Al mismo tiempo que Julián y Lion salían de la habitación para dejarlos solos, Aria se acercó al coronel, quedando de pie al lado de la cama.
—¿Cómo se encuentra, coronel? —le preguntó con genuino interés.
Hugo la miró por un momento. Ella parecía incluso más joven que el día anterior, aunque también mucho más cansada. Bajo sus ojos había oscuras manchas que evidenciaban lo que ya le habían contado. Además, permanecía allí de pie, tan calmada, como si frente a ella no hubiera un hombre apenas vestido y lleno de cicatrices de guerra. Estaba allí como si nada.
—Mejor, y al parecer es gracias a usted —comentó, mirándola directamente. Ella también le sostenía la mirada, impasible—. ¿Usted tiene algún tipo de formación en enfermería o cuidados?
—Sí, tengo formación como enfermera —le confirmó ella.
—¿Y ahí fue donde le enseñaron a contradecir las órdenes de un médico? ¿De un superior? —preguntó con interés.
—No, no enseñan eso. Simplemente no le presto atención a alguien que se queda sin hacer nada ante una herida que puede tratarse, así que hago todo lo que está en mis manos para ayudarlo —contestó ella con calma y seguridad, sin apartar la mirada de la de él.
—Así que considera que hizo bien.
—Sí.
—¿Por qué?
—Las heridas no sanan escondiéndolas —contestó.
—¿Y según su criterio qué prosigue? —le preguntó con interés.
—Quedarse en cama todo el día —contestó ella con seguridad.
—¿Por qué?
—Todo el mundo necesita un día de descanso. Incluso en medio de la guerra ambos bandos aceptan izar la bandera blanca por un día para que sus heridos se recuperen.
—¿Y después?
—Limpiar su herida dos veces al día, todos los días. En la mañana, luego de bañarse, limpiarla y dejarla bien seca; después colocarle una venda ajustada para evitar que la cicatriz sea demasiado grande. Luego, en la noche, después de bañarse de nuevo, volver a limpiarla, secarla muy bien y dejar que la piel respire.
—¿Y según usted así sanará? —cuestionó.
—Cicatrizará —contestó ella—. No le puedo asegurar que ya no le duela. La infección, al no limpiar la herida, es profunda y no estoy asegurando nada. Puede que haya comprometido o alterado nervios importantes y continúe sintiendo dolor de vez en cuando, pero podrá llevar una vida mucho más tranquila.
Cada una de las palabras de Aria había sido firme, directa y segura. Hugo detestaba a las personas que hablaban con dudas, que prometían lo que no podían cumplir o que retrocedían ante el primer cuestionamiento. Ella no había hecho ninguna de esas cosas.
Guardó silencio durante unos instantes. Su mirada volvió a detenerse sobre la joven. No parecía alguien que buscara impresionar a los demás; simplemente hablaba con la seguridad de quien sabía exactamente lo que hacía.
Por primera vez desde que la conocía, comenzó a cuestionarse si la había juzgado demasiado rápido.
En ese momento, unos toques en la puerta interrumpieron el silencio que se había formado entre ambos.
—Adelante —indicó Hugo.
—Disculpe, coronel. El mayor Conrad está aquí —le informó Lion.
—Que pase.
Un hombre un poco más joven que él entró usando su uniforme de diario, uno que Aria había visto muy pocas veces durante sus salidas al centro, aunque con insignias distintas a las que portaba Hugo.
—Coronel —saludó el hombre con formalidad.
—Descanse —indicó Hugo—. Ella es mi esposa. Esposa, él es el mayor Marcus Conrad. Lo verás entrar y salir de la casa con frecuencia; además, es un amigo.
—Un placer —dijo Aria con educación.
—Igualmente, señora. Felicidades —respondió Marcus con cortesía.
—Gracias. Los dejaré solos para que conversen.
—No te alejes mucho. Nuestra conversación será breve y aún no hemos terminado de hablar.
—Está bien.
Aria salió de la habitación. Lion permanecía afuera.
Por un instante se preguntó si habría escuchado toda la conversación.
—Tendrá una conversación corta con el mayor y continuaremos hablando. Estaré en mi habitación. ¿Podría avisarme cuando termine, por favor? —preguntó.
—Por supuesto, señora —le aseguró él.
Aria asintió y cruzó el pasillo.
Una vez en su habitación caminó hasta la cama y se sentó en el borde.
De pronto sintió el peso de todo.
La boda.
La mansión.
Su nuevo apellido.
Su esposo.
Aquella familia que apenas estaba conociendo.
Hacía apenas unos días seguía viviendo en la casa de sus tíos, despertándose antes que todos para ayudar con los quehaceres y procurando no convertirse en una molestia para nadie. Ahora todos esperaban que actuara como la señora Salazar, la esposa del coronel, la mujer que representaría a una de las familias más importantes de la región.
Bajó la mirada hacia sus propias manos.
No tenía miedo de cuidar una herida ni de pasar una noche en vela. Eso sabía hacerlo.
Lo que realmente la inquietaba era todo lo demás.
Las reuniones.
Las visitas.
Las responsabilidades.
Las expectativas que todos pondrían sobre ella.
La señora Salazar la había recibido con un cariño que todavía le costaba comprender. Incluso le había pedido que la llamara madre. Aún le parecía extraño recibir tanta calidez sin esperar nada a cambio.
Ella nunca había sido educada para dirigir una casa tan grande ni para ocupar un lugar tan importante.
¿Y si no estaba a la altura?
¿Y si terminaba avergonzando a la familia Salazar?
¿En serio iba a ser capaz de convertirse en una buena señora Salazar?
Mientras tanto, en la habitación de Hugo, apenas Aria salió por la puerta, Marcus soltó un silbido de aprobación.
—Muy linda tu esposa —dijo con evidente aprobación.
—Y joven, pero tuvo la mala suerte de que la obligaran a casarse conmigo —comentó Hugo.
—Ni que fueras un mal partido. ¿Y por qué estás así, por cierto? ¿La intentas asustar? Hasta la herida la tienes... espera... ¡Está limpia! —dijo sorprendido al percatarse de que había desaparecido aquel horrible olor.
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Editado: 30.09.2026