El corazón que nunca me quité

Capitulo 1. El beso que no tuvo explicasion

4 de diciembre.

Había llegado el día que Isabel llevaba años imaginando y que, al mismo tiempo, había deseado que tardara un poco más en llegar.

Su graduación.

Para todos los demás, era el final de una etapa y el comienzo de otra. Un día lleno de fotografías, flores, abrazos, lágrimas y promesas de mantenerse en contacto. Un día para celebrar todo lo que habían conseguido después de tantos años de clases, exámenes, tareas y madrugadas estudiando.

Pero para Isabel significaba algo más.

Era una despedida.

Aunque nadie lo sabía.

Ni siquiera sus mejores amigas, que llevaban horas escribiéndole mensajes sobre lo mucho que iban a llorar durante la ceremonia. Ninguna imaginaba que, mientras ellas planeaban las fotografías que se tomarían juntas, Isabel ya tenía prácticamente organizada una vida completamente diferente.

Al día siguiente se marcharía a España.

No era una decisión de última hora ni un impulso provocado por los nervios de graduarse. Llevaba tiempo preparándolo todo con su familia. Había conseguido la oportunidad de estudiar Psicología en el extranjero y estaba dispuesta a aprovecharla. Quería descubrir quién podía llegar a ser lejos de todo lo que conocía, construir una vida nueva y empezar de cero.

No se marchaba porque odiara a sus amigos. Los quería, y precisamente por eso le dolía pensar en la reacción que tendrían cuando descubrieran que se había ido sin despedirse.

Sin embargo, necesitaba hacerlo a su manera.

Necesitaba cerrar aquella etapa sin que nadie intentara convencerla de quedarse.

Aquella mañana, Isabel se encontraba frente al espejo de su habitación, observando su reflejo con una mezcla de emoción y nerviosismo. El vestido de graduación estaba preparado, los zapatos descansaban junto a la cama y su teléfono no dejaba de iluminarse con mensajes.

Su familia iba y venía por la casa, entre preparativos, llamadas y comentarios sobre la ceremonia. Sus hermanos discutían por cualquier tontería, alguien preguntaba dónde habían dejado las llaves y desde la cocina llegaban voces que se mezclaban unas con otras.

Era el caos de siempre.

Y, aunque en aquel momento no lo sabía, algún día extrañaría hasta el último ruido.

—¡Isabel! ¡Apúrate, que vamos a llegar tarde! —gritó su madre desde el otro lado de la puerta.

—¡Ya voy!

Tomó su teléfono y abrió Instagram.

Su cuenta era privada. Allí tenía fotografías con sus amigas, recuerdos de cumpleaños, salidas familiares y pequeños momentos que, en su momento, parecían insignificantes. Deslizó el dedo por la pantalla hasta llegar a una fotografía que había decidido publicar aquel día.

Era una imagen suya con el vestido de graduación.

La observó durante unos segundos antes de escribir una frase sencilla.

El final de una etapa, el comienzo de una historia nueva.

La publicó y dejó el teléfono sobre la cama.

No sabía que aquella sería la última fotografía que compartiría durante cuatro años.

Tampoco imaginaba cuántas personas volverían a mirarla buscando señales de lo que había sucedido después.

Por el momento, solo era una chica de dieciséis años que estaba a punto de graduarse y que escondía un secreto demasiado grande para contarlo en voz alta.

Cuando llegó al colegio, su madrina la estaba esperando con un ramo de flores.

Fue a abrazarla.

—Mi niña, mirá lo grande que estás —le dijo, acomodándole un mechón de cabello—. Parece que fue ayer cuando te cargaba.

Isabel sonrió, aunque sintió un pequeño nudo en la garganta.

—Madrina, no empieze, que todavía ni siquiera ha comenzado la ceremonia.

—¿Y qué? ¿No puedo emocionarme?

Su padrino se acercó para abrazarla también.

—Estamos muy orgullosos de vos.

Aquellas palabras hicieron que Isabel bajara la mirada durante un instante. Había pasado tanto tiempo esperando aquel día que nunca se había detenido a pensar en lo extraño que sería dejar atrás todo lo que había conocido.

Se tomó fotografías con sus padres, recibió felicitaciones de algunos profesores y saludó a varios compañeros. Todo parecía seguir el curso normal de una graduación.

Hasta que lo vio.

Dereck.

Estaba allí, entre las personas que esperaban el comienzo de la ceremonia, vestido elegantemente y con la mirada recorriendo el lugar. No estudiaba en su colegio, pero conocía a Isabel desde hacía años porque ambos asistían a la misma iglesia.

La madre de Isabel lo había invitado.

Y él había aceptado.

Cuando sus miradas se encontraron, Dereck dejó de prestar atención a todo lo que ocurría a su alrededor.

Isabel sintió que el corazón le daba un vuelco.

No era la primera vez que lo veía. Tampoco era la primera vez que sentía aquellas mariposas absurdas en el estómago cada vez que él se acercaba. Entre ellos siempre había existido algo difícil de explicar: miradas que duraban más de lo necesario, sonrisas que aparecían sin motivo y conversaciones en las que ninguno parecía querer despedirse primero.

Los dos sabían que se gustaban.

Pero había una diferencia de edad que siempre había mantenido las cosas en su sitio. Nunca habían sido pareja, nunca se habían confesado abiertamente lo que sentían y jamás habían tenido una conversación que aclarara qué eran el uno para el otro.

Por eso Isabel no esperaba nada de él aquel día.

Mucho menos lo que estaba a punto de suceder.

Dereck se acercó cuando ella se encontraba sola por unos instantes.

—Hola, Isa.

Ella intentó disimular la sonrisa que le apareció de inmediato.

—Hola, Dereck. ¿Qué hacés aquí?

Él arqueó una ceja, divertido.

—¿Así me recibís?

—No. Ya sabés que me alegra verte.

La sonrisa de Dereck se hizo más evidente.

—Eso quería escuchar.

Isabel apartó la mirada, intentando controlar el nerviosismo. Él siempre había tenido aquella facilidad para hacerla sentir como si las demás personas desaparecieran por unos segundos.




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