El Corazón Del Coronel

XI

—Adelante —indicó Hugo, apartando por un momento la mirada del libro que estaba leyendo.

Una de las empleadas abrió la puerta mientras su ahora esposa entraba sosteniendo una bandeja con una taza y una tetera.

—Buenas tardes, coronel. Disculpe por no regresar de nuevo, yo...

—Sí, Lion me dijo que se quedó dormida y no parece que haya dormido lo suficiente —comentó él, ya que seguía teniendo grandes ojeras.

—Fue suficiente, se lo aseguro —le dijo ella—. ¿Cómo se ha sentido?

Se acercó a la pierna del coronel y la descubrió antes de que él pudiera asimilar lo que estaba haciendo.

La mirada de Hugo estuvo fija en ella, en cada una de sus reacciones, pero no obtuvo ninguna. Su rostro se mantuvo completamente neutral mientras examinaba la herida.

Se sobresaltó de repente al sentir su mano sobre su pierna.

—¿Lo lastimé? Lo siento —se disculpó ella rápidamente.

Él no dijo nada, especialmente porque no sabía qué decir. Le había sorprendido tanto que ella tocara su pierna con tanta facilidad que lo había dejado completamente fuera de lugar.

—¿Le dolió mucho?

—No.

—¿Cómo se ha sentido? —le preguntó de nuevo, dándose cuenta de que él evitaba su mirada, a diferencia de aquella mañana.

—El dolor no ha sido tan intenso como suele serlo —le contestó él.

—Es bueno escucharlo. El descanso ayuda a que el dolor sea menor también —agregó—. Le he traído un té.

Él desvió la mirada hacia la bandeja.

—¿Té?

—Sí, es para ayudar a su cuerpo a expulsar cualquier toxina que haya dejado la infección —le contó, extendiéndole la taza—. Es mejor tomarlo caliente.

—¿No limpió ya toda la infección? —le preguntó él, tomando la taza.

—Aunque se haya limpiado profundamente, no significa que la infección no haya avanzado más allá —explicó ella mientras él olía el contenido de la taza—. Así que el té es para ayudar a limpiarlo internamente. Tómelo, por favor.

Su tono fue firme.

La joven que había entrado con ella a la habitación la miró como si hubiera perdido la cabeza por hablarle así al coronel. Luego miró a Hugo, quien observaba a Aria con genuino interés y un poco de... ¿diversión?

Sosteniendo la mirada de su esposa, tomó el contenido de la taza, quemándose la garganta en el proceso.

—Sabe terrible —le dijo, regresándole la taza.

—La medicina nunca sabe bien —contestó ella con calma mientras la recibía—. Lo beberá todos los días a partir de hoy —le avisó, dejando la taza en la bandeja.

—Entonces... tomar eso y limpiar la herida dos veces al día serán su manera de combatir esta guerra, señora Salazar —comentó él con interés.

—Así es, siempre y cuando usted también decida pelear, coronel —le dijo, tomando la bandeja—. Regresaré después de que tome su baño.

Después salió de la habitación.

La mujer con la que se había casado era... peculiar, pensó Hugo cuando volvió a quedarse solo.

Parecía frágil, pero enfrentaba una herida tan grave y desagradable como si nada. Daba cierto aire de inocencia también, pero sus ojos no paraban de examinar, evaluar y planear todo lo que pasaba a su alrededor.

¿Quién era?

¿Quién era ella en realidad?

Porque no era una simple joven de cuna acomodada. Una mujer con aquella crianza no podría estar a su lado sin sentir asco. Aunque él, en realidad, pensaba que ninguna mujer podría hacerlo.

Pero ella sí.

Por alguna razón.

¿Cuál era esa razón?

Hugo necesitaba saber la respuesta. Así sabría exactamente qué esperar de ella, pero no conseguía obtener nada.

Después de su baño, justo cuando se estaba recostando en la cama, ella entró acompañada de tres jóvenes más. Parecía que lo había estado esperando. Una llevaba las vendas, otra varias vasijas, otra el agua y Aria cargaba algunas cosas que él no consiguió identificar.

Acercaron una mesa donde Aria acomodó las vasijas vacías, las vendas y los recipientes que habían llevado. Lo organizó todo pulcramente.

Claramente lo había hecho antes, pensó él.

Comenzó lavándose las manos y secándolas antes de acercarse a la herida. Se inclinó lo suficiente para observarla de cerca y tocó suavemente los bordes.

Hugo, por su parte, no pudo evitar tensarse.

No porque le causara dolor ni nada parecido. Simplemente, al igual que aquella tarde, no dejaba de sorprenderse al verla y sentirla tocarlo.

Como si en él no hubiera nada asqueroso.

Bajo su completa atención, ella limpió rigurosamente la herida, manteniendo un tacto suave, pero al mismo tiempo firme. También le ofrecía palabras de disculpa antes de presionar con un poco más de fuerza en ciertas partes.

—¿Siente mucho dolor? —le preguntó ella.

—En caso de que dijera que sí, ¿tiene algo para el dolor? —preguntó él.

—Sí, pero también es un té que sabe terrible —le advirtió.

—Ja... —soltó él, curvando levemente los labios.

Pero tan rápido como aquella expresión apareció, desapareció.

¿En serio había sido él quien se había reído?

—Tomaré eso como un sí. Se lo traeré después de la cena —le avisó ella antes de retirarse de la habitación.

Lo dejó todavía sumido en la sorpresa por su propia reacción.

Todo continuó como de costumbre en la mansión Salazar, con la diferencia de que la señora Sandra había vuelto a tener compañía durante la cena.

Hugo, por lo general, se encerraba en su habitación o en su estudio para cenar solo y no incomodar a su madre con el olor que desprendía su herida.

Luego de una cena en la que Sandra habló la mayor parte del tiempo, Aria llevó el té al coronel, quien, por supuesto, volvió a quejarse de su terrible sabor, pero aun así se lo tomó.

Después de desearle buenas noches, regresó a su habitación.

—¿Ya le gustaría que se le prepare el baño, señora? —le preguntó la joven que la había acompañado durante casi todo el día.

Julia se la había presentado como una de las postulantes para convertirse en su dama de compañía. Su nombre era Rebeca.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.