—No puede estar hablando en serio, señora —dijo el médico, sorprendido por lo que le contaba.
—¿Y por qué no? —preguntó Sandra con interés.
—Ella no tiene conocimientos médicos —acusó él.
—Tiene los conocimientos necesarios para hacer que mi hijo se sienta mejor y, desde mi punto de vista, esos son superiores a los suyos —contestó ella con calma.
—Señora Salazar... —empezó a decir el médico.
—Llegó temprano, doctor —dijo Hugo mientras bajaba por las escaleras. Vestía su uniforme de calle y llevaba el bastón en la mano, que a ojos de Aria seguía sin usar como era debido. Sin embargo, Sandra y los demás estaban eufóricos al verlo caminar con tanta naturalidad.
—P... por supuesto, coronel. Usted mandó a llamarme —contestó el médico, sorprendido de verlo de pie y con tan buen semblante. Esperaba encontrarlo aún en cama.
—Sí. Quiero hacerle unas preguntas. Acompáñeme.
—Sí, por supuesto —respondió, siguiéndolo hasta el estudio apenas conteniendo su nerviosismo.
—Lion, ¿para qué mi hijo lo llamó? —preguntó Sandra al mayordomo.
—No explicó el motivo, señora. Solo mandó a llamarlo.
—Entiendo. Avísale a Hugo que lo estaremos esperando para desayunar y dale esto a alguien —dijo, quitándole el cuenco a Aria para entregárselo a Lion.
—Sí, señora.
Sandra tomó a Aria del brazo y la condujo hasta el comedor, donde ya estaban terminando de servir el desayuno.
—No debes quedarte callada en situaciones así, mi niña.
—No me gusta pelear.
—Hace unas noches sí peleaste con el doctor —le recordó Sandra.
—Yo no peleé con él —se defendió Aria.
—¿Y según tú qué fue lo que pasó?
—No fue una pelea —repitió.
Sandra la miró con expresión de reproche ante su negativa, pero decidió no insistir.
Mientras tanto, dos habitaciones más allá, Hugo se encontraba frente al doctor Bells.
—¿Por qué mantuvo mi herida sin limpiar durante todo este tiempo? —preguntó el coronel.
—Yo... bueno... eso ya se lo expliqué en su momento, coronel.
—Recuérdemelo.
—Bueno... debido a la magnitud de la herida... cerrarla no era lo idóneo, ya que los bordes quedaron irregulares y…
—Le pregunté por qué no la limpiaba —lo interrumpió Hugo con serenidad—. Al no hacerlo permitió que desarrollara una infección que pudo extenderse por todo mi cuerpo. Eso lo aprendí ayer.
El médico tragó saliva.
—Dígame una cosa, doctor. ¿Cuánto tiempo lleva ejerciendo la medicina?
—Ve... veintitrés años.
Hugo asintió lentamente.
—Veintitrés años... Y antes de eso, siete años de estudios, ¿me equivoco?
—No, coronel.
El coronel permaneció unos segundos en silencio.
—Es curioso.
El médico levantó la vista con cautela.
—¿Qué cosa, coronel?
—Veintitrés años de experiencia y siete de formación... contra, creo yo, dieciocho o diecinueve años de vida.
El despacho quedó en silencio.
—Es... muy curioso.
El médico bajó la mirada, incapaz de sostener la del coronel.
—Y, aun así, fue ella quien me explicó por qué una herida infectada debía limpiarse todos los días.
Hugo dejó pasar unos segundos más antes de continuar.
—Ahora sí, doctor... respóndame. ¿Una limpieza diaria pudo haber evitado la infección?
El médico dudó.
—Yo…
—Solo necesito un sí o un no.
El hombre cerró los ojos un instante.
—Sí... probablemente.
—Entiendo.
Hugo apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Entonces la pregunta cambia.
El médico volvió a tensarse.
—¿Por qué, sabiendo eso, permitió que ocurriera?
Dos habitaciones más allá, Sandra y Aria seguían esperando a Hugo para desayunar.
—Hoy hace un día muy lindo. Vamos a salir —dijo Sandra con entusiasmo.
—¿Salir? ¿A dónde? —preguntó Aria con curiosidad.
—A pasear. ¿No hay algún lugar al que te guste ir?
Aria lo pensó unos segundos. La verdad era que no. Las pocas veces que salía de la casa de sus tíos era para ir a la plaza del centro, la plaza municipal o la oficina de envíos. Además, no era lunes ni viernes, así que tampoco tenía sentido ir.
Antes de que pudiera responder, escucharon unos pasos apresurados seguidos del sonido de una puerta cerrándose con fuerza.
Aria se preocupó enseguida.
Sandra, en cambio, no.
—¿Fue el médico? —preguntó a Julián, que permanecía de pie junto a la puerta del comedor.
—Sí, señora. El doctor acaba de marcharse.
Aria frunció ligeramente el ceño. El médico se había ido con demasiada prisa.
¿Qué habría sucedido?
—¿Y Hugo? —preguntó Sandra.
—Aquí estoy, madre.
El coronel entró en el comedor.
Aria apretó los labios al verlo caminar. Cada vez que lo veía usar el bastón como si fuera un simple adorno en lugar de apoyarse correctamente en él, recordaba que era su orgullo el que estaba retrasando su recuperación.
—Qué bueno que ya te nos unes, hijo —dijo Sandra cuando él tomó asiento—. Estaba planeando con Aria salir un rato.
—Me parece bien. Salir te hará bien —contestó mientras los sirvientes terminaban de servir el desayuno—. ¿Y a dónde piensan ir?
—Justo estábamos poniéndonos de acuerdo.
Aquello alegró a Hugo. Quería ver a su madre feliz y tranquila, y la presencia de Aria estaba contribuyendo a ello. Era una de las pocas cosas buenas que habían surgido de aquel matrimonio.
—¿A dónde me dijiste que querías ir, querida? —preguntó Sandra.
Hugo dio por hecho que pediría ir a alguna tienda de ropa o de joyas para comenzar a disfrutar de su nueva posición como señora Salazar.
Sin embargo, Aria no respondió de inmediato.
Estaba demasiado concentrada intentando encontrar la forma de decirle que el bastón era una herramienta de apoyo y no un accesorio, sin que él la considerara una entrometida.
—¿Aria? —la llamó Sandra nuevamente.
—Sí, perdón... me distraje. ¿Qué me decía?
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Editado: 30.09.2026