz animada y ligera, dejando a Aria un tanto confundida—. Acércate, querida, no muerdo.
Aún con los nervios de punta, Aria se acercó.
—¿Necesita algo más de mí, señora? —le preguntó Julia.
—Por el momento nada más, gracias —contestó ella.
La mujer asintió y las dejó solas.
—Bien —dijo la mujer, tomando las manos de la joven, que se sobresaltó un poco ante el acto—. Esto debió de ser ayer, pero fue un día ajetreado. Bienvenida a la familia Salazar, Aria.
—G... gracias —murmuró la joven en medio de la sorpresa por el trato tan amable de aquella mujer.
La señora Salazar era muy diferente a lo que había esperado. Imaginaba a una mujer dura, de porte imponente, siempre perfectamente arreglada, con un peinado impecable y joyas, además de una expresión afilada y calculadora. En cambio, la mujer frente a ella tenía una expresión amable y cálida.
Tenía apariencia de recién levantada, con una bata de seda de color rosa y el cabello suelto, apenas peinado.
—Sé que todo ha sido muy repentino para ambos, porque mi niño también se enteró pocos días antes de la boda —le contó.
Aria apenas pudo controlar su expresión cuando la escuchó referirse al coronel como "niño".
—¿Cómo pasó la noche? Según supe, lo atendiste tú y no el médico —comentó.
—Ahhh... —Aria abrió la boca sin saber qué decir. No se suponía que ella supiera del estado de salud del coronel.
—Mi Hugo es la cabeza de esta familia, el señor de esta casa y su palabra no se cuestiona, pero yo soy su madre y es mi derecho saber todo lo que le pasa —dijo ella con seguridad.
Aria dudó un momento en hablar, pero al final le contó la condición del coronel la noche anterior. Ella tenía razón: como madre, tenía derecho a saber de la salud de su hijo.
—Tenía mis dudas respecto a ti —le dijo la señora Salazar—. Siendo tan joven, no pensé que tuvieras el carácter para ser la esposa de mi hijo, pero viendo esos ojitos cansados, me parece que no estuve del todo mal —comentó, mirándola con genuino reconocimiento, agradecimiento y orgullo—. Escucha bien, yo lo amo y todo; es mi niño amado, pero es muy terco y también gruñón, como lo era su padre. Así que te pido, por favor, que, a pesar de todo eso, lo sigas cuidando y le tengas mucha paciencia, ¿sí?
—Por supuesto, señora Salazar —le aseguró Aria.
—No seas tan formal. Ahora eres parte de la familia; es más, al fin tengo una hija. Así que, a partir de ahora, dime madre —le dijo ella con entusiasmo, dejando a Aria aún más desconcertada.
—E... está bien, madre.
Del otro lado de la mansión Salazar, el coronel empezó a abrir los ojos. Apenas consciente, examinó el espacio. Estaba en su habitación. Recordaba vagamente los últimos acontecimientos del día anterior. Estaba regresando a la mansión en el auto, con un dolor insoportable en la pierna.
Su pierna.
Algo se sentía diferente en ella. Para empezar, en el ambiente había algo que ya no estaba: aquel podrido olor había desaparecido. Y, no menos importante aún, el dolor no era igual. No es que hubiera desaparecido, porque aún seguía sintiendo una punzada que le atravesaba la pierna, pero era diferente. Antes sentía como si la pierna le fuera a reventar, pero ya no era el caso.
Ayudándose de sus brazos, empezó a incorporarse, notando a su vez que lo habían desvestido casi por completo. Solo le habían dejado la ropa interior.
—Coronel, permítame ayudarlo —dijo Lion, acercándose enseguida para acomodar las almohadas en su espalda.
Julia, que también estaba en la habitación, suspiró aliviada y agradecida de que ya hubiera despertado.
—Iré a avisar que ya despertó —dijo la rubia.
Lion asintió.
Hugo no prestó demasiada atención a su empleado de mayor confianza, pues miraba de manera incrédula su pierna. Aquellas vendas sucias ya no estaban. Solo una pequeña gasa reposaba sobre la herida. La apartó. Era la primera vez que veía realmente la herida.
Tenía unos veinte centímetros de largo y unos seis de ancho. Además, era preocupantemente profunda, con los músculos y demás tejidos visibles, pero, a diferencia de antes, estaba limpia. Completamente limpia.
—¿Se siente mal? ¿Le duele mucho? —le preguntó Lion, preocupado.
—No. Ya no duele tanto como antes —contestó Hugo, sorprendiéndose él mismo ante aquella respuesta—. ¿Qué sucedió ayer? Recuerdo vagamente llegar y que pedían llamar al médico. ¿Qué cambió? ¿Por qué el médico decidió limpiar la herida después de tanto tiempo?
—No fue el doctor, coronel. Fue la señora Salazar —le dijo Lion.
—¿Mi madre lo hizo? —preguntó el coronel, pasmado.
Ni siquiera su madre era capaz de acercarse a él sin hacer una mueca de molestia ante el olor. ¿Cómo había sido capaz de limpiar aquello?
—No, no su madre. Su esposa, coronel —le dijo el hombre.
Al coronel Salazar le tomó un momento asimilar aquello. También recordar que justamente cuando el dolor se volvió completamente insoportable y sentía que se congelaba, estaba regresando a casa luego de su ceremonia de matrimonio con aquella joven que, particularmente, no lo observó con miedo ni repulsión.
—¿Por qué hizo eso? ¿Quién le dijo que lo hiciera? —le preguntó a su jefe de personal.
Desde hacía meses nadie tocaba aquella herida. El único cuidado que su médico había indicado era que las vendas fueran cambiadas cada pocos días, pero nada más. Poco a poco, la herida se había convertido en aquella cosa grotesca y de olor hediondo.
#27 en Novela romántica
#5 en Otros
#1 en Novela histórica
proximidad forzada, esposo frio y posesivo, matrimonio falso amor deseo
Editado: 30.09.2026