—¿Descansa? ¿Mi Hugo descansa? ¿Voluntariamente? —comentó ella, incapaz de creer las palabras de su dama de compañía.
—Sí, señora, así es —le aseguró la rubia—. La señora Salazar le dijo que, por lo menos durante un día, debía descansar la pierna.
—¿Y él le hizo caso así nada más? —preguntó cada vez más sorprendida.
—Así parece.
—¿Y ella dónde está? No la he visto.
—Cuando el mayor llegó esta mañana, ella fue un momento a la habitación. Después, cuando el coronel pidió verla de nuevo, la encontraron dormida y creo que aún sigue así —explicó—. Aunque, si usted lo permite, creo que sería bueno despertarla.
—¿Despertarla? ¿Por qué? Me dijiste que pasó la noche en vela cuidando a Hugo. Lo apropiado es dejarla dormir —respondió Sandra mientras llegaba a la glorieta del jardín de la mansión.
—Sí, es cierto que ella también necesita dormir, señora, pero también necesita comer. Me contaron que apenas tomó un poco del caldo que había probado para el coronel y nada más.
—Entiendo, y en ese caso eso sí es delicado —dijo Sandra—. Hagamos lo siguiente: que traigan el almuerzo aquí. Almorzaremos juntas.
—Muy bien, señora. Así avisaré… y también mandaré a llamar a la señora.
—Aún es temprano. Déjala dormir un poco más.
La rubia asintió.
Tal como la madre del coronel indicó, avisó en la cocina que sirvieran el almuerzo en la glorieta del jardín para ambas y que Hugo almorzaría en su habitación. Los propios empleados estaban muy sorprendidos de que el coronel realmente permaneciera descansando, sin una sola queja.
Mientras preparaban la mesa, Julia subió a la habitación de Aria, que seguía exactamente en la misma posición en la que Lion la había dejado.
—Señora… señora Aria… —la llamó Julia.
La joven permaneció inmóvil.
La mujer se acercó y le tocó suavemente el hombro.
—Señora Aria…
—Mmm… —se escuchó un pequeño quejido.
—Señora Salazar… el almuerzo.
Aria se sentó en la cama como un resorte.
—Sí… sí, claro… el almuerzo… ya… ah… ya lo preparo… —balbuceó todavía medio dormida, mientras bostezaba.
—¿Qué? No, no es para que prepare el almuerzo —respondió Julia con una sonrisa—. La señora Salazar mandó a llamarla para que almuercen juntas en el jardín.
Aria la miró con el ceño fruncido durante unos segundos, intentando asimilar lo que acababa de escuchar.
—Espere… ¿qué hora es? —preguntó mientras se levantaba.
—Casi es mediodía.
—¡Ay, Dios! ¡Me quedé dormida todas estas horas! —exclamó horrorizada—. El coronel me había dicho que, después de hablar con el mayor, continuaríamos hablando… y me quedé dormida.
—El coronel indicó que se le dejara descansar.
—¿De verdad? —preguntó preocupada.
Ni siquiera se había dado cuenta del momento en que se quedó dormida. Simplemente ocurrió.
—Sí, señora.
Un pequeño alivio la recorrió, aunque no por completo. Algo así nunca le había sucedido antes. Por muy cansada que estuviera, jamás se quedaba dormida de esa manera.
—¿Cómo está el coronel? —preguntó al notar, a través del espejo, que tenía el cabello completamente revuelto.
—No ha habido cambios. Sigue en su habitación e incluso también durmió un poco.
—Eso es bueno. Su cuerpo necesita todo el descanso posible —dijo Aria mientras intentaba arreglarse el cabello.
Cuando terminó, Julia la condujo por la casa hasta el jardín. Aunque apenas llevaba un día viviendo allí, cada rincón que descubría le resultaba acogedor. No era únicamente la elegancia de la mansión; era el ambiente cálido, el respeto con el que todos la trataban y la tranquilidad que se respiraba entre aquellas paredes, algo completamente distinto a lo que había conocido durante toda su vida.
Pero al salir al jardín comprendió que, si había un lugar donde realmente podía encontrar paz dentro de aquella inmensa propiedad, era ese.
El jardín era enorme. Flores y árboles de distintos tamaños adornaban cada sendero con un cuidado impecable. Todo parecía tan armonioso que daba la impresión de haber salido de un cuento de hadas.
Julia la condujo hasta una hermosa glorieta de piedra blanca, adornada con delicadas cortinas de seda del mismo color.
—Ven, mi niña. Siéntate aquí, a mi lado —le indicó Sandra, palmeando la silla situada a su derecha.
—Gracias… —respondió Aria, sintiéndose completamente fuera de lugar.
Aquel sitio estaba muy por encima de todo lo que ella conocía. De su educación. De la vida que había llevado hasta entonces.
Sabía muy bien que, de no haber sido por los rumores que rodeaban la condición del coronel, doña Leticia jamás habría permitido que fuera ella quien se convirtiera en la señora Salazar. Esa posición estaba destinada para Pamela.
Se sentía como una impostora. Como una mentirosa.
De alguna manera, sentía que estaba engañando a todos, haciéndoles creer que era alguien que en realidad no era.
¿Qué pensaría la señora Sandra si descubría la verdad?
¿Seguiría tratándola con el mismo cariño?
¿Y el coronel?
Aún no tenía una idea clara de quién era realmente. Por lo poco que habían hablado, le resultaba imposible emitir un juicio sobre él. Era como observar un enorme muro de piedra, imposible de atravesar.
Pero al escuchar la manera en que su madre hablaba de él, comenzaba a pensar que Hugo era un hombre hecho de muchas capas. Algunas más duras que otras. Sin embargo, estaba convencida de que ningún corazón, por noble que fuera, reaccionaría con bondad al descubrir que todo había comenzado con una mentira.
—Me has dejado gratamente sorprendida. Hiciste que Hugo se quedara en cama descansando —dijo Sandra con una sonrisa—. ¿Cómo lo hiciste?
—Él solo me preguntó qué consideraba que era lo mejor para su recuperación, y le respondí que, por lo menos durante un día, debía descansar la pierna —contestó Aria, convencida de que no había hecho nada extraordinario. Simplemente había respondido con sinceridad a una pregunta.
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Editado: 30.09.2026